NORIA ALTA: UN MUNDO APARTE

Torre de bienvenida al centro histórico enmarcada por un peculiar vecindario

En el Guanajuato tradicional existen barrios, no colonias. La mayoría de la población del centro histórico se arracima en apretados cúmulos de viviendas y callejones que siguen las sinuosidades de montes y arroyos, en ocasiones con algún espacio abierto convertido en plazuela, en habitual sitio de convivencia y encuentro. Los nombres poseen reminiscencias de tiempos idos: Nejayote, Carrizo, San Clemente, Pastita, Hinojo.

El vocablo “colonia” hacía pensar en otro tipo de asentamientos urbanos, de topografía plana y rectilínea, más propios de ciudades como León, Irapuato o Celaya, no de una laberíntica capital de rancio abolengo. Sin embargo, cuando se edificó, en el antiguo Real de Minas, el primer conjunto habitacional “moderno”, en la década de 1960, se le dio el nombre de “colonia Municipio Libre”, diferenciación no solo urbanística, sino socioeconómica, al estar habitada primordialmente por burócratas y profesionistas, en contraposición a los barrios tradicionales en donde radicaban artesanos, albañiles, mineros, comerciantes.

En primer plano, la torre de la noria; enseguida, el campo de futbol de la Escuela de Química de la UG; al fondo, el vecindario.

De tal modo, cuando a mediados de los años 1970 se creó otro flamante fraccionamiento, sobre y a lo largo de una ladera en las afueras de la ciudad, más allá de Los Pastitos —límite entonces de la zona urbana— y destinado fundamentalmente a académicos y trabajadores universitarios, igualmente se le calificó de “colonia”, aunque esta vez la denominación se tomó de la antigua torre de piedra situada en su base, junto a la cual desfilaban —y desfilan— los vehículos al entrar o salir de la ciudad: Noria Alta.

La ancestral construcción, complementada con los restos de un acueducto, fue efectivamente una noria, estructura levantada junto a una corriente fluvial para aprovechar el líquido por filtración y satisfacer así las necesidades de la industria minera, la cual requería grandes cantidades de agua, a fin de facilitar la trituración y molienda de las piedras contenedoras del oro y la plata, metales forjadores de riquezas desde la época virreinal.

Panorama hacia Los Pastitos y el norte de la ciudad.

La torre, hoy remozada, constituye una especie de estandarte de bienvenida al Guanajuato histórico. Lamentablemente, también se muestra descuidada, rodeada de basura, que también flota sobre la superficie acuática que la inunda, entre nubes de mosquitos y fétidos olores, causados no solo por el agua estancada, sino por desechos humanos. El grafiti cubre los muros menos visibles y el vano donde se ubicaba el brocal es ciertamente un riesgo para los despistados, al no contar con protección alguna. De cualquier modo, es símbolo del rumbo y objeto de atención fotográfica, gracias a su valor escénico.

Decorativo farol en el exterior de una vivienda.

Metros arriba de la torre, se levantan las instalaciones de las División de Ciencias Naturales y Exactas (antes Facultad de Química) y de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Guanajuato (UG), en realidad poco visibles porque una cortina de árboles y matorrales obstaculiza la visión, además de que aulas y oficinas se encuentran más allá de una cancha de futbol diseñada sobre un jale, es decir, sobre un cúmulo de desechos mineros aplanado para dar cabida al campo y sus porterías. Años atrás era solo de tierra y lo utilizaban los equipos de la Liga Municipal, pero actualmente luce una alfombra de verde pasto artificial y es de uso exclusivo de la UG.

Calle característica de la colonia.

Aún más arriba se localiza el conjunto habitacional, al cual se accede por sendas calles laterales que rodean la colina y, más recientemente, también por lo que fue el camino de la vía, vieja línea ferroviaria convertida en circuito vial. De cada una de esas rutas parten las callejuelas que forman el entramado de la colonia, conformada por casitas coloridas y no tan espaciosas, si bien con el tiempo algunas han podido ser modificadas para ampliar la superficie habitable.

El fraccionamiento posee sus propios callejones y múltiples escaleras.

Como no podía ser menos en Guanajuato, el vecindario posee sus propios callejones, si bien estos son rectilíneos, con largas escaleras, aunque es verdad que muchos de ellos lucen hermosas jardineras a las que adornan plantas amorosamente cuidadas. Aquí y allá, se alzan altos eucaliptos o algún frondoso pirul. Con el paso de los años, muchos de los primeros vecinos han dejado el asentamiento, debido a causas naturales o a cambios de residencia, de modo que un gran número viviendas se rentan, sobre todo a estudiantes y burócratas foráneos.

Son comunes las jardineras bien cuidadas.

El transporte público ha sido siempre problemático: la estrechez de las calles hace imposible el paso de autobuses de tamaño normal; además, en un inicio, la mayoría de los habitantes de la

zona poseían automóvil propio, pero en estos disímbolos tiempos el servicio se otorga mediante vehículos tipo van o sprinter, generalmente saturados de viajeros, apretados unos contra otros en pocos asientos a lo largo de un estrechísimo pasillo.

Vista hacia la zona de Los Picachos.

De cualquier modo, la colonia conserva cierta distinción. Calles y callejones lucen limpios. Los inmuebles tienen detalles de buen gusto y la percepción de seguridad es mejor que en otros lugares, pese a estar rodeada de barrios cuya fama no es precisamente tranquilizadora. En contraparte, carece del encanto de sitios más tradicionales: el adobe aquí es inexistente y no hay ninguna leyenda representativa. Carece de edificios llamativos o centros de espectáculos, aunque bien puede presumir espectaculares vistas, como la del arco de piedra situado cañada abajo o el panorama hacia el centro de la ciudad y los lejanos Picachos.

Entre los matorrales, asoma el arco de un antiguo acueducto.

La colonia parece vivir a un ritmo aparte, más sosegado y alejado del intenso flujo turístico del núcleo urbano, como una isla desde la que se puede observar, sin involucrarse, el frenético ir y venir citadino, los eternos debates políticos a que son tan afectos los guanajuatenses o el escándalo característico de otros vecindarios. Mas no hay que confiarse: también es algo laberíntico y puede uno desorientarse fácilmente, aunque un paseo por la zona es disfrutable para cualquier espíritu curioso.

Noria Alta, pues, como si fuera una fortaleza encaramada en un monte, rodeada de tribus hostiles, a horcajadas sobre su simbólica torre de piedra, permite a sus habitantes jornadas de calma ausentes en los alrededores y en otros rumbos de la ciudad, donde el tráfico, el ruido y la prisa impiden a los atareados transeúntes disfrutar del merecido solaz a que deberíamos tener derecho todos los seres humanos.

Las viviendas se adaptaron a la empinada ladera.