“LOS COMBATES DE CELAYA”, UN CORRIDO QUE CONSTRUYÓ UNA VERSIÓN SESGADA DE LA HISTORIA
Formalmente, el corrido “Los combates de Celaya” se atribuye a Samuel Margarito Lozano Blancas, quien es llamado “El padre del corrido mexicano” y el “Juglar de Villa”. Este autor retomaba piezas del dominio público y las arreglaba para su grabación. La primera de la que se tiene conocimiento es “Carmen Carmela”, compuesta en 1905. Fue soldado villista y al terminar la revolución su trova llegó a los acetatos e inmortalizó temas y canciones, entre ellas la referente a los combates entre fuerzas de Venustiano Carranza —dirigidas por Álvaro Obregón— y Francisco Villa, quien tuvo en Felipe Ángeles su principal baluarte bélico.
Las llamadas “batallas de Celaya” en realidad ocurrieron a lo largo de lo que hoy conocemos como “corredor industrial” del estado de Guanajuato. Por eso la historiografía moderna les llama “las batallas del Bajío”. Sin embargo, la versión popular ha mantenido la creencia generalizada de que el enfrentamiento bélico se centró en la ciudad cajetera.

Resumen histórico
Francisco Villa, Emiliano Zapata, Álvaro Obregón y Venustiano Carranza derrotaron al usurpador Victoriano Huerta, quien se había apoderado de la presidencia de la república tras asesinar a Francisco I. Madero, quien a su vez había logrado echar del poder al dictador Porfirio Díaz.
Los revolucionarios tuvieron como propósito impulsar una nueva Constitución, pero no coincidieron por confrontarse entre sí: Obregón y Carranza contra Villa y Emiliano Zapata. Dos proyectos diferentes del país: los primeros le apostaban a la modernidad industrial, los segundos sustentaban banderas agrarias y de mayor igualdad social.
En ese contexto llegó el enfrentamiento: Villa y Obregón chocaron en Celaya del 6 al 15 de abril de 1915, pero los combates se extendieron por el resto del Bajío: siguieron por Salamanca, Irapuato y Silao y concluyeron en las cercanías de León, donde ambas fuerzas se enfrentaron del 29 de mayo al 5 de junio.
Villa tenía más hombres que Obregón, pero mantenía esquemas militares tradicionales, basadas en cargas de caballería. Obregón le apostó a estrategias modernas que se estaban utilizando en la Primera Guerra Mundial. Hizo de nidos de ametralladoras apostados en trincheras su principal base de estrategia. Villa mantenía el de bombardear con cañonazos para ablandar tropas y luego saltarlas con caballería, sistema que funcionaba si el enemigo estaba en la superficie. En esos casos solían usar barricadas o esconderse en construcciones y la manera de debilitarlos era con disparos de cañón. No le funcionó con las trincheras.
Ante la pérdida de soldados, el general Felipe Ángeles sugirió a Villa retirarse al norte, pero el Centauro insistió en resistir en el Bajío, confiado en tener unos 32 mil hombres y esperaba recibir otros cinco o seis mil más.
El jefe de la División del Norte tenía una línea de combate desde San Juan de los Lagos, con el general Rodolfo Fierro, hasta San Miguel de Allende, con las fuerzas del general Tomás Urbina, apoyadas por el general Pánfilo Natera. León, que había sido declarada capital del estado por los villistas, era un gran almacén de recursos militares, especialmente recibidos desde el Paso, Texas. Villa utilizó dos aeroplanos para explorar la región y apostaba a su caballería para aplastar a Obregón, quien contaba con las divisiones de los generales Benjamín G. Hill, Manuel M. Diéguez, Cesáreo Castro y Francisco Murguía. Tenía en Silao unos 25 mil hombres.
El 7 de mayo de 1915, los obregonistas establecieron su centro de operaciones en la estación de La Trinidad, ubicada entre Silao y León. Obregón formó con su infantería una línea desde Santa Ana del Conde hasta Otates, y el 8 de mayo ordenó que la caballería atacara los cerros de la Capilla y de la Cruz, con lo que dominó una extensa área que llegaba hasta las entradas de la ciudad de León.
Los villistas cañonearon posiciones obregonistas durante 4 días y tomaron la Capilla y de la Cruz. El 12 de mayo, con 8 mil jinetes de Villa atacaron hacia el centro de la defensa obregonista, que soportó los embates. Tras los cercados y en las loberas.
El 21 de mayo, Villa recibió 8 mil hombres de refuerzo, con los cuales emprendió una violenta ofensiva al amanecer el día 22. El general Ángeles continuaba el ataque, simultáneamente, en las haciendas de Otates y de Santa Ana del Conde.
Obregón perdió posiciones y le faltaban agua, alimentos para los caballos y municiones, por lo que el 2 de junio se refugió en Santa Ana del Conde. El general villista Felipe Ángeles enfiló hacia ese lugar su artillería.
