DESDE DONDE EMPIEZA CADA VIDA
Crecí en un barrio de León, Guanajuato, donde las tardes parecían hechas de voces que iban y venían de una banqueta a otra mientras niñas y niños corríamos por la calle y los adultos conversaban apoyados en las puertas de las casas.
Muchas vecinas sacaban su silla a la banqueta y allí se quedaban un buen rato platicando. Algunas llevaban también una batea para limpiar frijoles y mientras separaban las piedritas seguían la conversación con las de la casa de enfrente. Las manos seguían trabajando mientras la plática cruzaba la calle.
Enfrente de nuestra casa vivía Leonor, que siempre estaba riendo, una risa que se escuchaba antes de verla salir a la puerta y que terminaba llenando la calle cuando aparecía. Su casa estaba impecable y olía a jabón. En medio de esa limpieza había escenas que formaban parte de la vida diaria del barrio y que se platicaban con sorpresa, por absurdas, como el hecho de que su marido le desconectaba la plancha para no gastar luz pero aun así le exigía que la ropa estuviera perfectamente planchada.

Detrás de nuestra casa estaba el taller de zapatos de mi papá, que era el patrón, y allí trabajaban varios zapateros que pasaban el día entre cuero, herramientas y radio. El sonido de los martillos golpeando las suelas, las voces de los hombres y la música que salía de la radio, ya fueran Los Caminantes, los Ángeles Negros, alguna cumbia colombiana, que se mezclaban con el olor del pegamento y terminaban llegando hasta el patio de la casa.
Mi mamá también formaba parte de ese movimiento del taller porque todos los días les hacía de comer a los zapateros para que no tuvieran que ir hasta sus casas al mediodía. A esa hora el lugar se llenaba de platos, de tortillas calientes y de conversaciones que seguían cruzándose con el ruido de las herramientas.
Doña Mago sostenía una pequeña economía en el barrio. Tenía una tienda donde casi todo se podía fiar. Si un día en una casa faltaba dinero, igual salían de allí con la leche o el pan, con la promesa de pagar cuando se pudiera. En muchos hogares esa libreta de fiado era la diferencia entre cenar o no.
En esa misma calle vivía también doña Berna, que sabía poner inyecciones. Cuando alguien se enfermaba, medio vecindario terminaba tocando su puerta. Ella preparaba el medicamento y resolvía lo que podía. Vivía preocupada por su marido, que bebía más de la cuenta, pero aun así estaba pendiente de lo que ocurría alrededor.
Los domingos el paisaje cambiaba un poco porque nos íbamos al rancho de mi abuela, en Cañada de Sotos, en Purísima, donde el aire olía a leña, a tierra y a leche bronca recién ordeñada. Allí, entre mis primas y otras parientas, se contaban historias que parecían parte natural de la vida del lugar: mujeres que habían tenido quince o veinte hijos, mujeres que decían haber parido en el cerro mientras llevaban a pastar las vacas o las chivas y lo contaban riéndose, como si fuera una anécdota más del rancho.
Entre esas calles de León y las visitas a Cañada de Sotos transcurrían los días y durante mucho tiempo todo eso simplemente era la vida; parecían solo escenas cotidianas, pero dentro de ellas ya estaba escondido algo de justicia.
Con los años el Derecho empezó a nombrar cosas que en lugares como ese barrio siempre habían estado a la vista y no porque hubieran nacido en los tribunales, sino porque muchas mujeres insistieron durante décadas en señalar que la igualdad escrita en las leyes no siempre se parecía a la vida real.
Esa discusión apareció primero en el derecho internacional. En 1979, por ejemplo, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, la CEDAW, que México ratificó en 1981. Años después, en 1994, la Convención de Belém do Pará reconoció que la violencia contra las mujeres no era un asunto privado ni doméstico, sino una violación a los derechos humanos que los Estados están obligados a prevenir, investigar y sancionar.
Ese cambio de mirada tardó, pero terminó por llegar también a los tribunales mexicanos. La Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en la jurisprudencia 1a./J. 22/2016, estableció que juzgar con perspectiva de género implica identificar relaciones de poder, cuestionar estereotipos y considerar las condiciones reales en las que viven las personas que llegan a pedir justicia.
Después de la reforma constitucional de 2011, además, las juezas y los jueces mexicanos tuvimos la obligación de interpretar la ley conforme a los derechos humanos reconocidos tanto en la Constitución como en los tratados internacionales. O sea, el expediente ya no bastaba por sí solo, porque había que mirar también el contexto.
Y esa palabra arrastra muchas cosas que durante mucho tiempo permanecieron fuera de la mirada jurídica: arrastra la plancha desconectada de Leonor, la libreta de fiado de Doña Mago, la jeringa de Doña Berna pasando de una casa a otra, mi mamá alimentando a los zapateros para que el taller siguiera funcionando.
Durante años esas escenas parecían simplemente la vida y hoy sabemos que también forman parte de la historia de la desigualdad.
En mi familia soy la segunda generación de profesionistas. Llegué hasta aquí gracias al esfuerzo de mis padres y a la Universidad de Guanajuato, que abrió una puerta que antes no existía para muchas familias como la mía, aunque en mi vida hay historias donde hubo otros caminos, por ejemplo, la de mi tía Rafaelita, lavando y planchando ajeno y que logró comprarle una casa a cada una de sus hijas. Su historia no tiene diplomas ni ceremonias, pero también forma parte de esa larga cadena de mujeres que empujaron su mundo hacia adelante, como pudieron.

Cuando se mira la vida desde ahí, algunas metáforas empiezan a quedarse cortas, así lo dice Ángela Davis, porque durante años se volvió común explicar la desigualdad de las mujeres con una imagen muy conocida: el techo de cristal. Ese límite invisible que aparece cuando una mujer intenta avanzar en los espacios de poder, porque dice ella que el techo solo es un problema para quienes ya lograron entrar al edificio, pero para muchas otras mujeres la historia empieza mucho antes; ya que mientras algunas discuten cómo romper ese techo, otras siguen tratando de sostener el suelo.
Leonor, Doña Mago, Doña Berna y mis abuelas campesinas nunca hablaron de techos de cristal. Estaban ocupadas resolviendo otras urgencias: cómo alimentar a la familia, cómo fiar un kilo de arroz para la cena, cómo seguir trabajando después de haber parido en el cerro. El techo es la preocupación de la jueza; el suelo era la urgencia de ellas.
Durante mucho tiempo la justicia miró los conflictos como si empezaran en el expediente. Pero las historias que llegan a un tribunal casi siempre comenzaron mucho antes. Por eso hoy los tribunales hablan de contexto; y no es una palabra sofisticada, sino apenas una manera de recordar algo que en el barrio siempre fue evidente: que ninguna vida empieza en el mismo lugar. Y sin mirar ese punto de partida, la justicia corre el riesgo de llegar siempre demasiado tarde.

