MATILDE MONTOYA: PASIÓN POR LA MEDICINA Y LOS DERECHOS DE LAS MUJERES

La “impúdica que quería ver hombres desnudos”

Contra viento y marea, hubo una mujer que venció los atavismos de su tiempo. Logró ser reconocida como médica y se convirtió en baluarte en la lucha por los derechos de las mujeres. Enfrentó las posturas misóginas de su tiempo y fue calificada como “una mujer impúdica que quería ver hombres desnudos”.

Matilde Petra Montoya Lafragua nació en la ciudad de México el 14 de marzo de 1857. Fue la segunda hija del matrimonio entre el militar José María Montoya y Soledad Lafragua. A la muerte de su hermana, la educación se centró exclusivamente en ella, y a los cuatro años ya sabía leer y escribir.

A los 12 años terminó su formación escolar básica y trató de presentar el examen como profesora de enseñanza elemental, pero lo negaron por su poca edad. Entonces decidió estudiar para partera en la Escuela Nacional de Medicina, pero dejó sus estudios al morir su padre y la familia quedara en situación económica difícil.

Matilde Montoya, pionera de la medicina ejercida por mujeres. (Fototeca de la UNAM)

A los 14 años presentó en Cuernavaca su examen para partera y se desempeñó como tal en esa entidad hasta mayo de 1872, cuando regresó a la ciudad de México para concluir formalmente sus estudios en la Escuela de Parteras y Obstetras, dependiente de la Casa de Maternidad, en 1873. 

En 1875 se fue a radicar a Puebla. Ahí, además de partera, trabajó como auxiliar de cirugía para los doctores Luis Muñoz y Manuel Soriano. Con ellos amplió sus conocimientos en anatomía humana general, pues en la Escuela de Obstetricia se limitaban a conocer al aparato reproductor femenino. En su tiempo libre tomaba clases particulares de Física, Química, Zoología y Botánica, para así poder acreditar sus estudios de bachillerato.

Ser médica, su gran anhelo

Varios médicos la acusaron de masona y protestante, por lo que Matilde se fue a Veracruz, donde decidió estudiar medicina, carrera vetada para las mujeres. Regresó a Puebla en 1880 y se inscribió en la Escuela de Medicina y Farmacia.

Los sectores más conservadores de la sociedad médica empezaron a atacarla. Los periódicos dieron espacio a sus posturas: “mujer impúdica y peligrosa pretende convertirse en médica”. 

Matilde Montoya tenía 24 años cuando optó por regresar a la ciudad de México en 1882, en donde solicitó su inscripción en la Escuela Nacional de Medicina. Fue aceptada por el entonces director, el Dr. Francisco Ortega. 

En la capital fue diferente: las revistas femeninas y un gran sector de la prensa la elogiaban; sin embargo, seguía la resistencia en sectores de la sociedad médica. La postura era similar a la poblana: “debía ser perversa la mujer que quiere estudiar Medicina, para ver cadáveres de hombres desnudos”. 

Durante sus estudios, un grupo de docentes y alumnos opositores solicitaron una revisión de su expediente. Argumentaban que algunas materias de bachillerato habían sido cursadas en escuelas particulares; por lo cual se le comunicó la baja de la Escuela de Medicina. Solicitó cursar las materias no revalidadas en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso por las tardes, mientras estudiaba Medicina en las mañanas. 

La solicitud fue rechazada, ya que en el reglamento interno de la preparatoria señalaba “alumnos”, no “alumnas”. 

Interviene don Porfirio

Por esta situación, Matilde escribió una carta al Presidente de la República, el general Porfirio Díaz, quien dio instrucciones para que se “sugiriera” al director de la Preparatoria de San Ildefonso “dar facilidades para que la Srta. Montoya cursara las materias en conflicto”. Una “sugerencia” de don Porfirio era una orden. No les quedó más remedio que aceptar a la aspirante. 

Admirado por el espíritu de lucha de Matilde, el presidente le otorgó una beca de 40 pesos mensuales. Los gobernadores de Morelos, Hidalgo y Puebla le asignaron pequeñas becas. En diversas ocasiones, Porfirio Díaz le proporcionó los medios para adquirir libros de texto o un estuche de cirugía. 

