LA ALUCINACIÓN CONSENSUADA DE GONZÁLEZ IÑÁRRITU
El cineasta, productor y guionista Alejandro González Iñárritu (CDMX, 15 de agosto de 1963), ganador de cinco premios Oscar, y quien mantiene una ascendente carrera como director desde su película debut Amores perros (2000), ingresó a El Colegio Nacional (ECN) y, en su discurso de ingreso, evocó amistades, espacios, circunstancias e imágenes que lo llevaron a ser el adulto que es hoy.
“Mi amigo Pelayo Guitierez fue quien me inició en este viaje. En 1982, él trabajaba en la productora de cine de su tío. Yo quería trabajar, y Pelayo le pidió al productor en jefe de la compañía, Abrham Cherem, que me diera oportunidad de trabajar con ellos. Cherem le dijo a mi amigo el siguiente mensaje para mí: Dile a El Negro, así me apodan, que el que no tenga familia en el cine, que se la busque”.
En la sede de ECN, “El Negro” Iñárritu recordó que eso fue lo que hizo. “He tenido la suerte de formar y ser parte de una entrañable familia cinematográfica”, dijo el cineasta, y trajo a su mente nombres que lo han forjado, como Rodrigo Prieto, Guillermo Arriaga, Gustavo Santaolalla, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Martín Hernández, y otros, de quienes, aseguró, guarda el mejor de los recuerdos.

“Esos son sólo algunos de muchos miembros, porque tantos, que no habría tiempo de nombrarlos a todos con quienes he compartido este viaje y a quienes les debo tanto. Por la naturaleza de mi oficio, resulta difícil extraer lecciones prácticas para compartir. Las imágenes, resultado final de mi trabajo, contienen en sí mismas mucho más de lo que yo pudiera especular hoy en mi ingreso a esta institución”.
Lo que sí pudo hacer, “si mi pequeño kilo doscientos gramos de cerebro me lo permiten, es intentar compartir, de una forma sencilla y con humildad, un poco de lo experimentado en mi proceso de trabajo, el contexto en el que este nació, la relación que guarda con mi vida personal, e intentar, a través de algunas cuantas reflexiones y pequeños fragmentos, visuales de mi obra, compartir lo que son para mí”.
Respiró profundo, afinó la voz, miró al horizonte, y elevó la voz ante el rostro de gran interés de los presentes: “El estado natural del cine es el de no existir jamás. Para prueba, basta echar un ojo al cementerio de guiones ‘en desarrollo’; infinitos archivos llenos de desesperación yacen en los estudios de cine, carpetas olvidadas en cajones y armarios, y miles de folders perdidos en computadoras”.

Abundó al añadir que se trata de cientos de miles de proyectos de jóvenes cineastas que quizá escribieron una historia extraordinaria y nunca encontraron cómo levantarla a causa del presupuesto, la burocracia, la falta de confianza, o claridad, o simplemente, del azar. Y la reflexión llegó: “El cine, llevado a su máxima expresión, puede ser profundamente poético. Sin embargo, no siempre puede ser así”.
Detalló que detrás de este aparente milagro luminiscente, que en ocasiones contiene y conlleva un punto de vista único e individual, existe, contradictoriamente, un enorme, monumental esfuerzo colectivo que requiere el perfecto manejo del oficio de cada uno de sus colaboradores y de mucho trabajo de plomería y carpintería. “Nace como soliloquio, y luego se convierte en un acto delirante de promiscuidad creativa”.
La literatura y el cine comparten una misma obsesión: “Contar historias que ocurren en el tiempo. Ambas construyen personajes, mundos, principios y finales. Su diferencia radical descansa en una palabra: Interioridad. El medio de la literatura es el lenguaje, y el lenguaje está hecho de la misma materia que el pensamiento; pensamiento describiendo pensamiento, como un espejo que se mira a sí mismo”.

En cambio, subrayó, el cine es la encarnación y materialización del pensamiento. El cine es arte y circo. Y ahí está lo fascinante y trágico de su naturaleza. No importa su tamaño o ambición, necesita dinero. Y mucho. No hay películas chicas. Todas son una gran batalla. Como cuando se construye una casa, sea chica o grande. No hay presupuesto que alcance y el tiempo será, casi siempre, insuficiente.
Hacer una película requiere de un enorme acto de voluntad. Es alinear todas las fuerzas divergentes en fricción y las infinitas variantes del caos, el azar, la obsesión y la locura. Es domesticar un huracán para que actúe frente a cámara. Dirigir es un privilegio y una responsabilidad. Antes que el rodaje de una película inicie, seguramente han pasado ya muchos años en su desarrollo, dejó ver el nuevo miembro de ECN.
El discurso de ingreso a El Colegio Nacional de Alejandro González Iñárritu tuvo por título “La alucinación consensuada” y en él mencionó que el cine, con solo 130 años de edad, es la más joven de todas las Bellas Artes. “Sólo son 30 años los que yo llevo dedicándome a él. Cuando he creído entenderlo, es precisamente cuando se manifiesta o revela de una manera distinta, y me queda claro que aún no he entendido nada”.

