EL MEMORIOSO MIGUEL LEÓN-PORTILLA

Don Miguel León-Portilla pidió a uno de sus asistentes, pocos meses antes de enfermar y al cabo morir el 1 de octubre de 2019, que leyera sus memorias, en las que llevaba mucho tiempo trabajando. Su deseo era que no faltara nada ni nadie de las personas y momentos que habían sido importantes en su vida, desde que nació el 22 de febrero de 1926.

El personaje, de memoria prodigiosa, es el historiador, antropólogo, filósofo y lingüista mexicano por antonomasia. Su legado es haber difundido la visión indígena del México prehispánico en libros como La filosofía náhuatl y Visión de los vencidos. Defensor de las lenguas originarias, decía no tener partido: “Mi partido son los pueblos indígenas”.

Tras enfermar de neumonía, se preguntó si escribir sus recuerdos tendría algún sentido o valor. Una gran angustia lo invadió. En medio de esa incertidumbre volvió su mirada hacia el universo de las culturas indígenas, que siempre lo había fascinado, y encontró en ese mundo una enseñanza capaz de orientarlo, refiere él mismo en Soy mi memoria.

Presentación editorial de las memorias de Miguel León-Portilla en el marco de la reciente FIL Minería.

Fue entonces que el maestro de numerosas generaciones de ahora reputados especialistas tomó conciencia de que todo lo que había realizado tenía un propósito claro: acercar al público, novato y estudiado, al mundo de los pueblos indígenas y evidenciar cuánto se les debe, cuánto han sufrido por no conocerlos plenamente y a profundidad. Tenía razón.

Otra enseñanza de León-Portilla fue aprender a mirar el mundo con genuino asombro y respetuosa reverencia, a reconocer la dignidad de toda expresión de la existencia. Por ello escribió en sus memorias: “Si contemplo la maravilla de cualquier expresión de la vida, tengo que reconocer que allí hay flor y canto”; es decir, la palabra y el sentir indígena.

Lo anterior tuvo lugar hace unos días, cuando El Colegio Nacional (ECN) presentó, en la 47 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FIL Minería), las memorias del historiador y exintegrante de esa noble institución. Tomaron parte Ascensión Hernández Triviño, historiadora y viuda del maestro, así como el editor Diego García del Gállego.

Aunque su vista ya era muy débil, trabajó con empeño en su libro. A pesar de que la enfermedad minaba sus fuerzas, pudo hacer correcciones, observaciones y comentarios, hasta poco antes de su fallecimiento. Además, encomendó al editor y artista plástico Diego García del Gállego la tarea de editar y poner orden a las memorias del maestro.

“Fue un premio que me cayó del cielo. De inmediato dije: ¡Sí! Sí deseo realizar este trabajo. Lo guardé como un secreto. No se lo conté a nadie hasta que tuve los archivos y comenzamos a trabajar en el diseño”, confesó Del Gállego en el marco de la presentación del libro, ante un público variopinto en edades, sexo, profesiones y gustos literarios.

Hernández Triviño y García del Gállego contaron que se reunían los martes para avanzar en la edición de las memorias, que finalmente salió a la luz este 2026 con el título Soy mi memoria. Se publicó por instituciones a las que perteneció León-Portilla: Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad Iberoamericana, y El Colegio Nacional.

Ascensión Hernández Triviño, viuda de León Portilla, y Diego García del Gállego, editor, tuvieron a su cargo los comentarios del volumen.

Según contó el editor, esas tardes de trabajo estuvieron dedicadas a definir tipografías, diseños y decisiones editoriales, como omitir las fechas de nacimiento y muerte de las personas mencionadas por León-Portilla. “Mientras trabajábamos se nos iba muriendo gente y había que actualizar todo. Además, esos datos hacían lenta la lectura”, explicó.

Las capitulares con las que inicia cada sección fueron dibujadas por él mismo, inspiradas en la primera edición del vocabulario de fray Alonso de Molina. Tuvo que fotografiar cada capitular con un artefacto de madera para presionar la página y evitar que se dañara. Luego redibujó las capitulares e incorporó en ellas retratos de memoria de León-Portilla, realizados con tinta china.

Hernández Triviño afirmó que trabajar en las memorias de su esposo fue una experiencia enriquecedora. “Me he sentido muy feliz de poder hacerlas, porque en sus últimos años él ya no podía ver; las dictó y alcanzó a revisar una parte, pero a partir de cierto capítulo ya no pudo leer más. El ideal de un libro es que lo corrija su propio autor, pero en el caso de unas memorias eso no siempre es posible. Editarlas ha sido toda una aventura”, suspiró.