LAS INFANCIAS INVISIBLES EN EL PAÍS DEL OLVIDO

Existen casas donde habitan niños que no hacen ruido; espacios en los que la infancia transcurre sin sobresaltos aparentes, sin preguntas que interrumpan la rutina y sin huellas que delaten su andar. Cada vez ocurre menos que, intentando explorar y explicarse el mundo, un frijol termine atorado en la nariz o que los muros blancos corran el riesgo de ser decorados con rayones y dibujos improvisados. Todo parece estar bajo control.

A simple vista, estos hogares son lugares en calma. No hay gritos, portazos ni discusiones que llenen la atmósfera. Pero es una calma engañosa. Los niños habitan un espacio sin nombre, suspendido en una especie de vacío donde los sueños dejan de pronunciarse porque nadie se detiene a escucharlos. Nadie pregunta demasiado, nadie presta atención. La quietud se interpreta erróneamente como madurez, cuando en realidad es abandono.

El tiempo, antes sagrado, en torno a la mesa compartiendo los alimentos también se ha extinguido. Hoy, cada integrante de la familia come por su parte. Los niños tienen a su alcance, si son afortunados, lo necesario para preparar algo en el microondas y comer solos mientras la madre sale del trabajo. Los porqués y las preguntas incómodas ya no suceden. Ahora parpadean junto al cursor en una pantalla encendida en un rincón al que los adultos rara vez se asoman. Cada vez son menos las historias interminables que ponían fin a las preocupaciones del día. Todo lo que se gesta ocurre en el interior de esa mente en desarrollo que hoy está poblada de todo, menos de juegos e invenciones. Para muchos, hablar ha dejado de tener sentido.

Cumplimos con el rito anual de la celebración para adormecer la culpa colectiva y convencernos de que todo está bien, de que lo que sucede pasa lejos de nosotros.

Cuando los hijos no habitan la casa, están en la escuela. Ahí también, aunque los discursos insistan en lo contrario, algo se ha desplazado. El aula, que debería ser refugio, se convierte en un lugar en el que la presencia es necesaria, pero no la voz. Los niños están ahí, sentados en el pupitre, pero algo en ellos ha desaparecido volviendo difusa su esencia… hasta que el silencio estalla sin remedio.

Entonces las noticias nos escupen una realidad distinta: adolescentes que ejecutan a sus maestros o niños atentando contra las vidas de otros niños. Y en ese afán de protección mal entendido, los condenamos a un peligro mayor, esas circunstancias los hacen ideales para los grupos delictivos y a los retos de las redes que los lleva a cometer actos sin sentido quedándose en un limbo donde no hay consecuencias, pero tampoco contención. Esa impunidad los vuelve la mano de obra ideal para los grupos delictivos que crean niños sicarios desechables para el sistema y para el crimen.

Lo más aterrador no es solo que ocurra, sino que hemos aprendido a mirarlo sin detenernos, ya nada nos conmueve. Deslizamos la pantalla, pasamos a la siguiente nota, y en ese gesto cotidiano el horror pierde peso y se convierte en un ruido de fondo que hace tiempo ha dejado de interpelarnos.

También está la otra cara, la de los adultos que no escuchan a los menores de edad, que no preguntan, que no toman en cuenta lo que quieren, lo que necesitan, lo que opinan. Nadie toma en cuenta sus voces, a veces ni siquiera reclaman sus cuerpos cuando aparecen sin vida, vienen al mundo sin ser registrados, como fantasmas con cuerpo pero sin historia que encuentran una salida en el suicidio, en medio de este silencio que ha dejado de ser un vacío para posicionarse como un lenguaje.

Por si fuera poco, a ese universo pertenecen también los otros invisibles, los que siempre han estado ahí habitando los sótanos desprotegidos ante la violencia y la pobreza. Caminan entre las sombras, por rutas que nadie desea ver y mucho menos reconocer. Son aquellos que viven en la prisión junto a sus madres (sumando más de 500 niños menores de 6 años creciendo en medio de la violencia y falta de regulación); aquellos que habitan casas hogar conformando solo un número, y a veces ni eso (más de 64,000); niños que van solos por la vida buscando a familiares desaparecidos en fosas clandestinas enfrentando traumas, violencia y deserción escolar; o que migran en soledad o acompañados con la esperanza de reunirse con quienes se han ido antes que ellos quedando en el limbo legal, o que simplemente abandonaron el hogar hartos de los golpes y las vejaciones y habitan ahora en las calles. Todos ellos están, pero no siempre cuentan. Existe un margen en el que la mirada pública apenas alcanza.

También están los niños que viven en la prisión junto a sus madres, los que habitan casas hogar conformando solo un número.

Estos niños crecen en un territorio incierto donde lo que ocurre rara vez se nombra. Algunos hace mucho que han dejado de esperar respuesta, otros cargan con una ausencia que no logran explicar, pero que los acompaña como una sombra persistente. El silencio, en ellos, es destino heredado que se reproduce y se instala para finalmente explotarnos a todos en la cara.

Como siempre, es mucho más sencillo para nosotros, como sociedad, etiquetar a estos menores como monstruos o delincuentes sin remedio alejados de nuestro entorno. Aun cuando ese consuelo sea tan frágil. Muchas veces el origen no está en los extremos, sino que en nuestro propio hogar se puede estar gestando el origen de la siguiente nota roja, justo ahí en esa escucha que no ocurrió, en la pregunta que no formulamos, en el tiempo que decidimos emplear en cosas “más urgentes”.

Cuando un niño empuña un arma o escribe una amenaza en el espejo de un baño en la escuela siguiendo un reto viral no está actuando en el vacío. Está buscando ser visto, está respondiendo en el único idioma que encontró disponible. Uno en donde el impacto sustituye a las palabras, donde el ruido reemplaza a la escucha. Nos escandaliza el estallido, pero nos resulta sumamente cómodo su silencio previo y la invisibilidad cotidiana. Preferimos ser testigos silentes antes que tomar acciones para detener esta indiferencia cruel que los está matando por dentro.

Cada 30 de abril festejamos en México el Día del Niño, las escuelas se llenarán de colores y música, los políticos regalarán playeras que lucirán en la foto oficial, y en las redes sociales los adultos inundarán sus perfiles con fotos de ellos cuando eran niños recordando con nostalgia sus propias infancias. Los discursos hablarán de esperanza.

Los porqués y las preguntas incómodas ahora parpadean junto al cursor en una pantalla encendida en un rincón al que los adultos rara vez se asoman.

Cumplimos con el rito anual de la celebración para adormecer la culpa colectiva y convencernos de que todo está bien, de que lo que sucede pasa lejos de nosotros. Como si bastara un día para compensar lo que no realizamos a lo largo de todo el año. Cuando la celebración termine volveremos a recluirlos en el sótano de nuestra atención y todo volverá al lugar que hasta ahora ha ocupado.

Los hijos de las presas regresarán a las celdas con sus madres, los expedientes empolvados de las casas hogar seguirán entre las telarañas y las fosas que resguardan restos de niños ultimados o de adultos buscados por menores, seguirán en el anonimato.

Cuando a los niños no se les permite existir a través de la voz, el afecto y la compañía, con límites y consecuencias sanas pero claras, tarde o temprano, ese menor que hoy calla sus emociones y dolores encontrará la manera de hacerse notar, aunque sea protagonizando de una tragedia.

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