LO QUE CREEMOS ENTENDER

En 1994 yo tenía catorce años y apareció en la televisión una noticia: personas indígenas desplazadas por el conflicto en Chiapas, por el levantamiento del Ejército Zapatista, bajo la lluvia, con la ropa pegada al cuerpo, bajo un tejabán de palma, temblando de frío, mientras Ricardo Rocha intentaba sostener la transmisión con la voz quebrándose; había una urgencia evidente y, al mismo tiempo, se me figuraba que se resolvía todo en la pantalla, como si bastara verlo para entenderlo. A Lucy y a mí nos pareció que teníamos que hacer algo, como si supiéramos qué, con ese corazón comunista de esa edad que se enciende rápido y que, según decían, con los años tendría que aprender a acomodarse un poco más en la cabeza. Terminamos yendo a reuniones en la preparatoria donde se hablaba de apoyar la lucha; y escuchábamos, asentíamos, tratábamos de seguir, aunque en realidad entendíamos poco. Mi papá y nuestros maestros nos veían con preocupación, porque aquello sonaba a algo muy poco pacífico, así que lo dejamos, obedientes.

Y sin embargo, todo eso ocurría lejos. Veíamos Chiapas, pero no lo que teníamos cerca. Por ejemplo, en San Luis de la Paz, Guanajuato, está la Misión de Chichimecas, y en ese entonces se nombraba así, con un tono ya fijado, casi de burla; era un nombre más, algo que se leía en pocos libros, pero no en lo que se decía todos los días, no en la forma en que mirábamos lo que teníamos enfrente. Esa distancia no se notaba y seguíamos nombrando con lo que teníamos y lo creíamos suficiente, hasta que empezó a no serlo.

Fotografía del SubComandante Marcos (autor: Jose Villa at VillaPhotography, https://commons.wikimedia.org/). Imagen de Misión de Chichimecas (tomada de internet).

Con el tiempo empezó a notarse que lo que queríamos decir no alcanzaba con las palabras que teníamos, hablábamos de algo que no terminaba de nombrarse del todo, y entonces empezaron a aparecer otras: cosmovisión, interculturalidad, pluralismo. Se repetían en clases, en textos, en resoluciones, sin terminar de acomodarse, y entre ellas empezó a decirse también la laicidad, que durante mucho tiempo la entendimos como un muro: el Estado allá y la religión acá. Pero en una realidad que nos desborda, la laicidad tiene que dejar de ser una barda para convertirse en una mesa limpia. No es solo separar iglesias; es la obligación del Estado de no imponer una sola “fe” (ni siquiera la fe en nuestras propias categorías jurídicas), sobre las formas de vida que no conocemos

Ese mismo lenguaje aparecía también en la Constitución, en el artículo 3°, cuando se habla de la educación laica; en el 24, que durante décadas reconoció la libertad religiosa y que en 2013 se reformó para hablar de libertad de convicciones éticas, de conciencia y de religión; en el 40, que desde 2012 nombra a México como una República laica. Y también en la Corte, que durante buena parte del siglo XX y todavía en criterios posteriores la entendió sobre todo como una exigencia de separación y de neutralidad del Estado frente a lo religioso, una forma de evitar interferencias y de impedir que una convicción se impusiera desde lo público, aunque durante años ese entendimiento pareció suficiente. La laicidad estaba ahí, pero no ocupaba un lugar central en la discusión, dejó de parecer necesario volver a ella.

Cuando volvió a tomar forma más explícita fue en la Décima Época, sobre todo a partir de la reforma de 2011 en materia de derechos humanos y de la de 2013 al artículo 24, en criterios donde la Corte empezó a vincularla no solo con aquella separación, sino también con la libertad de convicciones y con la neutralidad del Estado como condición para la convivencia en un espacio público donde distintas formas de ver el mundo tienen que existir sin imponerse unas sobre otras. Y, aun cuando lo que se intentaba nombrar ya no era exactamente lo mismo, la palabra seguía siendo la misma.

Pero el lenguaje siguió moviéndose. Hoy el propio Semanario Judicial de la Federación presenta a la Duodécima Época se nombra como “De la Justicia Pluricultural, la Igualdad Sustantiva y la Inclusión en México”, y tiene espacios específicos para pueblos y comunidades.

Ahí se nombra, pero aquí, en Hidalgo, eso aparece de otra manera, deja de ser algo que se lee o se cita y está en los asuntos, en las personas que llegan, en lo que se dice y en lo que no alcanza a decirse, en comunidades otomíes, en el ñähñu que entra en la conversación y que no siempre encuentra un lugar claro en el expediente, porque traducir aquí no funciona como en el inglés, donde hay equivalencias más o menos estables. Aquí lo que se traslada no son solo palabras, sino formas de decir que no nacen del papel, que se sostienen en la voz, en la memoria, en una manera distinta de ordenar lo importante, y ahí la traducción deja de ser un paso técnico; aquí no funciona así. No siempre hay una palabra que diga lo mismo, ni una forma de ordenar la frase que se deje trasladar sin cambiarla.

Y entonces lo que llega al expediente ya viene movido, porque el propio lenguaje lo empuja. Porque al escribirlo una lo acomoda en lo que sí sabe nombrar, en las categorías que tenemos, en la forma en que aprendió a entender el mundo, y ahí algo se ajusta, se simplifica, y eso también es una forma de blanquear,porque lo que no cabe en nuestras categorías termina acomodado hasta volverse reconocible. Es aquí donde la laicidad se vuelve una herramienta de resistencia para el propio juez. Si yo impongo mi visión del mundo como la única válida, estoy rompiendo la neutralidad laica. Juzgar desde la laicidad no es ser ateo, es ser lo suficientemente humilde para no convertir el expediente en un nuevo catecismo que borre la memoria del que tengo enfrente

El lenguaje pone un límite. No todo lo que se dice puede decirse igual en otra lengua, y no todo lo que se entiende en una forma de vida puede fijarse en un expediente sin cambiarlo. A veces creemos que nos estamos entendiendo porque usamos las mismas palabras, pero no siempre es así, cada quien escucha desde lo que ha vivido, desde lo que reconoce, desde lo que puede nombrar.

Pluralidad. Imagen de Google AI.

Y ahí vuelve la laicidad, ya no para responder completamente ni para resolverlo todo; es un punto de apoyo, una manera de intentar que esa diferencia no se borre al momento de decidir, de sostener que no hay una sola forma válida de ver lo que está en juego, a pesar de que al final haya que fijarlo en una resolución y tampoco alcanza, porque esa apertura tiene que pasar por el lenguaje, por lo que se escribe, por lo que se logra traducir, y ahí vuelve a cerrarse un poco, porque el derecho necesita decir las cosas de cierta manera para poder sostenerlas.

Es que ya no se trata solo de cómo se dice, sino de cómo se alcanza a entender el mundo desde donde cada quien mira, y ahí el lenguaje empieza a quedarse corto, aunque las palabras sean las mismas y se repitan con precisión, como si bastara con nombrarlas para que coincidieran: cosmovisión, interculturalidad, pluralismo, dichas una y otra vez, ordenadas en el discurso, sostenidas en el papel, y sin embargo todavía lejanas.

Porque entender no es repetir las palabras del otro, es enfrentarse al mundo desde donde se dicen, y entonces todo vuelve a ese punto: decidir sin borrar lo distinto, sin imponer una sola forma de entender lo que está en juego.