ATOLE CON EL DEDO A LAS CINCO DE LA MAÑANA. LA FARSA DE LA DISCIPLINA Y EL FIN DEL CRITERIO
Hay que reconocerlo: nos han dado atole con el dedo. Nos vendieron la idea de que tender la cama es el primer paso hacia la iluminación, como si estirar una sábana de poliéster fuera un ritual chamánico capaz de arreglarte la vida, la quincena y el carácter de un jalón. Es la recomendación estrella de esos gurús que te aseguran que, si no puedes con el edredón, menos vas a poder con el sistema. Y ahí vamos nosotros, dóciles, a pelearnos con las esquinas del colchón antes de que salga el sol con esa fe ciega de quien confía en un amuleto de tela.
Luego está lo de las cinco de la mañana. No a las seis, que es de conformistas, ni a las cuatro, que ya se siente como ir a pagar una manda a San Juan de los Lagos. A las cinco. Dicen que a esa hora el mundo no estorba, pero la verdad es que nos han disfrazado de “hábito de éxito” lo que para la mayoría es una condena de transporte público. No es lo mismo despertarse a las cinco para meditar en silencio mientras el incienso perfuma la habitación, que hacerlo porque si no sales a esa hora el camión te escupe y ya no llegaste a checar tarjeta. Nos venden como “voluntad” lo que en realidad es puro cansancio sistemático.

Y entonces empieza la secuencia: tender la cama beber agua con limón porque dicen que el cerebro reacciona respirar hondo no mirar el teléfono pero te mueres por ver quién es más feliz que tú estirarse agradecer al universo aunque no te conteste pensar en positivo moverse un poco levantarse temprano muy temprano porque si fallas en la mañana algo ya se torció y mientras intentas ser una persona funcional la mañana vuela el café se enfría el tiempo corre y lo que se suponía que iba a darte paz te aprieta el cuello te deja sin aire te mata las ganas de todo y te muerde esa culpa constante por no ser la mejor versión de ti misma a la décima potencia que te prometieron en redes sociales. Como si vivir fuera una lista de pendientes tan larga que ya no te queda tiempo para estar viva.
Es curioso, porque estas historias de “orden afuera, orden adentro” se cuentan siempre igual. Nos fascinan porque imitan esa vieja tradición de las vidas de los santos: San Agustín perdido en la carne antes de ver la luz, San Francisco dejando el dinero por un gesto loco, San Juan de la Cruz libre en una celda oscura. Ellos tuvieron vidas desastrosas, ruidosas y muy humanas, y solo tras el naufragio encontraron una epifanía. La diferencia es que hoy ese molde se vació de sentido. Ya no buscamos la redención, buscamos el éxito. Ya no queremos salvar el alma, queremos optimizar el recurso. El milagro moderno ya no es la paz, es la productividad del cuerpo.

Aquí es donde entra el truco científico que valida nuestra obediencia. Richard Thaler y Cass Sunstein, desde sus oficinas en Harvard, se encargaron de diseñar el nudge: ese “empujoncito” que usa nuestras flaquezas y esa misma culpa por no ser perfectos para que elijamos lo que al sistema le conviene sin que nos cueste trabajo. Es la “Arquitectura de la Decisión”. No se trata de prohibirnos cosas, eso sería muy costoso. Se trata de organizar el laberinto de tal manera que la salida sea siempre la que el Estado o la empresa decidieron de antemano. Es mucho más fácil manipular el entorno que educar la voluntad de la gente.
Este modelo ya es la norma en las grandes universidades gringas. En Harvard, Yale o Cornell, los campus son laboratorios de comportamiento. No te prohíben la comida chatarra, pero colocan las ensaladas al principio de la fila para que la elijas por pura inercia. Usan aplicaciones móviles que “premian” a los estudiantes por seguir ciertas rutas o participar en actividades específicas. El estudiante cree que decide su vida, pero solo recorre un camino trazado por algoritmos y psicólogos sociales que saben exactamente cómo “empujarlo” hacia la eficiencia sin que note la correa.
Pero mientras a nosotros nos arrojan al pozo de TikTok para que consumamos ideas masticadas en ráfagas de quince segundos, el New York Times puso el dedo en la llaga: el silencio y el pensamiento lento se han vuelto un artículo de lujo. Los millonarios que diseñan nuestro mundo pagan fortunas para que sus hijos asistan a escuelas sin pantallas, donde el papel, la madera y la voz humana son el verdadero privilegio. Es una zanja que nos parte en dos: una élite que se reserva el derecho de pensar por su cuenta, frente a una mayoría entretenida con “empujoncitos” digitales que nos dicen cuándo beber agua y a qué hora sentirnos miserables.

Esta forma de vernos, como piezas que hay que arrear, ya aterrizó en nuestras aulas. Nuestro artículo 3º constitucional nació de una ambición enorme: que la educación desarrollara “armónicamente todas las facultades del ser humano”. Era una promesa de autonomía, la apuesta por un ciudadano capaz de cuestionar el diseño de su propio laberinto. Sin embargo, al revisar propuestas como la Fase 6 de la SEP, parece que la brújula cambió de dirección. En él, se habla mucho de “comunidad” y de “proyectos colectivos”, palabras que suenan a solidaridad pero que en la práctica sirven para diluir al individuo. Se usa el mismo concepto de Harvard pero con tinte político: es mucho más fácil conducir a una masa que se mueve por inercia de grupo que convencer a una persona que todavía tiene fuerzas para dudar a solas. Al sustituir el criterio individual por la “conciencia colectiva”, le estamos regalando el trabajo a los arquitectos de decisiones. Estamos diseñando una educación que prefiere la armonía del rebaño que la disonancia del genio.
De nada sirve aprender a caminar temprano si uno nunca se pregunta quién trazó el laberinto por el que vamos corriendo. Al final, tendremos la cama perfectamente tendida, sí, pero sería una pena tener la cabeza demasiado cansada por la culpa como para darnos cuenta de que nos están dejando fuera del mundo que de verdad decide las reglas.
Mañana volveré a tender la cama, pero solo por costumbre. Porque el orden que importa no es el de las sábanas, sino el de ese rincón de la conciencia donde todavía nadie nos ha podido dar el “empujoncito” para que dejemos de ser nosotros mismos.

