EL VIAJE DE PATRICIA SANTILLÁN HACIA UNA BIOLOGÍA QUE MIRA A LAS PERSONAS
Cuando Patricia era niña descubrió una plantita en los jardines de su unidad habitacional. La regó con curiosidad hasta que brotaronpequeñas esferas rojas: ¡eran jitomates! A sus seis años fueuna revelación, por primera vez entendió de dónde venía la vida.
Pero la epifanía duró muy poco. Una tarde, al volver de la escuela,encontró la planta destrozada. Su dolor fue muy grande y lloró mucho por ella. No solo por la pérdida sino por la incomprensión de que algo tan cuidado pudiera desaparecer así. Lo que no sabía era que, mientras esa planta moría, en ella germinaba una forma de mirar el mundo.
Hoy, Patricia Santillán Cervantes es socioambientalista. Investiga la sustentabilidad de sistemas productivos rurales, trabaja con productoras de queso de cabra y facilita procesos de toma de decisiones colectivas. Su camino, sin embargo, no ha sido lineal. Creció al sur de la Ciudad de México, recibiendo el nuevo día con la vista del Ajusco ante sus ojos y atestiguando la presencia de fresas silvestres entre la vida libre y contrastante del bosque de Tlalpan.

“Vivíamos hasta arriba de un edificio y siempre me despertaba con la vista del Ajusco y del Xitle. Me gustaba mucho pararme en la ventana y ver cómo se movían los árboles, los pájaros que iban y venían”.
Ese asombro temprano la llevó a estudiar biología, aunque sin una idea clara de hacia dónde quería ir. Su imaginario estaba poblado de referentes lejanos: programas de televisión, investigadores de renombre y narrativas de descubrimiento.
“No me imaginaba cómo sería mi vida profesional cuando elegí estudiar biología. Veía el programa de Roberto Rojo, un biólogo que andaba por todo México descubriendo especies, lo disfrutaba. Alguna vez me imaginé como fotógrafa de National Geographic, pero no acababa de hacer clic”.
En medio de esa búsqueda apareció una figura que le abrió otra posibilidad: Alicia Bárcena. Más que el trabajo de campo, le atrajo la idea de incidir en las decisiones.
“Ellatambién estudió Ciencias en la UNAM, es la primera bióloga que tuvo un puesto en la ONU, estuvo en la CEPAL y ahora es la secretaria de la Semarnat; para mí fueun modelo de que podíamos influir en las decisiones humanas y me gustaba ese modelo ideal de tomar decisiones. Me imaginaba abonando de alguna manera a cuidar la naturaleza”.
El verdadero quiebre llegó durante su tesis de licenciatura en restauración ecológica, precisamente en el Ajusco, lo que reafirmó que la naturaleza necesita del cuidado de las personas.
“Un día llegamos y el bulldozer de alguna inmobiliaria que estaba invadiendo había pasado por encima de todo. Nuestro trabajo de investigación, igual que el jitomate de mi infancia, estaba destruido. Ahí me cayó el veinte; no iba a llegar muy lejos si no lográbamos un diálogo con las personas para que entendieran por qué era importante cuidar el suelo y el ciclo del agua”.
Ese momento redefinió su trayectoria. Dejó de mirar solo a las plantas para empezar a mirar a las personas. Entendió que los datos no cambian nada si no hay decisiones humanas de por medio.
“Estuve en un proyecto de colaboración entre la universidad y una cooperativa indígena en la montaña de Guerrero cerca de Ayutla de los Libres llamada Suajimepa y quedé fascinada con todo el trabajo comunitario que hacían, colectivo. Era lidereado por una socióloga y estaban restaurando la montaña. Me dejó una gran semilla en mi corazón. Seguí en temas cuantitativos: estadística, modelos. Yo creía que podía aportar desde dar información para tomar decisiones y empecé a hacerlo con modelos, estadística y eso. Luego, tuve la oportunidad de trabajar en un instituto que colaboraba con una cooperativa también, y productores. Esto fue en Francia, y dábamos información para que vieran los productores cuál era la mejor manera de cultivar. Había rotación de cultivos. Esa colaboración era algo que yo venía haciendo con la cooperativa indígena. Y fue también con lo que dije: tengo que moverme a lo ecológico y a lo social también. Así fue como llegué a los proyectos sociales”.
Otro gran aprendizaje había llegado a su vida: los datos no cambian nada sin decisiones humanas de por medio.
