LOS CHICOS MALOS DE “LAS BUENAS CONCIENCIAS”
Un asomo por la icónica casa donde Carlos Fuentes escribió su novela en y sobre Guanajuato, convertida en galera de fotografía
Ésta es la gran casa de cantera, habitada hasta el día de hoy por la familia. La historia de Guanajuato ha patinado sus muros de piedra rosa. Las vidas de los Ceballos, sus alcobas y corredores. La gran casa de cantera, situada entre la bajada del Jardín Morelos y el Callejón de San Roque, frente al templo del mismo nombre y a unos metros de la hermosa plazuela a la que dan fama, año con año, las representaciones, en un escenario casi natural de faroles, árboles, rejas, muros ocres y cruces de piedra, de los entremeses de Cervantes. Carlos Fuentes, Las buenas conciencias.
La anterior es el trasunto literario de la casa donde Carlos Fuentes sitúa en su novela Las buenas conciencias a la familia Ceballos para mostrar la doble moral de un Guanajuato de una sociedad de careta de decencia que ocultaba vicios, hipocresía y corrupción.
En 1958, Fuentes inició su prolífica vida de novelista con La región más transparente. Un año después publicó Las buenas conciencias. En ella critica al conservadurismo de la burguesía mexicana y pone a Guanajuato como ejemplo. La trama se centra en el viaje espiritual de Jaime Ceballos, un joven que se debate entre la tradición familiar, la moral cristiana y sus propios deseos juveniles de independencia.
La novela expone cómo la clase dirigente utiliza el ejercicio público de la religión y las apariencias para justificar la corrupción, el oportunismo y el control sobre el individuo. Jaime Ceballos tiene la disyuntiva de su rebeldía o sumarse a la dinámica que la sociedad le impone mediante las normas establecidas.

De espacio de novela a galera para la fotografía
“Las buenas conciencias” se llama la galería de arte que está en la casa de los Ceballos, sita en San Roque número 5 de la mui novle y leal civdad de Quanax Huato. Es una calleja empedrada, al costado derecho del templo de San Roque. Se puede entrar por la calle de Galarza y bajar hacia la plaza donde se escenifican los Entremeses Cervantinos.
La esquina de la casa ha sido librería, galería y tienda de discos y artesanías. Siempre en torno al arte, pero hace ocho años el fotógrafo Gustavo López y el primer actor Alfredo Ceseña tuvieron a bien proyectar abrir en la parte posterior una galería.
Se pusieron manos a la obra y Gustavo explica que al remodelar la casa para hacerle varias adaptaciones se encontraron varios detalles interesantes.
En esa casa estuvo Carlos Fuentes y ahí escribió la novela, dice uno de los hombres de cámara más reconocidos de la ciudad y el estado. Esa pasión llevó a Gustavo a convertir un sector de la casa en galería dedicada a esa expresión del arte y de la vida.
Es lenta la vida de la casa, y hay algo ruinoso, más que en las viejas paredes, más que en las vigas húmedas, en el aire que durante las noches descansa y acumula el polvo entre los pliegues de las cortinas. Ésta es la casa de los cortinajes: de terciopelo verde detrás de los balcones principales, de brocado antiguo entre las salas, otra vez de terciopelo —rojo, manchado— en las habitaciones matrimoniales, de algodón en las demás. Cuando el alto viento de la montaña gime, estos brazos de tela se levantan y azotan y hacen caer por tierra las mesitas y los adornos cercanos. Se diría que alas espesas abrazan las paredes y se aprestan a levantar la casa en vuelo. Mas el viento se aquieta y el polvo busca otra vez los rincones. Otro fragmento de Las buenas conciencias
La parte de la finca que acondicionaron para convertirla en galera para “dedicar a un segmento del arte que es la fotografía” fue el comedor. Exploraron la casa y encontraron un pasadizo secreto: un túnel tapiado que originalmente daba a las caballerizas.
Ahí armaron la sala de exposición y dejaron al fondo el inicio del pasadizo. Quedó tal como lo dejaron, con sus ladrillos de adobe a la vista, flanqueado por fotos de personalidades.
