BAÑOS DE VAPOR EN EL SIGLO XIX
Corría 1824. México estrenaba independencia y también nuevas ideas sobre la salud. En el entonces callejón de Betlemitas, angosto, húmedo, atravesado por el perpetuo ir y venir de comerciantes y enfermos del hospital cercano, un médico de origen catalán, Manuel Codorniú, abrió algo más que un negocio: una casa pública de baños de vapor.
Entrar no era un acto insignificante. Se pagaba primero, antes del servicio: uno, dos o tres reales si el bolsillo apretaba; hasta seis si era urgente o realmente se buscaba un trato todavía más reposado y completo. Las monedas tintineaban y el visitante compraba algo escaso en la ciudad de entonces: limpieza profunda, gran alivio y cierto aire de modernidad.
Una vez dentro, la atmósfera cambiaba mágicamente, mientras la calle seguía oliendo a piedra, a mulas, a mugre y a humedad. Al interior, en cambio, todo era calor contenido. Los muros sudaban igual que los cuerpos. El vapor, espeso, casi táctil, envolvía a todos los recién llegados con una promesa ambigua, la de incomodidad primero, alivio después.

Los bañeros guiaban el ritual. No había prisa. 15, 20 minutos de calor que apretaba el pecho y hacía latir las sienes. El sudor brotaba con una intensidad que hoy parecería exagerada, pero que entonces se celebraba como medicina. “Sacar los males”, decían. Y en esa frase cabían desde dolores reumáticos hasta las tensiones invisibles de la ciudad.
Tras la sesión de vapor, venía el contraste, el enfriamiento. Aire más fresco, a veces agua, a veces simplemente el descanso. El cuerpo, liviano, parecía otro. Algunos se recostaban en silencio, otros charlaban sus cuitas. Porque el baño de vapor no era sólo higiene, para muchos usuarios, era oportunidad para la conversación, para el encuentro y para el rumor.
Ahí coincidían los más variados personajes y en un acto democrático, hombres y mujeres de todas las clases sociales, sin distingo ninguno: el empleado que podía pagarse un lujo ocasional, el artesano que realmente acudía por necesidad, el enfermo que sólo obedecía indicaciones médicas; incluso los viajeros que buscaban sacudirse el polvo del camino.
Había reglas, tan claras como estrictas: Separación estricta entre hombres y mujeres, una vigilancia constante, límites de tiempo si la demanda del público crecía de pronto. Y la moral también sudaba en esos espacios limpios y amplios, pues exigía con rigor nada de escándalos, nada de excesos. Por lo anterior, el orden, como el vapor, lo impregnaba todo.
Bajo esa capa de disciplina, quedaba algo más viejo. La sudoración, el calor y el reposo, ecos de prácticas indígenas que no murieron, sino que evolucionaron. Lo que ocurría en esos cuartos era, en el fondo, un diálogo entre mundos: el temazcal y la medicina europea tocándose en una ciudad que aprendía a ser moderna sin dejar de ser antigua.

Una hora podía bastar. A veces era necesario más tiempo. Al salir, el contraste era brutal. La calle era la misma, ruidosa, áspera, impredecible, pero el cuerpo no. Había en la piel una ligereza nueva, una sensación de haber atravesado algo. Hoy, en ese mismo punto, el vapor ya no es parte de la rutina. En ese predio el Porfiriato levantó un nuevo edificio.
Pero si uno se detiene en la esquina de las calles que hoy se llaman Filomeno Mata y 5 de Mayo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y si observa la piedra y escucha el eco de los pasos, es posible imaginar el murmullo bajo, el calor denso, el instante en que la ciudad, por un momento, se volvía íntima y silenciosa, contenida en un cuarto lleno de niebla blanca.
Sobre el predio que había adquirido el médico Manuel Codorniú, para abrir las puertas de su casa pública de baños de vapor en 1824, fue erigido el nuevo edificio en 1916, durante la transición del Porfiriato tardío al México posrevolucionaria que se ve hasta la fecha. Es más moderno que colonial, combina cantera labrada, herrería fina y composición clásica.

