SANTA ANA: ANTIGUA Y NUEVA RIQUEZA
Situado en las riberas de un embalse,
El mineral es un muestrario de tiempos idos
Cuando llueve, la Presa de la Soledad aumenta su nivel y el pintoresco poblado se convierte en península, rodeado de agua en su mayor parte, limitado a solo un acceso carretero por el lado de las montañas, esas cimas de cuyas entrañas salía el metal argentífero causante de la riqueza y el prestigio de Santa Ana y de muchos otros lugares de la zona habitados por esforzados mineros, entre ellos, la misma capital del estado.
Allá por 1541, los españoles decidieron asentarse en la región para explotar los abundantes minerales, particularmente la plata, construyeron cuatro fortines para “defenderse” de las tribus chichimecas establecidas desde antiguo en el área. Dichas fortalezas se levantaron en los ahora barrios de Tepetapa, Real de Santiago (Marfil), Cerro del Cuarto y uno más en Santa Ana, origen de la comunidad objeto de este escrito.

Mudo y sobrecogedor testigo de esa época es el panteón del lugar, donde es claramente perceptible la antigüedad (data de 1556) en sus añosos muros, las viejas gavetas y el estilo de las lápidas que cubren algunas de las tumbas. Para entonces, ya existía una capilla, la cual fue sustituida hacia 1600 por el templo del Calvario o de la Preciosa Sangre de Cristo, que muestra en su portada una efigie de Jesús crucificado, con los ladrones Dimas y Gestas a sus costados.
Santa Ana se localiza sobre el camino al Cerro del Cubilete, poco más de 3 kilómetros adelante del aún más famoso mineral de Valenciana y 14 km antes de llegar al legendario La Luz. Desde la curva de sus primeras viviendas, ofrece un panorama singular, con sus casas aglomeradas sobre una pequeña colina en la que sobresalen las semiesferas de sus dos iglesias. En tiempo de secas, la rodea casi en su totalidad una planicie arenosa, que se inunda cuando llega la temporada de lluvias y convierte el paisaje en un panorama digno de postal.

En la superficie aluvial formada por la creciente de la presa, quedan muros y ruinas de las instalaciones donde se procesaban los minerales. Si no hay agua, pueden recorrerse caminando: un interesante paseo entre inmuebles derruidos, rincones en los que sobresalen matorrales, paredes milagrosamente de pie y un herbazal que alimenta a algunos especímenes de ganado vacuno, cabras y hasta a algún caballo.
Desde ahí, puede treparse al corazón del poblado. Las calles empedradas remiten al pasado, bordeadas por silenciosos inmuebles de adobe, adornadas por algún viejo vagón. Dominante, se eleva el templo principal, dedicado, obviamente, a Santa Ana, madre de la Virgen María y abuela de Jesús, según la tradición cristiana e islámica, y patrona de las mujeres trabajadores y de los mineros, quizás un guiño a las galereñas, esas damas que armadas de cincel y martillo desmenuzaban las piedras que contenían los preciosos metales.

La iglesia está abierta al visitante y posee un arbolado y florido atrio, proporcionando una sombra bienhechora a quienes arriban después de una larga caminata bajo el calor del sol. Sin embargo, es mucho más reciente que la mencionada anteriormente, pues data del año 1800, mas no deja de ser interesante. En su muro posterior, cuenta con una pequeña ermita dedicada a la Sagrada Familia, y en su acceso lateral, sendas esculturas de las ánimas del purgatorio se cubren los ojos con una mano en señal de arrepentimiento.
El otro centro de culto —del Calvario— se ubica en una zona más alta y generalmente está cerrado. Suele abrirse en Viernes Santo, pues el recorrido de la imagen de Cristo durante la representación de su último martirio se efectúa de un templo a otro. Es uno de los más concurridos del municipio, junto a los de Cata, Marfil y Santa Rosa. Ese día, miles de fieles y peregrinos visitan Santa Ana y sus alrededores para presenciar las llamadas “Tres Caídas” y, posteriormente, hacer día de campo en alguno de los cerros circundantes.

En la década de 1950, la histórica presa de La Purísima resultaba insuficiente para satisfacer las necesidades de agua potable de Guanajuato capital, por lo que se hizo necesaria la construcción de otro embalse. El sitio elegido para el vaso de captación fueron los terrenos de la ex hacienda de La Soledad. La obra fue terminada en 1955 y resolvió no solamente el abastecimiento del vital líquido, sino que añadió un nuevo atractivo a los parajes del área.

Muy pronto, con las crecidas que trae cada temporada pluvial, la Presa de La Soledad inundó el espacio inmediato al núcleo de Santa Ana. Si en un primer momento pudo ser una curiosidad e incluso una molestia, debido a que obligaba a dar un largo rodeo para salir o entrar al lugar, pronto comenzó a vislumbrarse su potencial paisajístico. Senderistas, viajeros o curiosos, comenzaron a detenerse para admirar la peculiar vista o para dar un paseo en las cercanías.

El flujo de visitantes se volvió posibilidad comercial, bien aprovechada por los lugareños, y el frecuente paso de autobuses camino de Cristo Rey permitió una fluida comunicación con la zona urbana. El parque “El Orito”, ubicado entre el mineral y la capital del estado, añadió una ruta ecológica a la ruta. Santa Ana, entonces, resurgió: sus inmuebles fueron repintados de vivos colores, se decidió mantener su aspecto de pueblo de película y los pobladores descubrieron que poseían una riqueza ya no salida del fondo de la tierra, sino del amor y el cuidado del terruño.


