DICEN QUE LOS ESCUCHAMOS CUANDO YA ESTÁ TODO DICHO

Dicen que en León, Guanajuato, ese lugar que una no termina de dejar del todo, hubo escuelas donde la letra tenía que salir bonita, la ortografía sin errores y las tablas bien aprendidas, a fuerza de repetirlas una y otra vez. Dicen que ahí se aprendía a sentarse derecho, a no interrumpir, a no adelantarse y a no equivocarse si se podía evitar.

Las señoritas Camarena enseñaban así y no eran las únicas. También estaba el famoso Padre Lira, donde la disciplina no se negociaba y el carácter se iba haciendo en lo cotidiano.

No hacía falta que nadie dijera “la letra con sangre entra”. Se entendía.

Quien lo hacía bien avanzaba sin problema; quien no, aprendía pronto dónde estaba el límite. No siempre se explicaba, pero ahí estaba, firme, marcando el paso. También se contaban otras cosas: reglazos en las manos, rodillas sobre ladrillos y el sol cayendo encima. Dicen que no solo pasaba ahí, que en muchos lugares se escuchan historias parecidas, hoy contadas entre risas, con pausas, a veces bajando un poco la voz.

Eduación de otro tiempo (imagen tomada de internet) y Artículo 4o Constitucional (imagen Google IA).

Dicen también que de esas aulas se salía distinto, con la mano firme, la letra derecha, con la cabeza en su sitio.

Y algo de eso se nos quedó, no tanto en lo que recordamos sino en la manera en que seguimos estando, en ese impulso de no movernos demasiado, o de no adelantarnos, o de entender el momento antes de decir o hacer algo.

Pero también dicen que hay lugares donde eso no funciona igual.

En Summerhill School, una escuela fundada hace más de cien años por A. S. Neill en Inglaterra, dicen que un niño puede decidir no entrar a clase y la mañana sigue sin que nadie salga a buscarlo, sin que haya prisa por regresarlo. Dicen que puede quedarse afuera, mirando un hormiguero durante largos minutos, siguiendo el sonido de los grillos entre el pasto o trepándose a un árbol hasta que se cansa y baja, entrar más tarde, sentarse un rato y volver a salir.

Dicen que con el tiempo ese mismo niño se sienta junto a los adultos en una asamblea donde se hablan las reglas de la escuela, que se sientan en círculo, que hablan de lo que viven, de lo que funciona y de lo que no.

Dicen que no todos hablan claro, que algunos se enredan, que otros dicen poco, pero aun así se les escucha, que después se vota. Lo que se dijo no se queda ahí, dando vueltas en la conversación, porque entra en lo que se decide. A veces con más fuerza, a veces apenas rozando, pero entra. Por eso lo que se dice ahí no es solo para estar, ni para participar un momento; alcanza a moverse un poco más allá, a tocar lo que sigue, a quedarse en las reglas que luego todos van a tener que mantener.

Y entonces es imposible no comparar, no tanto con lo que dicen en Summerhill School, sino con la forma en la que aquí decimos que los escuchamos.

Porque también se dice eso, que ahora sí se les toma en cuenta, que se les pregunta, que hay espacios para que hablen, que su voz importa, y es cierto que algo ha cambiado, que ya no es lo mismo que antes, que hay más preguntas, más intención, más cuidado, inclusive.

Se dice también que ahora les llamamos infancias, en plural, para no reducir, para no dejar fuera, para nombrar mejor, pero algo hay en ese cambio, porque nombrar no alcanza si lo demás no se mueve.

Es que eso que ahora decimos que hacemos, escuchar, no es solo una idea que suena bien, dicen que está escrito y que tiene número y todo: el artículo 4º constitucional. Que lo que decidan los adultos tiene que pensar primero en ellos, que eso tendría que significar algo muy concreto, que lo que dicen entre en la decisión y no se debe quedar afuera.

También está en la Convención sobre los Derechos del Niño, y dicen que ahí se insiste en que no basta con que alguien más hable por ellos, que tienen que poder hacerlo directamente, frente a quien decide, en un lenguaje que puedan entender, en un espacio donde no se sientan fuera de lugar.

Se dice todo eso y algo de eso sí ocurre.

Se dice que ahora las audiencias son distintas, que hay juguetes sobre la mesa, que alguien ha llevado un perrito para que el espacio no pese tanto, que están los psicólogos, los defensores, el juez, todos alrededor de ese momento en el que una niña o un niño habla.

Convención sobre los derechos del niño (creada con Google IA) e imagen propia de UNICEF.

Se dice que ahora sí se les escucha; pero basta recordar historias que se volvieron públicas, que todos vimos pasar, como la de Arturo Montiel, ex gobernador del Estado de México, con años de disputa, versiones enfrentadas, decisiones tomadas en distintos espacios mientras tres niños quedaban en medio de todo eso, atravesando el conflicto durante años sin ver a su madre. Y no es la única, ni la última, basta mirar los casos que siguen apareciendo, peleas recientes donde otra vez los adultos deciden, litigan, argumentan lo que es mejor, mientras las niñas y los niños quedan atrapados en ese mismo movimiento.

Y entonces lo que dijeron sigue siendo importante pero de otra forma, porque muchas veces ese momento de escuchar llega cuando el expediente ya está integrado, cuando los hechos ya fueron narrados por los adultos, cuando la decisión ya empezó a tomar forma antes de que ese niño o esa niña dijera algo.

Sí, lo que se dice sí se escucha, se escribe, pero no siempre alcanza para cambiar lo que ya venía encaminado, no siempre tiene el peso suficiente para mover una decisión que ya se fue construyendo antes.

Porque en Summerhill School, dicen, lo que se dice entra en la regla; y aquí, muchas veces, lo que se dice llega cuando la regla ya está casi hecha.

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