“Me he encontrado con situaciones en donde lo correcto no era lo mejor socialmente. Llegué a una base de datos de más de 10 años en Jalisco, en la reserva de la biósfera de Chamela – Cuixmala quetiene un área núcleo que nadie puede tocar, pero también otras áreas alrededor en donde pueden hacer uso sustentable de los recursos. Ahí son comunidades ejidales, y es una cultura ganadera arraigada desde que empezó la expansión ejidal en México, cuando se repartieron tierras.Yotenía la idea utópica de colaborar, pero me topé con una historia fracturada de décadas donde los biólogos y las personas de la academia han tenido una posición de superioridad queriendo imponer sus formas, y no estábamos viendo esa otra parte en la que la gente en su día a día depende de la carne que pueda tener, de la vaquita, la gente en el campo ahorra en animales”.
Darse cuenta de lo que para la biología era evidente: proteger, restringir y conservarno necesariamente era viable para quienes viven del territorio.
“Entonces, tuve que llegar con mucha humildad, darme cuenta de que representaba a una institución académica que ha venido imponiendo sus ideas. Empecé diciendo discúlpenos no hemos entendido bien lo que ustedes querían, hemos querido imponer. Y eso abrió la conversación, bajó las defensas y mejoró la comunicación. Aboné en eso, en tratar de reconstruir un poco con las comunidades de Chamela, y cuando regresé a Morelia, al Instituto de Investigaciones de Ecosistemas de la UNAM, convoqué a todos los que estaban en esa zona: investigadores, investigadoras, estudiantes, tesistas e hicimos un taller en donde hablamos de cómo podríamos evitar esta confrontación y cómo podíamos llegar a mejores diálogos, a darle continuidad a los proyectos y entregar resultados. Creo que me siento satisfecha de esa contribución. Uno también tiene que entender que hay procesos que tienen varios momentos”.
Este tránsito la transformó también en lo personal. En Guanajuato, Patricia intenta ser congruente: compra a quienes traen sus productos del rancho y se instalan cerca de la Alhóndiga o la Cruz Roja. “No queremos gente perfecta”, dice, “queremos gente imperfecta con conciencia”.
Su trabajo también está hecho de momentos que le devuelven sentido siendo un puente. Hace un año, tras conocer la historia de las productoras de mermelada en Santa Rosa de Lima, logró llevarlas a San José de Otates, en la Sierra de Lobos, para que compartieran sus saberes con otras mujeres.
“Ver ese encuentro entre mujeres, enseñándose a hacer mermelada de nopal y compartiendo experiencias, fue muy bonito. O ver a comunidades empoderadas en San Luis Potosí tras lograr un plan de acción para limpiar su presa. Esos momentos de felicidad hacen que todo valga la pena”.
A pesar de la “ecoansiedad” y de sentir a veces que su labor es documentar un mundo que va “en picada”, Patricia se sostiene en la escucha. Su trabajo no consiste en imponer respuestas, sino en hacer mejores preguntas y entender que todo lo que crece necesita algo más que buenas intenciones.
Algo muy emocionante de un investigador o investigadora es que no hay un día igual. Me imaginaba estar en un 80% en campo y el resto de tiempo en computadora o talleres, pero es al revés. El tiempo de divulgación es poco y el 80% es en la computadora, analizando y preparando materiales y proyectos. Voy una vez cada dos meses al campo. Me gustaría que entendieran que soy una persona con múltiples dimensiones, con mucho amor a la naturaleza, con curiosidad por entender cómo funciona.

Su trabajo actual con mujeres productoras revela otra dimensión de la sustentabilidad: la desigualdad.
“Ellas tienen retos de género, varias no saben leer, tampoco de tecnología. Ha sido una constante en varias de las comunidades la lectura, el acceso a la educación. En algunas casas ellas sí administran eldineropero en otras no. Hacen redes”.
Frente a ese panorama, Patricia ha aprendido a no colocarse como salvadora, su trabajo no consiste en imponer respuestas, sino en hacer mejores preguntas. En escuchar antes de intervenir, en entender que, a veces, cuidar el mundo empieza por reconocer que no es posible hacer las cosas sola.
Y que, como aquella planta que alguna vez regó de niña, todo lo que crece necesita algo más que simplemente buenas intenciones: requiere cuidado, tiempo y, sobre todo, relaciones que lo sostengan.

