LA PALESTINA, UN VIAJE AL PASADO
Parece ser que el tiempo se detuvo en la esquina de 5 de Mayo y Bolívar, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. De acuerdo con testimonios difundidos por fuentes culturales, Porfirio Díaz, Francisco Villa, Emiliano Zapata y Francisco I. Madero fueron clientes del establecimiento que allí se encuentra o, por lo menos, pasaron por ese lugar.
Desde hace más de cien años, una de las anécdotas repetidas más recurrentemente afirma que los generales revolucionarios Villa y Zapata amarraron sus caballos allí cuando iban rumbo a Palacio Nacional. Se trata de la tienda “La Palestina. Almacenes de Talabartería y Artefactos Nacionales”, fundada en 1884, abierta ininterrumpidamente hasta hoy en día.
Anales consultados por equisgente y de acuerdo con registros históricos y material de la Fototeca Nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el negocio operaba antes de la construcción del edificio actual, levantado en 1903 en los años del Porfiriato, sobre un predio donde anteriormente se ubicó el Antiguo “Teatro Nacional”.

El inmueble, atribuido a los arquitectos Alfredo Robles y Manuel Torres Torrija, forma parte del proceso de modernización urbana de principios del siglo XX. En sus niveles superiores funcionaron oficinas y publicaciones como la Revista Moderna. Imágenes de archivo fechadas en 1920 muestran el enorme letrero metálico del establecimiento.
Ese letrero, cuya manufactura da la impresión de ser inmortal, eterno, se puede ver aún en la esquina señalada líneas arriba, lo que confirma cabalmente su resiliente presencia tras el movimiento revolucionario y su integración al entorno comercial del primer cuadro de la capital; es uno de los más reputados establecimientos centenarios del Centro Histórico.
Desde hace más de 140 años, en sus inicios, el local ofrecía artículos para uso ecuestre como monturas, riendas y espuelas, en una ciudad donde el transporte dependía en gran medida de los caballos. En la fachada se conservan barandales con forma de cabeza equina, donde muchos clientes amarraban a sus animales mientras realizaban sus compras.
Con la transformación urbana del siglo XX, el establecimiento modificó su oferta. De la talabartería pasó a la venta de artículos de piel como cinturones ya no sólo de charro sino para vestir, bolsas, maletas, mochilas, y portafolios. Fotografías de los años 70 evidencian la continuidad del negocio en un entorno totalmente dominado por el tránsito vehicular.
Sin embargo, la modernidad también ha cobrado factura a esa tienda. En años recientes, el establecimiento ha enfrentado problemáticas como el grave deterioro urbano y hechos delictivos, entre ellos el robo de elementos ornamentales de su fachada, piezas de arte de gran valor histórico y estético que durante años permanecieron allí, dando el welcome.
La relevancia de ese negocio no es solo comercial, también urbana, social y cultural. Registros oficiales y materiales históricos señalan que su fundador fue un comerciante proveniente del norte del país (identificado en algunas crónicas como don Juan Rosales Ortiz), quien ideó establecer un negocio especializado en artículos de piel para jinetes.
En esos años, cabe recordar, la talabartería (oficio de trabajar con arte la vaqueta y la piel para elaborar artículos y ornamentos para montar a caballo) era una actividad esencial en la vida cotidiana, especialmente para charros, militares y hacendados. La trascendencia radica en que “La Palestina” remontó con éxito la transición del caballo al automóvil.
Sobre el inmueble que ocupa a la fecha, se sabe que fue reconstruido a inicios del siglo XX, alrededor de 1903-1905, y que fue considerado uno de los primeros edificios altos del centro, pues llegó a tener seis niveles. Pero el terreno tiene una historia más antigua: Sobre él estuvo el Antiguo Teatro Nacional, construido en 1842 e inaugurado en 1844.
La identidad del establecimiento se ve en el enorme caballo de tamaño natural que luce sereno en uno de sus aparadores, junto a artículos de la marroquinería urbana, la tradición talabartera, y productos personalizados. Llaman poderosamente la atención las mochilas de vaqueta amarilla, “para niños ricos”, tan anheladas en los años 60 del siglo pasado.
Además, forma parte del paisaje tradicional del primer cuadro de la CDMX. Al igual que otros negocios centenarios, conserva su decoración antigua ligada al mexicanísimo deporte de la charrería y, sobre todo, su arquitectura original que ha cambiado casi nada, aunque el 16 de julio de 2019 le robaron cuatro figuras ecuestres de bronce de la fachada.
Fotografías históricas del INAH y archivos como Casasola dejan ubicar a “La Palestina” con precisión. Hay registros de alrededor de 1920 donde ya aparece el letrero de la tienda en la esquina de 5 de Mayo y Bolívar. Imágenes de los años 70 confirman su continuidad comercial. Hoy publicamos fotos captadas hace unos días por Graciela Nájera Sánchez.

Lo anterior significa que “La Palestina” ha sobrevivido a acontecimientos de enorme importancia en el desarrollo de la capital, como la Revolución Mexicana, el asombroso arribo del automóvil, y la constante transformación del comercio local, además de no pocos fenómenos naturales como la inundación de 1951 y los sismos de 1957 y 1985.
En 1884 nació esa talabartería en una ciudad de caballos. No como un negocio más, sino como parte de una economía urbana donde el transporte era animal y la élite montaba a caballo, una ciudad donde el ejército y el campo dependían del cuero. En síntesis, nació cuando en la ciudad se organizaba a caballo, gracias al talabartero Juan Rosales Ortiz.
“La Palestina. Almacenes de Talabartería y Artefactos Nacionales” ya operaba en 1884, antes de la construcción del edificio actual levantado en 1903 durante los años de gloria del Porfiriato. Sus barandales con forma de cabeza equina son su símbolo, lo mismo que sus dos letreros con el mismo texto en ambos lados de la esquina de 5 de mayo y Bolívar.

