LOS MUSEOS Y LA MEMORIA DE UNA CIUDAD 

Alguna vez propuse al grupo de niños al que daba clases que escribiéramos sobre los museos de Guanajuato. Me sorprendió descubrir que, sin importar la edad, el lugar donde vivían o el poder adquisitivo de sus familias, la respuesta fue casi siempre la misma: nunca hemos entrado.

Los museos han permanecido ahí, resistiendo los embates del tiempo, son libros infinitos de piedra que cuentan historias interminables, permanecen de pie como los árboles, dignos y sabios esperando a ser descubiertos. No siempre lo logran. 

Tenemos la idea errónea de que son espacios para el turismo o para determinado círculo de personas. Para todos, menos para nosotros, especialmente en el lugar que habitamos. 

¿Qué nos lleva a sentirnos así? Quizá la falta de pertenencia hacia los espacios que habitamos y la idea de vivir en una ciudad que está diseñada para ser transitada. Habitar también implica comprender, mirar con sentido crítico y construir vínculos con aquello que nos rodea. Significa permitir que el lugar nos transforme a través de su historia, su arte, sus personajes y su identidad.

Los museos no solo resguardan obras, también hacen nacer nuevas preguntas, perpetúan formas de mirar, exponen distintas versiones de un mismo mundo. (Fotografía, cortesía Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Guanajuato)

Muchas veces percibimos los lugares como escenarios diseñados para ser admirados, pero no para ser habitados de manera profunda. Y así, perdemos la posibilidad de descubrir un mundo que dialoga con nosotros de maneras inesperadas. A veces basta una sola obra, un objeto o una fotografía para detonar preguntas que no sabíamos que llevábamos dentro.

Los museos son puentes extendidos que afirman nuestra identidad, que nutren nuestra memoria y nos confirman categóricamente que sí, pertenecemos. Que somos seres humanos.  Conservar objetos también es una forma de mantener con vida rastros humanos, emociones, preguntas y formas de mirar el entorno. 

Un museo vacío es un espacio que perece lentamente ante la indiferencia. Resulta paradójico que lugares abiertos para preservar patrimonio, memoria e identidad terminen siendo percibidos como ajenos por quienes viven más cerca de ellos.

Por eso, cuando los habitantes de una ciudad dejan de sentirse parte de su propia memoria, comienzan también a volverse ajenos a ella. No basta con visitas escolares rígidas y silenciosas. Lo que hace falta es que niños, niñas y jóvenes puedan apropiarse de estos espacios con libertad, interpretar lo que observan, cuestionar, conversar y construir sus propias lecturas.

Esa idea impuesta de que en los museos también debe dominar el silencio ha generado distancia. No hay experiencia más enriquecedora que comentar una obra, cuestionar, compartir impresiones, entender y escuchar la voz de quien la creó. Cuando el artista está presente y explica lo que lo llevó a construir determinada pieza, las salas dejan de sentirse intimidantes y comienzan a erigirse como espacios cercanos y habitables.  

Los museos son puentes extendidos que afirman nuestra identidad, que nutren nuestra memoria y que nos confirman categóricamente que pertenecemos. (Fotografía, cortesía Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Guanajuato)

La infancia suele ser el momento en el que decidimos qué espacios sentimos cercanos y cuáles nos intimidan. Cuando un niño entra a un museo por primera vez y descubre que es un espacio seguro en el que puede preguntar, opinar, imaginar o hasta no estar de acuerdo con lo que observa, el espacio dejará de ser ajeno y el museo ya no será más un recinto solemne, reservado a expertos sino un lugar vivo en el que la curiosidad y la mirada también son bienvenidos. 

Recorrer un museo puede parecerse a abrir un gigantesco libro pop-up en el que aparecen mundos que solo necesitan sentirse. El arte no exige erudición para conmovernos. Cuando lo que nos impide entrar no es solo la distancia geográfica o la economía (aunque en todos aplica siempre un día de entrada gratuita) estamos ante una distancia simbólica que nos lleva a creer que esos espacios no nos pertenecen. 

Ciudades como Guanajuato corren el riesgo de convertirse en espacios históricos utilizados como fondo fotográfico, mientras los visitantes recorren calles y callejones buscando ahí la experiencia cultural. Mientras tanto, muchos habitantes rara vez cruzan las puertas de los museos que forman parte de su propia ciudad.  

Turistas que siguen recorridos mecánicos, personas locales que jamás han entrado a ciertos recintos, museos que entre semana lucen vacíos en contraposición con plazas habitadas por comerciantes, cafés en los que rebosan las conversaciones y antros repletos de jóvenes. La ciudad continúa moviéndose a toda velocidad. 

Sin embargo, muy pocas personas se permiten entrar a un museo y percibir el olor de ciertas salas, escuchar el eco de los pasos que avanzan sin prisa entre una obra y otra, sentir la temperatura del recinto, las luces sobre las obras que las hacen sentir como un escenario teatral vivo y la sensación de pequeñez que nos asombra frente a ciertas obras que logran conmovernos.

Los museos no solo resguardan obras, también hacen nacer nuevas preguntas, perpetúan formas de mirar, exponen distintas versiones de un mismo mundo, dejan la huella en nuestra memoria de rastros humanos y nos enfrentan a contradicciones históricas que desafían nuestras propias creencias. Entrar a uno de ellos también implica reconocer que existieron otras personas antes que nosotros, y que continuarán existiendo cuando ya no estemos aquí. 

Recorrer un museo puede parecerse a abrir un gigantesco libro pop-up en el que aparecen mundos que solo necesitan sentirse. (Fotografía, cortesía Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Guanajuato)

En esos espacios sobreviven recetas, oficios, palabras antiguas, relatos y formas de habitar que todavía sostienen parte de nuestra identidad colectiva. Por eso vale la pena preguntarnos: ¿de qué le sirve a una ciudad conservar sus fachadas si pierde en el camino sus relatos?

Hoy, vivimos rodeados de decenas de imágenes por minuto que se deslizan bajo nuestras yemas, pero cada vez contemplamos menos. Los museos representan la posibilidad de desacelerar, mirar con atención y recuperar una experiencia más humana del tiempo. 

Los museos a fin de cuentas son esos pocos espacios que todavía nos invitan a detenernos, observar con calma y reconocer que la memoria colectiva también está hecha de nuestra presencia. 

Tal vez, entrar a un museo también sea una forma de volver a entrar a nuestra propia ciudad.  

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