Hay objetos que la luz se empeña en aislar: el gran reloj de la sala, los sables plateados del tío Francisco, el frutero de bronce que brilla siempre en el centro del comedor oscuro. El tablero de campanillas a la entrada de la cocina, y los azulejos de ésta, y sus trastos de cobre y barro. La fuente de cantera del patio, blanca en la noche. El resto de la casa es parda. Las vigas altas, las paredes cubiertas de un papel verdoso, los muebles de madera y seda y mimbre opacos. Un fragmento más

La galería fue inaugurada el pasado 19 de febrero “porque se tenía que inaugurar” —eran ocho años de sueños—, afirma Gustavo, quien estudió la licenciatura en Historia y su tesis se tituló La fotografía como documento para la microhistoria. Continuó sus estudios de maestría en restauración de sitios y monumentos. Fue discípulo de George Kondouros y combina la estética fotográfica con las artes plásticas.
El lugar abrió con fotos de Aldonza Lorenzo, artista en proceso de consolidación; Antonio Marín, ya consagrado en esta expresión del arte; el prometedor joven Arturo Acosta y el mismo Gustavo, reconocido en el estado por su particular técnica de fotoesgrafía y su profunda visión del paisaje y la transformación urbana de Guanajuato.
Los salones y las recámaras ocupan el segundo piso. Cuando se abre el enorme zaguán de la Bajada, el patio apenas se respira al fondo; a la derecha inmediata sube una escalera palaciega, de piedra, con escudos de la ciudad labrados en los altos muros y un lienzo de la Crucifixión en el descanso. Por aquí se llega al largo salón que en otra época era blanco y alegre, con piso de tezontle, muros enjalbegados y muebles de nogal rubio. El abuelo Pepe Ceballos le dio su cariz actual: los gruesos cortinajes, los candiles y el papel verdoso, el piso de parqué, los sofás de seda marrón y las columnas de lapislázuli. Los cuatro balcones que miran hacia la plaza de San Roque se abren desde este largo salón. Una cortina de brocado lo separa de la sala más pequeña, sin luz, donde la orquesta acostumbraba instalarse en los viejos tiempos. Una puerta de vidrio opaco y diseños florentinos conduce al comedor encerrado y mustio, a cuyas espaldas, y a lo largo de toda el ala, se extiende la cocina. Otra puerta semejante esconde la biblioteca con sillones de cuero renegrido, y de allí es posible pasar al corredor sobre el patio interior, donde fluyen el murmullo del manantial y el verdor de los líquenes. El corredor en escuadra da luz a la biblioteca, a la recámara principal y a la de Jaime. Al fondo se encuentra el baño común, instalado a principios del siglo. Subsisten las llaves de oro, cabezas de león, con las que Pepe Ceballos adornó su tina. Y subsiste el agua ferrosa, color café, que ameniza las abluciones en Guanajuato. Continúan los fragmentos
El encuentro con Gustavo López y demás banda, chicos malos —que no maletas— (y algunas chicas muy buenas que les acompañaban) de la fotografía, las artes y el periodismo fue en esa galería con motivo de la reciente inauguración de la exposición fotográfica El rostro de la literatura, una selección de imágenes del fotógrafo Rubén Pax, donde la literatura y sus protagonistas quedan plasmados a través de la lente y la memoria visual.

Es un archivo visual construido por Rubén Pax durante años de trabajo en festivales, ferias del libro y encuentros culturales, donde fotografió a figuras como Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Cristina Pacheco, José Emilio Pacheco, Germán Dehesa, Carlos Fuentes y Laura Esquivel, entre muchos otros.
Los retratos en blanco y negro. La muestra deja ver miradas profundas, expresiones que convierten cada fotografía en un documento humano más que en un simple retrato. Ahí radica la fuerza de la obra de Rubén Pax, quien durante décadas documentó no sólo la vida cultural de México, sino también la personalidad y presencia de quienes marcaron la literatura nacional. Son una galería que se impone a la ligereza y el sentir líquido de la era digital.
