FIDELIO, LA ÓPERA DEL BEETHOVEN REPUBLICANO Y LIBERTARIO
Ludwig van Beethoven fue un revolucionario de la música, pero también fue un hijo de la Ilustración, la Revolución Francesa y el republicanismo. La representación de su única ópera, Fidelio, en el teatro Bicentenario Roberto Plasencia Saldaña se comenta en su dimensión artística, pero tiene otra cara igual de exquisita y disfrutable: la toma de partido del compositor vienés y la recreación escenográfica de la trama original situada en la persecución política en América Latina.
La obra
La trama se desarrolla en Sevilla y tiene como escenario principal una prisión cerca del castillo de San Jorge, Triana, a finales del siglo XVII.
Acto I
Describe el encarcelamiento del noble Florestán quien ha denunciado los crímenes de Pizarro, otro noble. Pizarro encarcela a Florestán y es custodiado por Rocco, guardián de la prisión, quien tiene una hija —Marzelline— y un ayudante, Jaquino.
Leonora, la esposa de Florestán, vestida como un muchacho que se hace llamar “Fidelio”, acude a la puerta de la prisión y pide empleo a Rocco, quien la contrata. El carcelero había estado dándole raciones de comida cada vez más pequeñas a Florestán, para matarlo de una manera no violenta.
La trama comienza a tornarse en drama cuando Marzelline cancela su compromiso de matrimonio con Jaquino y se enamora de Fidelio.

Rocco prefiere a Fidelio como yerno. En esta parte, Marzelline, Fidelio, Rocco y Jaquino cantan un cuarteto sobre el amor que ella tiene por Fidelio (Mir ist so wunderbar, “Un maravilloso sentimiento me llena”), también conocido como el cuarteto del canon.
Rocco dice a Fidelio que tan pronto como el alcaide se vaya a Sevilla, él y Marzelline podrán casarse. Les dice, sin embargo, que a menos que tengan dinero, no serán felices (Hat man nicht auch Gold beineben, “Si no tenéis el dinero de vuestra parte”). Fidelio sabe que su amado está en las mazmorras y se ofrece ayudar al que quiere ser su suegro para atender al prisionero.
Acto II
Marzelline ruega a su padre que mantenga a Fidelio lejos las mazmorras. En lugar de ello Rocco y Fidelio cantan sobre la valentía (Gut, Söhnchen, gut, “De acuerdo, hijo, de acuerdo”), y pronto Marzelline se une a sus aclamaciones.
Entra don Pizarro, al sonido de una marcha, escucha en voz de Rocco que la prisión recibirá una visita sorpresa de parte del ministro, a modo de inspección, ya que lo acusan de tirano. Pizarro sabe que el ministro cree que el prisionero ha muerto y decide matar a Florestán (Ha, welch ein Augenblick!, “¡Ah! ¡Qué momento!”).
Pizarro ordena que suene una trompeta cuando llegue el ministro. Ofrece dinero a Rocco para que mate a Florestán, pero se niega a hacerlo, con lo que Pizarro intentará hacerlo él mismo (Jetzt, Alter, jetzt hat es Eile!, “Ahora, viejo, ¡debemos apresurarnos!”). Pizarro ordena a Rocco que cave la tumba en los sótanos de la cárcel. Cuando la tumba esté preparada, Rocco deberá dar aviso para que Pizarro vaya disfrazado a las mazmorras, y mate a Florestán.
Fidelio logra contactarse con Florestán y cuando está a punto de ser asesinado por Pizarro, ella se descubre y saben que no es Fidelio, sino Leonora. Pizarro y Rocco escuchan la llegada del ministro y suben a recibirlo.
Para tratar de ocultar el maltrato a los prisioneros, Pizarro los libera. Los prisioneros, emocionados ante su libertad, cantan gozosamente (O welche Lust, “Oh, qué alegría”), uno de los pasajes corales más representativos de la obra.
