UN PALACIO PARA LOS ARZOBISPOS
El Templo Mayor fue la construcción más grande e importante de la Gran Tenochtitlan. En su parte sur se levantó una pirámide en honor de Tezcatlipoca, deidad del inframundo, cuyo nombre significa “Espejo humeante”. En 1521, con la caída de la capital del imperio mexica a manos españolas, la pirámide fue destruida hasta conservar solamente su base.
Posteriormente, la Iglesia adquirió los predios en los que se ubicaba este templo y pronto los destinó para levantar las casas arzobispales, que se conocerían a partir del siglo XVIII como Palacio del Arzobispado, que todavía se admira en la esquina que forman las calles Lic. Verdad y Moneda, frente a un costado del Palacio Nacional, en la Ciudad de México.
Durante el siglo XX, el inmueble recuperó su elevada condición histórica teniendo varios usos. Tras los sismos que sacudieron a la capital del país los días jueves 19 y viernes 20 de septiembre 1985, el edificio fue valorado y restaurado, descubriéndose en el subsuelo los yacimientos de la pirámide de Tezcatlipoca junto a otros hallazgos trascendentales.

Con esos descubrimientos en el subsuelo, surgió la necesidad de rescatar el inmueble. En 1994, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) abrió las puertas del edificio para convertirlo en lo que actualmente es el “Museo de Arte de la SHCP, Antiguo Palacio del Arzobispado”, sede de las colecciones de arte que la secretaría tiene bajo su custodia.
Sin embargo, la historia del Palacio del Arzobispado y del Museo de Arte de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público no es tan simple ni tan sencilla. La historia comienza en 1530, cuando fray Juan de Zumárraga compró dos casas hechas por los conquistadores Andrés Núñez y Martín López sobre las ruinas de la señalada pirámide de Tezcatlipoca.
De esa ofrenda para el “Señor del inframundo y protector de los guerreros” en la cultura mexica, nada más quedaba la base y sobre ella se estableció el Obispado de México, que fue el segundo en la Nueva España. El edificio se amplió con el paso de los años y luego tuvo diversas funciones, entre ellas y muy importante, fue flamante sede de la Diócesis.
Al igual que numerosas edificaciones, quedó sepultado bajo el lodo provocado por la terrible inundación de 1629. A lo largo de la Colonia, la modesta construcción original se fue transformando según los más diversos estilos de la arquitectura novohispana, hasta alcanzar, ya en el siglo XVIII sus dimensiones y majestuosidad de gran Palacio.
Para el siglo XIX el edificio, ya en ruinas, fue abandonado por el clero. Rescatado por el gobierno, se le asignó a la Contaduría Mayor de Hacienda. Tuvo diversos usos durante el siglo XX como imprenta gubernamental, fábrica de cigarros, oficinas de las secretarías de Guerra y Marina, y de Hacienda, y fue escuela primaria y jardín de niños, entre otros.

Desde 1994 alberga, clasifica, protege, custodia y exhibe dos de las colecciones de mayor importancia de la Ciudad de México, y tal vez del país, por la cantidad de piezas, de las más diversas técnicas, formatos y autores: Pago en Especie y Acervo Patrimonial. De la misma forma, tiene un museo de sitio y un mural que es una verdadera joya inadvertida.
Se trata del mural Canto a los héroes realizado por José Gordillo Camacho, un artista mexicano que desarrolló una amplia carrera como pintor, muralista, escultor y docente, miembro de la Escuela Mexicana de Pintura (EMP) y alumno de tres grandes maestros del muralismo local, David Alfaro Siqueiros, Gerardo Murillo (“Dr. Atl”) y Diego Rivera.
Con Diego Rivera colaboró en diversos proyectos, entre otros, en el mural subacuático El agua, el origen de la vida, en el Cárcamo de Dolores (llamado también “del Río Lerma”, en la II Sección del Bosque de Chapultepec) y en el mural El teatro en México en el Teatro Insurgentes localizado en la Colonia San José Insurgentes de la CDMX.
Con el paso del tiempo, Gordillo desarrolló su propio estilo y dejó un enorme legado cultural. Canto a los héroes (1952) es su primer mural individual (poliestireno sobre muro, en una superficie de 44 metros cuadrados) y se ubica en el cubo de la escalera del antiguo palacio, donde plasmó a personajes relevantes en la historia de nuestra nación.
En la sección central de esa obra, el autor presenta la imagen de un trabajador, rodeado de una serie de aparatos que simbolizan los recursos tecnológicos de la época empleados en la industria estadounidense, que sujeta en la mano derecha, con total actitud victoriosa, un manto con los colores de la bandera mexicana; eran años de los “braceros” mexicanos.

En la parte inferior aparecen hombres y mujeres que en su momento se destacaron en distintos periodos de la historia patria, como Cuauhtémoc, último gobernante mexica; Gaspar “El negro Yanga”, líder antiesclavista veracruzano; Sor Juana Inés de la Cruz, religiosa y escritora novohispana, y José Joaquín Fernández de Lizardi, escritor y poeta.
También están Miguel Hidalgo y Costilla, Vicente Guerrero, José María Morelos, Javier Mina y María Ignacia Rodríguez de Velasco de Osorio Barba y Bello Pereyra, conocida como “La Güera Rodríguez”, todos ellos precursores de la Independencia, así como dos de los grandes reformistas: El presidente Benito Juárez y el abogado Melchor Ocampo.
Figuran, así mismo, los revolucionarios Ricardo Flores Magón, Guadalupe Rodríguez, Felipe Ángeles, Emiliano Zapata, Francisco Villa y su esposa, Austreberta Rentería, y el general Lucio Blanco. El México posrevolucionario está marcado por Lázaro Cárdenas, presidente de México de 1934 a 1940, y estratega de la Expropiación Petrolera del país.

