LECUMBERRI: ENTRE DOCUMENTOS HISTÓRICOS Y LOS ECOS DE UN PASADO NEGRO
En términos técnicos, no es el mejor espacio para resguardo y consulta de documentos históricos, pero hay algo que envuelve cuando se camina por esos espacios que fueran pabellones donde los reos mostraban dolores y resentimientos.
Antigua cárcel y ahora sede del Archivo General de la Nación, el llamado “Palacio Negro” de Lecumberri es un vestigio y documento por sí mismo.
El arribo
Lecumberri se encuentra en la alcaldía Venustiano Carranza. Está frente al Parque Aguascalientes, a dos kilómetros al oriente —en línea recta— del Zócalo de la ciudad de México y a casi 700 metros de la terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente (TAPO), que tiene enfrente al Palacio Legislativo de San Lázaro.
Llegar a ella cruzando la colonia Morelos, de las bravas de la ciudad, implica hacer un recorrido por la historia chilanga, con sus recuerdos de combates de la era revolucionaria, personajes convertidos en mito en la época de oro del cine nacional y tranvías suplidos ahora por metrobuses.

Esa mañana estuvo ahí, a contraluz del sol que bañaba el trajín urbano: una construcción inserta en la modernidad urbana construido con un estilo arquitectónico ecléctico, característico de finales del siglo XIX, que combina elementos afrancesados con un diseño carcelario panóptico y detalles de fortificación, representados en los torreones que rematan sus esquinas.
En el lugar ya hay personas en espera de ser atendidas para recorrer la antigua cárcel convertida en mito gracias al cine y a la nota roja.
El acceso es para consulta de periódicos del siglo XX, ver qué se publicó sobre la matanza del 2 de enero de 1946, en León; el asesinato del profesor Jesús López López, su esposa, la criada y el chofer, a manos del hijo adoptivo de la familia, ocurrido en Moroleón en 1952; y lo que difundieron los grandes diarios sobre uno de los casos más emblemáticos de la historia de la violencia en Guanajuato y México: Las Poquianchis.
El acceso, con las medidas de seguridad de rigor para evitar la sustracción de documentos, hasta llegar a una rotonda o cuerpo central poligonal, contenida en una cúpula de tridilosa, que en su momento estuvo destinada al cuerpo de vigilancia de penitenciaría.
Al girar la mirada están sus galerías de forma estrellada que convergen en el espacio central, en el cual se erigía una torre de 35 metros de altura, destinada para la vigilancia de todo el penal.
Las antiguas crujías —donde recluían a los presos— están ocupadas ahora por oficinas, bodegas y zonas de resguardo de documentos.

En ese edificio están el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, documentos firmados por Hernán Cortés (siglo XVI), el Códice del Marquesado del Valle (siglo XVI), el Códice Techialoyan de Cuajimalpa (siglo XVII), un ejemplar de la Constitución de Cádiz (1812), Los Sentimientos de la Nación, de José María Morelos y Pavón (1813), la Constitución de Apatzingán (1814), la Constitución de 1824, la constitución centralista de 1836, la Constitución de 1857, la Constitución de 1917, la correspondencia entre Emiliano Zapata y Francisco Villa, los archivos presidenciales (desde Francisco I. Madero hasta Enrique Peña Nieto), documentos diversos de importancia histórica para el país, así como microfilms, transcripciones y videos de todos los archivos originales.
Se pueden consultar una colección de mapas y dos colecciones cartográficas, documentación administrativa correspondiente a la época colonial, entre muchos otros, contenidos en más de 740 fondos, secciones y series, entre los que destacan el Códice Techialoyan de Cuajimalpa y los Códices del Marquesado del Valle de Oaxaca, conservados allí, han sido nombrados Memoria del Mundo por la Organización de las Nacionales Unidas para la Educación y la Ciencia (UNESCO).
El destino era la Biblioteca Hemeroteca Ignacio Cubas, que custodia acervo de libros, revistas y periódicos. No se podía desaprovechar la oportunidad de asomarse a sus corredores laterales y ver en la soledad de los espacios los referentes de transitar de vigilantes que controlaban todo tránsito de reos para evitar fugas. Terminada la consulta, un breve paseo llevó a la historia.
El penal
La construcción del Palacio de Lecumberri inició el 9 de mayo de 1885 y fue inaugurado el 29 de septiembre de 1900, durante el gobierno de Porfirio Díaz, y sirvió como penitenciaría desde ese año hasta 1976. Su construcción surgió como consecuencia de la Reforma al Código Penal de 1871, mismo al que se anexó un proyecto arquitectónico para la creación de una Penitenciaría acorde a los modelos modernos de su tiempo.
El proyecto fue elaborado por los ingenieros Antonio Torres Torija Torija, Antonio M. Anza y Miguel Quintana. Adoptaron el proyecto del arquitecto Lorenzo de la Hidalga en su Paralelo de las penitenciarías, donde comparaba diferentes tipos de panópticos, retomados de la idea original del filósofo inglés Jeremías Bentham.
El primer director fue el jurista Miguel Macedo. Los primeros presos en ser trasladados al penal fueron Rafael Buendía y Sánchez, Antonio Andino, Manuel Zúñiga, Pedro Sánchez y Cenobio Godoy. El 22 de febrero de 1913 fueron asesinados en las afueras de la penitenciaría el depuesto presidente Madero y su vicepresidente José María Pino Suárez.