En la Escuela Nacional de Medicina había alumnos que no querían que Matilde entrara a clases, “particularmente en las disecciones”. La acusaban de carecer de pudor: “¿cómo iba a hacer disecciones en un cadáver desnudo, junto a profesores y compañeros?”. 

Matilde Montoya: de partera a médica. (Fototeca de la UNAM)

Ante esos señalamientos estuvo sujeta a disposiciones para proteger su “pudor” y evitar la “promiscuidad”, como cubrir los cadáveres desnudos cuando fuera posible o practicar a solas. 

Al terminar sus estudios y preparar su tesis, Matilde tramitó la solicitud correspondiente para presentar el examen profesional, pero los estatutos de la Escuela Nacional de Medicina especificaban “alumnos” y no “alumnas”, lo que fue tomado otra vez,como pretexto por las autoridades académicas para negarle el examen.

De nueva cuenta Matilde dirigió una carta a Díaz, quien decidió enviar una solicitud a la Cámara de Diputados para que actualizaran los estatutos de la Escuela Nacional de Medicina y pudieran graduarse mujeres médicas. 

El examen profesional fue el 24 de agosto de 1887. En vez del Salón Solemne de Exámenes Profesionales que se asignaba a los varones —con finos sillones de madera, colocados en forma de herradura sobre una tarima, para el jurado y las autoridades académicas, así como fina sillería para el público asistente—, la mandaron a un aula común.

Faltaban unos minutos para la hora del examen, cuando les avisaron que el presidente Porfirio Díaz salía a pie de Palacio Nacional, acompañado de su esposa Carmelita y de algunas amistades, para estar presente en el examen profesional de Matilde Montoya. Las autoridades universitarias mandaron arreglar a contracorriente el Salón Solemne. El examen teórico duró dos horas. Matilde Montoya contestó correctamente a todas las preguntas y fue aprobada por unanimidad. Al día siguiente, Matilde realizó su examen práctico en el Hospital de San Andrés, y en representación del presidente, asistieron su secretario particular y el Ministro de Gobernación. Después de recorrer las salas de pacientes, contestó preguntas relacionadas con casos diversos y pasó al anfiteatro, donde realizó, en un cadáver, las disecciones que le pidieron, por lo que fue aprobada nuevamente por unanimidad. El Ministro de Gobernación leyó un discurso elogiándola. Fue tanta la emoción que ella se desmayó.

En la ceremonia de graduación, el presidente le entregó personalmente el título de Médico Cirujano Partero y luego Díaz y su esposa le obsequiaron una carretela con sus dos caballos.  

Semanas más tarde ya estaba disponible el título profesional en la Escuela de Medicina, pero Matilde mandó a una amiga a que lo recogiera, ya que ella no quería volver a pisar aquel lugar.

Atacada por los hombres, alabada por la prensa femenina. (Hemeroteca Nacional de la UNAM)

Siguió la contracorriente

Matilde Montoya trabajó en consultorios privados: uno en Mixcoac, donde vivía, y otro en Santa María la Ribera. Atendía a todo tipo de pacientes y les cobraba según su condición económica. Participó en asociaciones femeninas, pero no fue invitada a ninguna asociación o academia médica, aún exclusivas de los hombres. 

Con una frágil salud, a los 73 años se retiró del ejercicio de la medicina. En agosto de 1937, a los 50 años de haberse graduado, la Asociación de Médicas Mexicanas, la Asociación de Universitarias Mexicanas y el Ateneo de Mujeres le ofrecieron un homenaje en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. La Dra. Matilde Montoya murió cinco meses después, el 26 de enero de 1938, a los 79 años. 

Nunca se casó, adoptó cuatro hijos, de los cuales le sobrevivieron un hijo en Puebla y una hija en Alemania, Esperanza, a quien envió a ese país para que se preparara como concertista, pero durante la II Guerra Mundial murió en un campo de concentración. 

Matilde Petra Montoya Lafragua (1859-1938) fue la primera médica mexicana, una figura histórica que desafió las normas sociales, de género y académicas del siglo XIX para ejercer la medicina en México. 

Información: Comisión Nacional de los Derechos Humanos y Gaceta de la UNAM.

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