LOS FANTASMAS DE LA ANTIGUA ADUANA DE LA CIUDAD DE MÉXICO
Allá, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, justo en la Plaza de Santo Domingo, frente al Portal de los Evangelistas se levanta un edificio de sólida presencia, construido con tezontle y piedra volcánica porosa de oscuro color rojo. Su diseño es sobrio, sencillo y muy elegante, muy señorial. Sus portales, ventanas y balcones son de cantera blanca.
Su interior es igualmente atractivo y, además, sorprendente. Tiene dos patios de grandes proporciones rodeados cada uno de ellos por columnas gruesas y altas. En la zona donde se encuentra la escalera principal, por cierto ancha y espaciosa, se localiza el mural que David Alfaro Siqueiros inició en la década de los años 40 del siglo XX con gran ánimo.
Pero, por un azar del destino, quedó inconcluso. Sin embargo la obra tiene título, se llama Patricios y Patricidas. En fin, se trata del Edificio de la Antigua Aduana de la Ciudad de México, tesoro histórico ubicado en la calle República de Brasil 31 construido entre 1729 y 1735, para recaudar impuestos sobre las mercancías que entraban y salían de la ciudad.

De estilo barroco, su larguísima historia comienza en 1676, cuando la sede de la aduana fue trasladada a las casas del célebre Marqués de Villamayor, frente a la Plaza de Santo Domingo. En el año 1729, se inició la construcción del edificio actual, diseñado por el arquitecto Manuel Joseph de Herrera. Decenas de peones y artesanos lo construyeron.
Existe en torno a ese edificio una leyenda que dice que fue construido en solo seis meses por el próspero, pudiente y apasionado señor Juan Gutiérrez Rubín de Celis, quien se enamoró de una joven llamada Sara García, a quien le prometió terminar la gran casa a tiempo para casarse con ella. Y de acuerdo con la misma invención popular, sí lo logró.
El inmueble se ubica entre las calles República de Venezuela y Luis González Obregón, al norte de la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México. Originalmente, el terreno fue propiedad de varios nobles, incluyendo al Marqués de Villamayor. La Real Aduana se encargaba de regular la importación de mercancías a la Nueva España y de gravarlas.
De esa manera, es fácil entender que pronto se convirtió en la mayor fuente de ingresos del gobierno. Primero, la oficina estaba en la hoy calle 5 de Febrero, y en 1676 se cambió a la casa de Villamayor, por su ubicación junto a la Plaza de Santo Domingo. Finalmente, el gobierno compró la casa y la reconstruyó en 1730, quedando como se ve actualmente.
Con el paso del tiempo la Aduana de la Ciudad de México cerró y el edificio fue tomado por la Secretaría de Educación Pública (SEP) a principios del siglo XX y hasta la fecha pertenece a esa dependencia federal. Sin embargo, en sus gruesos muros y enormes patios se han desarrollado diversas historias que cada noche ponen nerviosos a los vigilantes.
Veladores y vigilantes han comentado desde siempre, discretamente, que el edificio fue construido sobre un cementerio indígena, lo que explica las apariciones paranormales que se han reportado. Algunos testigos han visto a una bella mujer indígena vestida de blanco, conocida como “La Papola”, que deambula por los pasillos y los archivos del edificio.
Otra historia fantasmal habla de un esclavo negro que carga a una mujer ensangrentada, y de sonidos de tambores y cantos indios en la noche. Hay quien jura haber visto a antiguos residentes, como Don Juan Gutiérrez Rubín de Celis, el caballero que hizo un pacto con el diablo para terminar la casa y se convirtió en asesino serial. Un trozo de cielo es testigo.

Aunque cada año esas historias atraen la visita de numerosos amantes de lo paranormal al edificio, lo realmente cierto y comprobable es que con el transcurrir del tiempo ha sido empleado para diversos usos y fines. Sin embargo, son cuatro las más importantes, todas ellas ligadas a la administración pública y al servicio a la población de la capital del país.
Fue sede de la Real Aduana (1735-1887); oficina central de la Tesorería del Distrito Federal (1887-1911), después de la abolición de las tasas aduaneras internas; sede de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (1911-1921), y sede principal de la Secretaría de Educación Pública (SEP) de 1921 a la actualidad, con oficinas y espacios culturales.
Un dato curioso que todavía es comentado por descendientes de políticos de altos vuelos y personalidades de las esferas sociales más elevadas de México y algunas naciones del mundo como Francia, España, y Estados Unidos, es que en los patios del edificio se realizó una fiesta con opíparo banquete ofrecido por Porfirio Díaz en 1887 para celebrar su tercer mandato.

