LEÓN DE LOS CHICHIMECAS
La otra historia, desde la mirada de Isabel Padilla, una educadora y teatrera de títeres
Fue hasta el siglo XXI cuando la escritura de la historia de la ciudad de León vio más allá de la versión dominante de que “valientes españoles” poblaron una tierra asediada por “salvajes chichimecas”. Surgió la otra versión: la de pueblos y culturas despojados por un invasor que hizo suya una tierra de pirámides, centros ceremoniales abandonada para ser un paraíso de caza y recolección que sería convertida en bonanza agrícola, comercial e industrial. Desde esa visión, León tiene más de 450 años.
La historiografía local más común ha estado encaminada predominantemente a explicar a una ciudad conservadora, hispanista y católica, orgullosa de una vocación laborista construida con barbas y cruz, de una ciudad de la moral antiliberal y de un cristerismo que presupone ser antecedente de una lucha democrática a favor de valores occidentales. La historia del otro León, la de sus vencidos, se empieza a contar.
Los otros datos
En diciembre de 2010, en año del centenario del inicio de la revolución mexicana y del bicentenario del inicio de la rebelión novohispana que terminó en independencia, una promotora cultural entregó su propuesta de ensayo histórico para el certamen de los Premios de Literatura León 2011. En enero, ese texto fue premiado: “León al alba”, de María Isabel Padilla Ortiz.
El tema del texto es el origen de la ciudad, pero al allegarse documentos del Archivo General de la Nación y del Archivo General de Indias, de Sevilla, España, planteó una versión divergente: la de los pueblos originarios. Algunos documentos, precisó la autora, eran hasta ese momento inéditos.

El contexto del texto
La primera presencia española en la región fue registrada el 2 de febrero de 1530, cuando Nuño de Guzmán y sus aliados purépechas vadearon el río Lerma, al que llamaron “Río de Nuestra Señora”. Esta denominación se extendió al valle circundante, conocido como “Valle de Nuestra Señora”.
Los purépechas se habían extendido hasta el valle y llegaron a ocupar lo que hoy conocemos como “corredor industrial” del estado de Guanajuato. Las sierras del norte, donde dominaban los chichimecas, los limitaban. Aun así, pudieron ocupar un lugar serrano y complejo, pletórico de cuevas ceremoniales, y le pusieron Quanax Huato, llamado Paxtitlán por los mexicanos (otomíes) y antes Mo-o-ti por los chichimecas.
Esa ocupación (conquista, según la versión de los vencedores; invasión, según la otra versión) generó una lucha territorial que se extendió en dirección al norte y al poniente, con una rebelión que dio lugar a la guerra del Mixtón, entre 1540 y 1542.
Años después, en 1548, fue descubierta la primera mina en el cercano Quanax Huato. Fue esta riqueza la que habría de darle mayor importancia al fértil valle abajeño, pues las minas estaban en zona no apta para cultivo y ganado que atendieran a la demanda exigida por la naciente industria minera.
Isabel Padilla aclara, de entrada: cuando se fundó la población que habría de llamarse “León”, la zona ya estaba habitada por un grupo de españoles encabezados por Juan de Jasso, “conquistador y descubridor de las minas de Guanajuato”.
Lo anterior sustenta lo afirmado por la autora en su ensayo: ya había estancias y tierras de cultivo antes de la fundación de la villa. Estaban a la sombra del Real de Minas de Quanax Huato y eran camino de paso hacia las minas de Zacatecas.
Juan de Jasso tenía esas tierras como pago a los servicios prestados a la Corona Española, entre ellos los de combatir a los chichimecas. El “Valle de Señora” dependía de la alcaldía mayor de la ya conformada Guanajuato.
Acosados por los chichimecas
Desde la versión de la otra parte, esas tierras fueron invadidas; donde estuviera siglos atrás una extensión del pueblo chupícuaro, había grupos de nómadas y seminómadas chichimecas: guamares, guachichiles y pames.
Fue entonces que se forjó una resistencia por la defensa de un territorio valorado por su riqueza vegetal y animal, ideal tanto para cacería como para recolección. Los hispanos le daban el valor del cultivo y los residentes originarios cobraban con asedio la osadía.
Esos “indios ladrones” -les llamó el Virrey Martín Enríquez de Almanza-, asolaban a los viajeros que iban o venían de Zacatecas. No era cuestión de robo, sino de defensa de una territorialidad sustentada en un vínculo estrecho con la naturaleza, no bajo el modelo occidental de la propiedad monárquica.