Al ver que el ataque se iba a dirigir al casco de la hacienda, Obregón se fue hacia las trincheras y en ese trayecto estalló una granada que le voló el brazo derecho. El sonorense quiso suicidarse, pero fue impedido por su gente. Lo llevaron a la Estación Trinidad.
Quizá creyendo que había dado muerte a Obregón, Villa ordenó el alto al cañoneo e hizo retroceder a sus tropas, sin saber que casi había derrotado al enemigo.
Obregón designó al general Benjamín Hill jefe de Ejército de las Operaciones, mientras era trasladado en una camilla al Cuartel General. La herida era grave. Aunque no afectó órganos vitales; de no haber sido por la pronta atención médica, pudo haber muerto por la hemorragia.
El general Benjamín Hill asumió el mando obregonista y contra atacó y derrotó a los villistas al acorralarlos hasta la ciudad de León. El 5 de junio, las tropas constitucionalistas lanzaron una última ofensiva contra las tropas villistas, que terminaron por desalojar la ciudad zapatera.
Villa huyó a Aguascalientes y abandonó gran cantidad de armas y municiones en León. Estas batallas, conocidas como “de La Trinidad”, configuraron el triunfo del constitucionalismo carrancista y la derrota del villismo.
Además del uso de trincheras con ametralladoras, Obregón tenía soldados más profesionales, en tanto que Villa concentraba una tropa más numerosa, pero no entrenada, sacada de la leva en gran porcentaje. Los villistas fueron cazados como en tiro al blanco. Villa atribuyó la derrota al haber recibido parque defectuoso que le vendieron en Estados Unidos. Fue uno de los motivos para el futuro ataque a Columbus.

La versión popular
La hazaña obregonista llegó al canto popular. “Los Combates de Celaya” narraron las batallas de 1915 registradas en el Bajío, pero centradas en la primera parte de la confrontación, ocurridas en a mediados de abril.
Las diferentes versiones populares narran la llegada de Villa desde Chihuahua y la estrategia de Obregón en Celaya, destacando el combate de “jueves santo”.
Versiones populares
Dueto Los Conejos
En mil novecientos quince,
Jueves Santo en la mañana,
salió Villa del parral
a combatir en Celaya
Corre, corre maquinita,
no me dejes ni un vagón:
vámonos para Celaya
a combatir a Obregón
Con el número de gente
que tenía Álvaro Obregón
luego los que le escoltaban
por el lado de la estación
Ay, decía Álvaro Obregón:
ahora nos vamos a ver,
hoy me matan o los mato
o los bajo del poder
Los carrancistas por dentro
y los villistas por fuera
a eso de la media noche
los traían a la carrera
Con las lomas y las sierras
se divisan las banderas
también las caballerías
de la gente de Contreras.
En un lado de Santa Ana
se le concentraban trenes,
donde llegaban villistas
todos haciendo cuarteles.
Ay, decía Álvaro Obregón;
Ay, decía Francisco Villa:
no sé lo que me pasó,
la estación ya la perdí.
De Salamanca a Irapuato
que llegó Isaías Taleón,
fue donde perdió su brazo
el general Obregón
Ay, decía Francisco Villa:
madre mía de Guadalupe,
¿qué haremos con tanto muerto
ya la tierra los escupe.
¡Que viva Manuel Lizondo,
también su estado mayor;
que viva Juaquin Amaro,
segundo gobernador!
Ya con esta me despido,
A’í será cuando me vaya:
aquí se acaban cantando
los combates de Celaya.
Otra versión popular
En mil novecientos quince,
Jueves Santo en la mañana,
salió Villa de Torreón
a combatir a Celaya.
Corre, corre, maquinista,
no me dejes ni un vagón;
nos vamos para Celaya
a combatir a Obregón.
De Salamanca a Irapuato
se concentraron los trenes
y allí llegaron villistas,
todos haciendo cuarteles.
Tenían ellos guarniciones
de los más valientes hombres,
subieron al Cerro Gordo
toda la Brigada Robles.
Ahí vienen los carrancistas
llenos de mucho coraje,
porque les habían quitado
ese cerrito de El guaje.
Querían quitarles los trenes
que iban encarrerados,
y Villa los recibió
con su escolta de dorados.
Porque eran hombres valientes
todos los que iban con él,
unos tirando balazos
y otros levantando el riel.
Ángeles, el general,
no le temía a la metralla,
le pidió permiso a Villa
para bombardear Celaya.
Por la derecha e izquierda
rompen las caballerías,
por el centro de las líneas
marcha las infanterías.
¡Qué combate tan reñido,
que a todos causó temor!,
pero más fuerte se oía
el sonido de un tambor.
Ese tambor que se oía
era de los carrancistas,
cuando batían con denuedo
a los soldados villistas.
Villa tenía mucha gente
regada por dondequiera,
pues en San Luis Potosí
dejo a la brigada Natera.
¡Vuela, vuela, palomita;
vuela con la mariposa!,
la primera contraseña
era un trapo color rosa.