Los prisioneros y los ciudadanos cantan al día y la hora de justicia que ya ha llegado (Heil sei dem Tag!, “¡Saludad al día!”). Don Fernando, el ministro, anuncia que la tiranía ha acabado. Entra Rocco, con Leonora y Florestán, y le pide a Don Fernando que los ayude (Wohlan, so helfet! Helft den Armen!, “¡Así que ayuda! ¡Ayuda a los pobres!”). Rocco explica cómo Leonora se disfrazó de Fidelio para salvar a su marido. Marzelline queda sorprendida. Rocco describe la trama de asesinato de Pizarro, y Pizarro es llevado a la prisión. Florestán es liberado de sus cadenas por Leonora, y la multitud canta alabanzas a Leonora, la leal salvadora de su marido (Wer ein holdes Weib errungen, “Quien tiene una buena esposa”).
La historia de la ópera
Fidelio o el amor conyugal (título original en alemán, Fidelio oder die eheliche Liebe, Op. 72) tuvo un accidentado proceso. El libreto en alemán es obra de Joseph F. Sonnleithner, a partir del texto original en francés de Jean-Nicolas Bouilly que se había usado para la ópera de 1798 Léonore, ou l’amour conjugal de Pierre Gaveaux, y para la ópera de 1804 Leonora de Ferdinando Paer (Beethoven tenía una partitura de esta). Es la única ópera que compuso Beethoven.
Fidelio pasó por varias versiones antes de lograr un éxito pleno. La ópera fue presentada por vez primera en el 20 de noviembre de 1805 en una versión en tres actos en el Theater an der Wien de Viena, con interpretaciones adicionales las siguientes dos noches.
La presentación tuvo un contexto tenso: Viena estaba bajo ocupación militar francesa, y la mayor parte de la audiencia eran oficiales militares de ese país. La obra tenía un mensaje de protesta política, pero se le cuestionó por su estructura y duración que calificaron como generadora de tedio.
Amigos de Beethoven lo conminaron a modificar la obra. El compositor la redujo a dos actos y le hizo varios cambios. Escribió una nueva obertura (ahora conocida como Leonore n.º 3). La ópera fue representada ya con sus cambios por vez primera el 29 de marzo y el 10 de abril de 1806. Entonces ya tuvo éxito.
En 1814, Beethoven revisó la ópera otra vez, con trabajo adicional en el libreto por Georg Friedrich Treitschke. Esta versión fue representada por vez primera en el Kärntnertortheater el 23 de mayo de 1814, con el título de Fidelio. Beethoven, que se estaba quedando sordo, dirigió a la orquesta, “ayudado” por Michael Umlauf, quien más tarde desempeñó la misma tarea para Beethoven en el estreno de la Novena Sinfonía.
El compositor murió en 1827. Dejó el legado de su primera y última ópera, obra en la que muestra cómo comienza la desaparición del clasicismo y se pasa al romanticismo.
Política de antes
La trama de Fidelio rebasa la condición de drama de la obra: plasma la perspectiva estética y el sentir político de Beethoven: detrás de una historia de sacrificio personal y heroísmo está un mensaje de lucha subyacente por la libertad y la justicia como espejo de los movimientos políticos contemporáneos en Europa.
Entre los momentos destacados de la ópera está el “Coro de prisioneros”, una oda a la libertad cantada por un coro de prisioneros políticos.
Eran los momentos de la caída de la monarquía francesa (1879) y la emergencia de los modelos republicanos. Beethoven llegó a admirar la revolución francesa.

Inicialmente, Beethoven le dedicó su Tercera Sinfonía (la “Eroica”) a Napoleón Bonaparte, al que vio como un defensor de los derechos del hombre. Rompió la dedicatoria furiosamente al enterarse de que Napoleón se había coronado emperador, llamándolo un “común mortal”.
Beethoven era de un Idealismo Republicano, creía en la igualdad y la libertad, aunque su vida fue de contrastes: despreciaba el sistema de clases, pero la mayoría de sus mecenas y amigos cercanos eran nobles, con quienes mantenía una relación de respeto mutuo, visitando frecuentemente la corte de los Habsburgo.
Su actitud rebelde y sus ideas políticas se reflejaban en su música, llegando el emperador Francisco II a considerar su obra como “revolucionaria”. Fue considerado un idealista radical que, a pesar de vivir en un entorno conservador en Viena, nunca ocultó su simpatía republicana.