Y entonces el virrey dijo: “¡Hágase Leóóóón!”
La guerra entre los ocupantes (conquistadores, según la versión de los vencedores) y los chichimecas fue lo que llevó a la fundación de la Villa de León. El nombre debido al origen castellano del virrey es la circunstancia onomástica.
León, afirma la autora, “formó parte de una serie de pueblos fundados para tratar de lograr la pacificación de los chichimecas”. Y los originarios no se resignaron a que la cruz mancillara los terrenos de Tire Pame y otros dioses. En 1576 se consuma la infamia (según la versión de la otra parte) de que esas tierras bañadas por Ehécatl sean mancilladas por un puñado de hombres blancos y algunos indios y esclavos a su servicio: en Valle de Señora se fundaba la Villa de León.
La resistencia, empero, persistía. Así lo manifestaba una carta que el virrey envió a España:
“Acerca de la dificultad para allanar y evitar los daños que hacen los indios chichimecas y como gran remedio propone hacer poblaciones españolas y mandarme su Majestad lo que prosiga, haré esto todo lo que yo pudiere, mas sin indios es imposible hacer poblaciones españolas”.
El texto muestra las diversas cartas en las que el virrey explica la dificultad de enfrentar a los chichimecas y el “santo remedio”: como para 1580 había acaso unos 200 españoles, asentaron indios trasladados desde Tlaxcala (que eran bravos) y juntaron a chichimecas convertidos a la fe católica y junto con otomíes (también “importados”) crearan los pueblos de San Miguel y El Coecillo.
Era tal el asedio, que el Archivo General de Indias tiene un documento en el que se nombra a la región como “León de los chichimecas”. Menciona casos interesantes como el de la carta de un peninsular que pide la merced real para casarse con una india de nombre Ana, “que había escapado del maltrato de los chichimecas”.
El ensayo documenta que, como en el resto de la Nueva España, en León hubo una “conquista espiritual” en la segunda mitad del siglo XVI. Con base en documentos del Archivo General de Indias, Isabel Padilla ilustra el envío de evangelizadores a la villa de León. Resalta el trabajo de Alonso de Espino, el primer evangelizador de León, que “murió flechado por indígenas chichimecas en 1586”. Y no eran flechas de amor.
Así pasaron los años con una villa que florecía y se convertía en centro de poder económico gracias a la abundante agricultura y su ganadería. Forjaba sus raíces comerciales, industriales (gracias a los oficios, entre ellos el de zapatero) y curtidores.
La historiografía más tradicional fija 1592 como el año en que el asedio chichimeca desaparece. Se le asocia con el inicio de la “congregación general de pueblos”. Sin embargo, todavía se reportaban ataques esporádicos. Por ejemplo: algunos chichimecas de la sierra de San Andrés (ubicada al poniente de León) realizaron incursiones contra los nuevos habitantes en abril de ese año.

Es por eso que la autora explica que la pacificación fue un proceso gradual. Cierto es que para el siglo XVII ya todo estaba fortalecido en esa villa que se retroalimentaba como refugio al paso de las minas zacatecanas y cercano y muy vinculado con la rica y poderosa Guanajuato virreinal.
Los acuerdos entre españoles y chichimecas comenzaron en 1550 y terminaron en las primeras décadas del siglo XVII. De esa manera la corona logró extender su control hasta Zacatecas mediante consensos con los diversos pueblos chichimecas. En el territorio de lo que hoy es Guanajuato, los acuerdos permitieron la fundación de San Luis de la Paz y otras poblaciones.
El pasado olvidado
El arqueólogo Enrique Juan Palacios y otros autores estiman que León fue parte del pueblo chupícuaro antes de que se convirtiera en territorio chichimeca y antes de la ocupación española. Entre 500 a. C. y 300 d. C., en la región floreció una gran cultura que construyó en la zona más de una decena de pirámides y muchas de las estructuras se encuentran sin explorar.
A lo largo de los siglos, el saqueo y la destrucción han casi borrado esos vestigios. Hay tumbas, altares y otros restos dispersos y abandonados. En Cerrito de Jerez hubo una pirámide que ya está completamente saqueada y casi borrada.
Cuando los chupícuaros se fueron, llegaron los chichimecas y luego los desplazaron el imperio español, sus esclavos y los indios indios que, en teoría, eran sus aliados, pero que en los hechos eran su servidumbre.
Es la gloria que sólo se ve como tal si se hace desde la otra versión, la de los que prefirieron luchar hasta el último aliento y la última gota de sangre. El otro orgullo que también es parte del León actual y no se reconoce, de una ciudad con raíces de más de 450 años.
La autora
Isabel Padilla es dramaturga, directora de teatro y promotora de lectura. Estudió la carrera de Educación en Preescolar, se especializó en educación de arte para niños y se tituló en 1983. Ha recibido clases de teatro y títeres con los maestros Luis de León, Pilar Vega, César Tavera, Lucio Espíndola, el argentino Carlos Converso, la alemana Haie Boles, el cubano Zenén Calero, el italiano Claudio Cinelli y el artista chino Liang Jun.
Estuvo en el taller de dramaturgia de la maestra Berta Hiriart y tiene más de 30 años dedicada a la promoción de la cultura para niños. Es fundadora del grupo Títeres La Rana. Ha montado más de 19 obras de teatro para títeres de autoría propia y adaptaciones propias.
Organizó tres ediciones del Festival Internacional Otoño de Títeres, que recibió a grupos de teatro de México, Alemania, Francia, España, Argentina y Chile, así como un Encuentro Nacional de Teatro para Niños.

Se especializó en educación de arte de niños, tiene una trayectoria de más de 30 años en la promoción de la cultura. Se le reconoce por su libro de cuentos Nave de letras y su obra Cien puertas al abismo, entre otros trabajos.
Ha publicado también textos para teatro y ensayo histórico y ha recibido decenas de premios, entre los que destacan Premio Internacional de Promoción de la Lectura (otorgado en Guatemala en octubre de 2004 por la Sociedad Interamericana de Prensa), por un proyecto con niños de Michoacán; el Premio como espectáculo Revelación del XI Festibaúl Internacional de Títeres, realizado en Monterrey, al frente del grupo de Títeres La Rana; y el Premio Nacional de Fomento a la Lectura, otorgado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Además de ganar tres premios de Literatura de León, también lo es del Premio Regional de Literatura (Región Centro-Occidente), en noviembre de 2013.
En 2015, María Isabel Padilla Ortiz fue distinguida con el premio “Emma Godoy Lobato” por su trabajo como dramaturga, narradora y promotora de lectura; es fundadora de la compañía teatral La Rana.
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Felicidades maestra ISA por todos esos reconocimientos muy bien merecidos. Le envío un fuerte abrazo. 🥰🌷