Fue planeado para albergar una población de 800 varones, 180 mujeres y 400 menores de 18 años. Contaba con 804 celdas, talleres, enfermería, cocina y panadería. Tenía un área de Gobierno, sección de Servicio médico y Salas de Espera. Las crujías tenían celdas para un solo preso con cama y servicio de sanitario. En cada crujía existía una celda de castigo con puertas sólidas que tenían una mirilla. Se regía por un Consejo de Dirección que hacía las veces de jefe inmediato de todas las áreas. En 1908 se dio autorización para ampliar la construcción en donde originalmente tenía una capacidad para 996 internos y en 1971 tuvo una población aproximada de 3800 internos.
En el conocido también como “Palacio Negro”, estuvieron presos escritores como José Agustín, William Burroughs, Álvaro Mutis, Luis González de Alba y José Revueltas; personajes históricos como Félix Díaz o Ignacio de la Torre y Mier, yerno de Porfirio Díaz, protagonista del “baile de los 41” e involucrado en la muerte del presidente Francisco I. Madero; artistas como Alberto Aguilera —conocido como Juan Gabriel— y el pintor David Alfaro Siqueiros; políticos como Heberto Castillo, Eli de Gortari, Othón Salazar, Salvador Nava, Adolfo Gilly, Ángel Verdugo, Rafael Estrada Villa, Gilberto Rincón Gallardo y Gilberto Guevara Niebla; asesinos como Goyo Cárdenas (“El Estrangulador de Tacuba”), Francisco Guerrero “El Chalequero” —primer asesino serial de México—, Ramón Mercader (asesino de León Trotski), Higinio “El Pelón” Sobera, Guillermo Lepe (asesino de Agustín de Anda y padre de Ana Bertha Lepe), Rafael Pérez Hernández (involucrado en el caso conocido como El Castillo de la Pureza) y José Ortiz Muñoz, alias “El Sapo”, militar y asesino serial mexicano, responsable de dirigir la masacre de manifestantes el 2 de enero de 1946, en León. Tras estar varios años en Lecumberri, fue trasladado a las Islas Marías, donde fue asesinado en 1962.

Durante sus 76 años como prisión, hubo dos escapes: uno fue el de Alberto Sicilia Falcón, quien huyó a través de un túnel que cruzaba la avenida Héroe de Nacozari; el otro fue Dwight Worker, un narcotraficante estadounidense de cocaína, que se fugó el 17 de diciembre de 1975 disfrazado de mujer.
El Palacio Negro concluyó su vida como prisión el 27 de mayo de 1977 al ser clausurado por Sergio García Ramírez, para posteriormente convertirse en la sede del Archivo General de la Nación (AGN) en 1982.
Hoy confluyen en él visitantes curiosos y personas que hacen investigación histórica o periodística, que recorren esos espacios en donde entre los silencios de sus pasillos se escucha la voz del tuerto que grita “¡Pepe el Toro es inocente!”, mientras que Juan Gabriel e Ignacio de la Torre y Mier invitan a pasar a la crujía “J”, donde conviven con Luis González de Alba. Perdón, pero prefiero ir con José Revueltas a El apando, mientras que Siqueiros hace un apunte y Heberto Castillo anima con un “¡resistencia, compañero, resistencia!”.

