UNA ESCULTURA PREHISPÁNICA EN UN EDIFICIO COLONIAL
El Museo de la Ciudad de México ocupa el palacio virreinal que fuera propiedad de los Condes de Santiago de Calimaya, obra del arquitecto Francisco Guerrero y Torres, del siglo XVIII. Es un notable ejemplo del estilo barroco, pero el tema no es el museo y sus acervos, sino su exterior, concretamente, la gran escultura prehispánica de su fachada.
A lo largo del tiempo, el edificio, localizado en la esquina de las calles José María Pino Suárez y República de El Salvador ha sido palacio de familias nobles, vecindad, bodega, y recinto cultural. Se localiza a tres cuadras del Zócalo capitalino, y a pesar de que por allí pasan diariamente miles de personas, pocas se detienen a observar ese detalle escultórico.
Se trata de una piedra tallada con forma de fauces abiertas que ha resistido el paso de los siglos y el embiste de lluvias, inundaciones, vientos, contaminación del aire y terremotos. Incrustada en el basamento de ese edificio, a ras de banqueta, la pieza oscura, porosa, de origen volcánico, pasa inadvertida para la mayoría de los transeúntes y automovilistas.

Sin embargo, su presencia remite a un pasado más antiguo que el propio inmueble que la contiene, a una ciudad superpuesta, donde vestigios prehispánicos fueron reutilizados como cimiento material y simbólico de la arquitectura novohispana. La escultura, que evoca una mandíbula o un mascarón de rasgos zoomorfos, parece custodiar esa esquina.
Sobre ella, la cantera gris y los muros de tezontle enmarcan puertas de madera y balcones de hierro forjado, elementos propios de las construcciones de los siglos XVI al XVIII en la antigua capital del virreinato. Varios edificios del primer cuadro de la capital contienen piezas prehispánicas reutilizadas, como material de construcción o como ornamento.
Lo anterior es resultado de la transformación urbana tras la caída de México-Tenochtitlan. Piedras labradas, esculturas y fragmentos ceremoniales fueron incorporados a templos, casas y edificios civiles. En este caso, la piedra no sólo sostiene el muro, también sostiene una historia de continuidad, de un antes y un después de la ciudad que hoy conocemos.
La pieza no es un adorno urbano. Es una obra escultórica prehispánica reutilizada como elemento constructivo tras la Conquista y la posterior edificación de la ciudad virreinal sobre sus ruinas; tras la caída de México-Tenochtitlan, los conquistadores y las órdenes religiosas usaron materiales de templos indígenas destruidos para levantar “su ciudad”.
Este fenómeno, conocido como “reutilización de materiales” o spolia fue sistemático en el actual Centro Histórico de la Ciudad de México. La escultura, con rasgos de fauces o mandíbula, podría corresponder a un elemento simbólico asociado a deidades de la tierra o del inframundo, representadas con bocas abiertas dentro de la cosmovisión mexica.
Estas formas no eran decorativas en el sentido europeo: Tenían una carga ritual, vinculada al tránsito entre la vida, la muerte y el renacimiento. Al ponerla en un edificio colonial, su significado original cambió, de objeto sagrado a piedra funcional. Pero no desapareció su presencia, quedó como huella visible del mundo indígena en la nueva traza novohispana.
Este tipo de piezas sirven para entender la naturaleza híbrida de la CDMX. No se trata de una ciudad que sustituyó totalmente a otra, sino de una que se creó, literalmente, encima de su pasado. Cada fragmento como éste en el espacio público deja ver que el patrimonio no sólo está en museos o zonas arqueológicas, también en paredes, banquetas y esquinas.
Pese a que no existe un registro público del peso exacto de esa pieza (al estar empotrada en un muro no ha sido retirada ni pesada), se puede hacer una estimación razonable. Por el tipo de piedra volcánica (basalto o andesita, muy comunes en México-Tenochtitlan) y sus dimensiones visibles, parece medir aproximadamente 60–80 cm de ancho, 40–50 cm de alto, y 40–60 cm de fondo.

Ahora bien, las rocas volcánicas usadas por los mexicas tienen una densidad promedio de 2.4 a 2.8 toneladas por metro cúbico, y con ese rango, la escultura tiene un peso estimado entre 200 y 500 kilos, como un refrigerador. Estas piezas no eran decorativas ni ligeras, eran monolíticas, pensadas para durar siglos, y ser colocadas en templos o basamentos.
El hecho de haber sido reutilizada en la época virreinal indica que ya era una piedra trabajada de gran tamaño, ideal para reforzar esquinas, los puntos más vulnerables de un edificio. No es una “cabeza completa” aislada, sino un fragmento de escultura mexica con rasgos de fauces abiertas; muy probablemente formó parte de un conjunto mayor.
El hecho de que la pieza esté “cortada” y empotrada en una esquina indica que no está completa. Probablemente fue fragmentada tras la caída y conquista del México antiguo para ser reutilizada como piedra de refuerzo en época virreinal. Esto aviva la idea de que formaba parte de algo más grande e importante, no de una escultura autónoma.