No le temo a la metralla,
ni al cañón que poco avanza,
otros gritaban sus vivas
a Venustiano Carranza.
Estaban los carrancistas
fortinados en magueyes,
y combatió muy formal
toda la Brigada Reyes.
Dios le ayudó mucho a Villa
y le puso en su memoria
que pusiera diez mil hombres
en el molino “Victoria”.
En el molino “Victoria”
anteojo estaba echando
y por doquier se veían
los carrancistas vagando.
Sale don Francisco Villa
con sus trenes de Insurgentes,
para concentrar sus tropas
en la ciudad de Aguascalientes.
Dice don Francisco Villa:
—De nuevo voy a atacar,
me han matado mucha gente,
su sangre voy a vengar.
¡Qué combate tan reñido!,
les digo yo a mis amigos,
comienzan a salir trenes,
salen todos los heridos.
¡Vuela, vuela, palomita,
anda a ver lo que ha pasado!
La segunda contraseña
era un trapo colorado.
Dice don Francisco Villa:
—Está muy mal a la cosa,
están cayendo soldados
del Batallón Zaragoza.
Era la ciudad de Celaya
eran terribles las horas.
¡Cómo cayeron villistas
por las ametralladoras!
De Salamanca a Irapuato
hay quince leguas a León,
fue donde perdió su brazo
el general Obregón.
En la estación de Irapuato
cantaban los horizontes:
hoy combatió muy formal
la brigada Bracamontes.
Decía don Francisco Villa:
—No sé que me está pasando,
estoy perdiendo la acción
por los que se están volteando.
Decía don Francisco Villa:
—amigos, yo ya perdí,
dentro de muy poco tiempo
nos veremos por aquí.
Decía don Francisco Villa:
—adiós, adiós, mexicanos,
ya me voy para Columbus
a ver a los americanos.
Ya no le temo al cañón,
ni tampoco a la metralla,
aquí da fin el corrido
del combate de Celaya.
Destaca la versión en la que Francisco Villa dice a soldados yaquis:
“No tengan miedo que mueran,
muchachos les aconsejo,
revivirán en su tierra”.
Y le responden:
“No es cierto, mi general:
le escribí a un hermano muerto,
no me ha vuelto a contestar”.
La versión de Samuel M. Lozano
Varios de los cantares anónimos revolucionarios fueron tomados por un hombre que desde 1905 se movía en la farándula mexicana: Samuel M. Lozano. Hizo y registró su propia versión de corridos populares, entre ellos “Los combates de Celaya”.
El corrido ha sido interpretado y grabado por diversos artistas, como Los Halcones de Salitrillo o Dueto Los Conejos, aunque la versión más exitosa fue la de los hermanos Záizar, de 1978.
Samuel Margarito Lozano Blancas nació en Cuernavaca, Morelos, el 10 de junio de 1881, aunque existe duda respecto al año. Creció en la época de tiendas de raya, obrajes y haciendas. A principios del siglo XX comenzó a componer sus primeras piezas y al iniciar la revolución emigró al estado de Puebla, en donde rodeado de federales, villistas, carrancistas y zapatistas se ganó la vida vendiendo dulces y muéganos poblanos, al mismo tiempo que practicaba su verdadera vocación: pregonar populares corridos, coplas, romances, versos y cuartetas.
Poco tiempo después, el también llamado “Padre del corrido mexicano”, comenzó a vender sus letras, plasmadas en papel colorido, en las que criticaba a Porfirio Díaz y su gobierno. Estos mensajes fueron ampliamente difundidos, sobre todo en plazas y mercados, lo que le costó algunas detenciones.
Su crítica a los abusos porfiristas le llevó a unirse a la División del Norte y se convirtió en el “Juglar de Villa”, a quien componía y cantaba corridos. Cuenta la tradición popular que el Centauro del Norte le regaló algunos pesos de oro y con ellos Samuel compró su primera guitarra fina: una Valenciana.

A Samuel Lozano se le veía con un morral lleno de partituras y su guitarra colgada al hombro, como recordando el 30-30, listo para la batalla con coplas y romances en lugar de cartuchos.
Al concluir la revolución siguió con su vida de trovador. Recorrió plazas y pueblos y cantó en ciudades. Tuvo la oportunidad de grabar sus obras: canciones como “La vida infausta”, “Mi bello Tampico” (que se conoce como “Tampico hermoso”), “Los combates de Celaya”, “El cuartelazo felicista”, “La punitiva”, “Mi gusto es”, “La muerte del general Francisco Villa” y “Alta y delgadita”, entre muchas otras. También realizó el arreglo musical de temas de dominio público. El más destacado es el de “La rielera”.
Después de años de caminar, siempre cantando, Samuel Lozano murió el 21 de mayo de 1977. Sus restos descansan en el Panteón Municipal de Puebla.
La versión de Samuel M. Lozano, cantada por los hermanos Záizar, con el fondo de imágenes de las batallas.

