La violencia que se aprende. Empieza en lo digital y exige sumisión
Me llegó un mensaje de mi hija que decía: “Qué miedo.”
No venía la imagen. Le pregunté qué pasaba, pero esos segundos, que en el reloj no son nada, se estiran hasta volverse habitables. Decir “qué miedo” hoy, en México, puede abarcarlo todo. A veces Farah lo usa para una broma, un comentario al aire que no deja huella. Pero esta vez el silencio que siguió al mensaje pesaba distinto. Tenía una gravedad que me volteó el estómago.
Cuando por fin cargó la foto, era una cartulina pegada en la universidad: “Daniel S. es un peligro. Es un psicópata. Trae cuchillos a la escuela. Acosa mujeres. Ha expresado intenciones de cometer una masacre y feminicidios aquí en la División”.
El día anterior, la noticia de Michoacán nos había golpeado la cara: un joven entró a una escuela y asesinó a dos maestras.

Se me heló la sangre. No fue por un afán de comparar, sino por la sensación de continuidad, porque una cosa puede seguir a la otra sin mayor dificultad, como si estuviéramos leyendo un guion que ya nos sabemos de memoria. Lo que acababa de pasar en un estado se pegaba a lo que yo sentí que amenazaba con pasar en la facultad de mi hija. Ahí es donde la estadística deja de ser un número en mi escritorio de jueza para convertirse en el pulso acelerado de una madre.
Ese miedo no nace en el vacío, es un ruido de fondo que hemos aprendido a ignorar para poder seguir caminando. Nace en los rincones más oscuros de Reddit [1], 4chan [2] o servidores de Discord [3]. Es el mundo de los incels (célibes involuntarios).
No es un grupo de autoayuda; es una subcultura que cultiva un resentimiento muy grave y se definen por su incapacidad de encontrar pareja. Su respuesta no es la introspección, sino el odio organizado hacia las mujeres. Las culpan de su soledad, creen que les “deben” atención, sexo y validación, y que al elegir su libertad sobre su deseo, están cometiendo un crimen que merece castigo. El asesino de Michoacán no operaba solo; estaba alimentado por estos grupos donde se celebra la violencia contra “las que no los pelan”.
Este discurso tiene rostros que millones de jóvenes admiran. Personajes como Andrew Tate o “El Temach” venden la idea de que los hombres son las verdaderas víctimas del progreso de las mujeres. Es un mensaje que se vuelve normal cuando figuras públicas como el “Chicharito” lo validan, compartiendo y defendiendo ideas sobre cómo los hombres deben “recuperar su lugar” o cómo la sociedad moderna los está “feminizando”, lo que termina reforzando la idea de que la independencia de una mujer es una amenaza para ellos.
Esto llega incluso a los espacios de los más pequeños. En plataformas como Roblox [4], que son para jugar y convivir, ya se empiezan a notar estos comportamientos. No es que el juego sea el problema, sino que los niños simplemente imitan lo que ven en redes: aprenden a burlarse o a rechazar a la mujer que no es sumisa, convirtiendo el control en un juego. Así, lo que empieza como un video de “superación personal” termina siendo la semilla de la violencia que después vemos en las calles.
Es aquí donde el problema nos alcanza a todas. Cuando el ambiente nos dice que nuestra libertad es una provocación, la sociedad deja de vernos como personas a las que hay que proteger y empieza a vernos como responsables de nuestro propio riesgo. Se cree que si eres libre y te pasa algo, fue por tu propia culpa.
Rita Segato lo llama pedagogía de la crueldad. Se les enseña a los hombres que su masculinidad es una jerarquía que se defiende castigando a quien desobedece, por eso, sigue diciendo, que esta lucha de las mujeres es también para beneficiarlos a ellos, porque el feminismo es la llave para que los hombres se liberen de la cadena de tener que ser “líderes” y fuertes para ser considerados humanos, porque un hombre que necesita el control para sentirse válido, es en el fondo, un hombre profundamente cautivo.
Simone de Beauvoir nos pidió recordar que bastará una crisis para que lo que creíamos ganado se ponga en duda. Hoy, esa crisis es cultural y digital, se manifiesta con un peso que no podemos ignorar y las cifras de 2025 son el espejo de esa fragilidad: entre enero y octubre, México registró más de 2,000 mujeres asesinadas, según el Observatorio Nacional del Feminicidio. Son más de seis vidas truncadas al día en el registro más conservador.
Es inevitable preguntárselo en los ratos de silencio. Quienes habitamos espacios que históricamente nos fueron negados, como el estrado, el aula o la calle, solemos cargar con una punzada de incertidumbre: ¿por qué nuestra autonomía se siente a veces como un error de cálculo? Es común sentir que algo en el engranaje personal está roto, como si el mundo no terminara de perdonarnos el haber elegido un camino que nos sacó de la casa para llevarnos al mundo laboral y profesional.