Rubén Cárdenas Paz, conocido artísticamente como Rubén Pax, nació en León, Guanajuato, el 11 de agosto de 1943. Estudió dibujo publicitario en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) entre 1964 y 1970. Ese mismo año colaboró con el diseñador Lance Wyman en la elaboración de la revista oficial de la Copa Mundial México 70.
Además de sus labores como ejercitante y enseñante de fotografía, también formó parte del periódico La Jornada como laboratorista, archivista y reportero gráfico entre 1984 y 1986; además fue miembro fundador de la Agencia Periodística Imagen Latina y fundador de la Agencia de Fotografía de Cultura Prisma.
Fue coordinador de fotografía del Festival Internacional Cervantino en 1994 y 1995. Ha participado en más de 40 exposiciones colectivas e individuales en México y Estados Unidos. Su obra ha sido publicada en impresos de circulación nacional.
Su trabajo ha documentado fiestas populares, danzas, ritos indígenas, movimientos sociales y la vida cotidiana de la Ciudad de México desde la década de 1970. Desde los años ochenta ha desarrollado un importante registro visual de la actividad literaria en festivales, presentaciones editoriales y ferias del libro como la FIL Guadalajara. Actualmente continúa investigando procesos fotográficos antiguos como el papel salado, colodión húmedo y la albúmina. A la entrada de la casa, a la izquierda, está el bodegón repleto de telarañas, baúles, cuadros desechados, muebles cojos, leña, colecciones de mariposas cuyas alas se mezclan con el vidrio pulverizado que las cubría, espejos teñidos, paja, tomos desencuadernados de los folletines leídos por las generaciones pasadas: Paul Féval, Dumas, Ponson du Terrail; máquinas de costura olvidadas. Tilbury sin ruedas, carroza negra donde se alberga la polilla, búho relleno de trapos, litografía de Porfirio Díaz enmarcada en plata negruzca, abultada forma del manequí de antaño. Una altísima claraboya deja pasar, granulada, la luz. Es la vieja caballeriza. Fragmento recordado al mirar la irregular entrada que consigna la existencia de ese lugar.

La muestra de Rubén Pax comenzó el 14 de mayo y hay que disfrutarla en un asomo a esa casa que recuerda a Fuentes y el Guanajuato por él hecho literatura. Gustavo López anuncia que la siguiente actividad será un concierto-exposición con obra de Carlos Orozco, un jazzista que saca fotografía “más allá de lo estándar” (para saber algo más del artista, ver https://equisgente.com/2024/11/11/rodrigo-mata-y-carlos-orozco-un-dualismo-formado-en-el-bajio/ ).
De igual manera que la luz aísla ciertos objetos de la casa, ciertos objetos del bodegón se aíslan en la memoria de Jaime. Recuerda el ejemplar amarillo de El Siglo XIX, hallado en el fondo de un baúl, en el que la patria mexicana agradecía a Prim haberse retirado de la aventura imperial de Napoleón III. Recuerda los sables plateados del tío Francisco, cruzados sobre la pared del salón de recepciones. ¡Cuántas veces había jugado Jaime con ellos, simulando combates corsarios, justas caballerescas, fugas mosqueteras! Recuerda la enorme fotografía ovalada y sepia de los abuelos. Y un día encontró, en el baúl, los velos negros que su abuela debió usar en el entierro de Pepe Ceballos. Fragmento final citado
Vino, empanadas y chalalá fueron la culminación de la tarde donde la luz amarillenta rebotaba sobre la piedra. La ciudad se llenaba de pasos y la ingesta de uva bendita exigía caminar con cuidado. Buenas noches, señor, decían transeúntes que se cruzaron por plazas y callejas ante el paso marinero rumbo a la calle Subterránea. Como escribió el buen amigo Mauricio Vázquez González, también presente en la tertulia de reencontradas juventudes calvas, panzonas y canosas: “Jaime Ceballos no pudo llegar debido a su avanzada edad; les deseó suerte a los organizadores y les pidió cuidar a las conciencias guanajuatís, las buenas, porque las malas se cuidan solas…”