Pero no es una falla individual. Es el cansancio de vivir en un tiempo que todavía pretende cobrarnos una cuota de sumisión a cambio de paz. Es el dolor de ver cómo, mientras se intenta enseñar derecho y justicia en las aulas, se libra una batalla invisible contra discursos que enseñan a los jóvenes a despojar a la mujer de su autoridad por el simple hecho de serlo. Tal vez no somos nosotras las que estamos “fuera de lugar”, sino que el sistema sigue calibrado para una frecuencia de control que debería ser historia.
Es aquí donde la ley debe dejar de ser una abstracción para transformarse en un escudo. La Alerta de Violencia de Género, es ese mecanismo de emergencia que nace de nuestra Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia en sus artículos 22 al 26. Es en esencia, un grito de auxilio institucional: es la declaratoria oficial de que la violencia feminicida en un territorio ha rebasado la capacidad normal del Estado para contenerla.
Activarla significa encender una alarma roja que obliga a la Federación, a los Estados y a los Municipios a dejar de trabajar de forma aislada y coordinar acciones urgentes. No es una sugerencia; es un mandato que exige patrullajes en zonas de riesgo, medidas de protección inmediata para las mujeres que denuncian y, sobre todo, una vigilancia estricta sobre cómo operamos en los juzgados. Significa que, ante el horror, el Estado admite que ha fallado y se compromete a una intervención efectiva para salvar vidas. Sin embargo, a pesar de su fuerza en el papel, nos encontramos con una realidad donde la burocracia suele ser más lenta que el peligro. Los políticos se quedan en la foto del convenio, pero fallan en el seguimiento real. La ley nos da el “qué”, pero nos falta el “cuándo”.
La verdadera Alerta de Género debe empezar en la educación. No basta con protocolos de reacción cuando aparece una cartulina en un pasillo universitario; necesitamos una alfabetización emocional que desmonte esa falsa autoestima masculina que necesita el odio para sentirse fuerte. Debemos dejar de ser instituciones que solo reaccionan ante el golpe para convertirnos en espacios que desactiven el resentimiento antes de que se convierta en tragedia.

La Alerta de Violencia de Género no está fallando por falta de técnica jurídica, sino porque no conviene, porque una declaratoria de emergencia es, ante todo, una confesión pública de fracaso que pocos gobernantes están dispuestos a cargar en su historial. Se cuida más la “marca” de una administración que la vida de quienes habitamos la calle; es más fácil administrar el silencio que enfrentar la estadística. Mientras se protege la imagen política, en la sombra se alimenta un odio que el sistema no sabe, o no quiere leer, y que se convierte en un lenguaje de dominio que se perfecciona en foros digitales y se valida en el descuido de las aulas.
No se puede esperar a que el daño sea noticia. Hace falta una alfabetización emocional que desmonte el resentimiento antes de que se convierta en tragedia; que las escuelas dejen de ser el lugar donde el odio se lee por primera vez. Es inadmisible que el miedo sea el único mapa para las siguientes generaciones. Si la Alerta no puede protegernos en un mensaje de celular, si no es capaz de entrar a esos espacios a rescatar a quienes están siendo educados en la crueldad, entonces es solo la crónica de una renuncia y no la seguridad que necesitamos.
Porque necesitamos que la próxima vez que suene el teléfono, el pulso se acelere por una buena calificación de Farah y no por el espanto. Que la libertad deje de ser una excepción y sea, al fin, nuestro aire cotidiano.
Notas
[1] Reddit: Plataforma de foros mundiales donde se gestan comunidades de la manosfera. Es el lugar donde el resentimiento se teoriza bajo el anonimato.
[2] 4chan: Un tablón de imágenes anónimo conocido por su nula moderación. Es históricamente el origen de muchas subculturas extremistas y el espacio donde la retórica Incel se radicaliza hacia la violencia explícita.
3] Discord: Aplicación de mensajería y chats de voz. Aunque nació para videojuegos, es utilizada para crear servidores privados donde grupos radicalizados pueden organizarse y compartir contenido misógino fuera del radar de las autoridades.
[4] Roblox: Plataforma de videojuegos para adolescentes donde, a través de chats sin supervisión, se filtran discursos de odio disfrazados de dinámicas de juego.