A lo anterior se agrega una osadía para su tiempo: una mujer que se disfraza de hombre y que hace que quien interprete a Leonora deba manejar estilos acordes a cada personaje, lo que implica gran exigencia para la soprano. No es tema menor: era un reto para su tiempo y aún en el actual representa una dosis de morbo, como lo reflejaron las risas de una parte de la concurrencia al teatro del Bicentenario cuando la cantante que representa a Marzelline besa a la que interpreta a Leonora.
Política de ahora
Es necesario saber lo anterior para comprender más el contexto visual de la versión presentada en el Teatro del Bicentenario:
Comienza cuando dos “comandos” detienen a Florestán y a lo largo de la obra hay imágenes de represión y persecución políticas que bien pueden ser alusiones al golpe de Estado de Augusto Pinochet contra Salvador Allende, en Chile, o las dictaduras militares de Uruguay, Paraguay o Brasil; incluso, las imágenes bien pudieran representar el 68 y la guerra sucia mexicana.
La aparición al final de las mujeres que llegan a reunirse con los liberados es más que elocuente en esa dinámica ya común de hacer una representación escenográfica moderna en las viejas óperas: las mujeres llevan en sus cabezas sus pañoletas, que recuerdan a las mineras de Chile y a las Madres de Plaza de Mayo, de Argentina. La representación tiene el inocultable sello del argentino Marcelo Lombardero, encargado de poner en escena la ópera. El cierre con la palabra “Libertad” en español y otras lenguas expresa el sentido político de Beethoven asimilado y recreado por el argentino.
La presentación en el Bicentenario
El inevitable aumento de precios ha golpeado al Teatro del Bicentenario: tanto en Carmen como ahora en Fidelio no hubo localidades agotadas. Sin embargo, ambas obras mantienen la imagen de un espacio como referente de la ópera en el país y es un oasis en el desierto de conflictos que envuelven a la Secretaría de Cultura.
En las funciones participaron unas 300 personas, entre equipos técnicos, creativos y artísticos y el fruto fue una puesta en escena que recibió largos aplausos, con una obra más musical que vocal, fiel al espíritu de su creador.
La propuesta de Lombardero fue bien entendida por Luciana Gutman, que hizo un gran trabajo con el vestuario. En el caso de los represores, la variante de uniformes verde olivo o negros para carceleros y oficiales, remiten a la década de 1970 y resaltan el toque latinoamericano de las representaciones.
También como se estila, Matías Otálora plasmó en una escenografía minimalista y simbólica los elementos de la obra: la prisión y sus mazmorras. El trabajo de iluminación de Roberto López Rodríguez hizo un gran juego con el trabajo de Matías. Fidelio es, junto con Tosca, una de las puestas en escenas más logradas con menos recursos escenográficos, reforzados con videos de Carlos Hurtado reforzó esa intención narrativa: en la introducción orquestal del segundo acto, la aparición en pantalla de retratos de personas desaparecidas, entre ellas Florestán, dan el realce a una obra que quizá fue minimizada por el público debido a la crudeza de la violencia del crimen organizado actual.
La construcción de ambientes y personajes fue lograda con la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes magistralmente dirigida por José Areán, uno de los más aclamados por el público.
De la intensidad de los intérpretes depende mucho lograr la proyección de emociones en una obra donde la música tiene un protagonismo mayor que en otras óperas. Beethoven sigue siendo más compositor que dramaturgo y la racionalidad de su propuesta demandan un gran trabajo de actuación además del canto.
En ese sentido, So Ry Kim (Marzelline) y Dhyana Arom (Leonora) construyeron perfectamente a los personajes. La primera recuperó terreno luego de que al principio por momentos se imponía la sonoridad de la orquesta. El trabajo de Hernán Iturralde (Rocco) y el talento del leonés Alejandro Yépez dieron el toque de “malos” con buenos sentimientos. En ese sentido, la puesta en escena se corrió por dos pistas paralelas: un canto más emocional que heroico y una exposición visual y escenográfica más impactante debido al tema representado.
Esto se hizo evidente cuando en el acto II aparece Ramón Vargas, un Florestán más expresivo y lírico, que mostró al preso político debilitado por la maldad represora. Jorge Lagunes mostró muy buen nivel de ejecución, pero el diseño de su personaje (don Pizarro) lo hizo ver como un malvado moderado; Daniel Pérez Urquieta mostró a un libertador (el ministro don Fernando), un tanto tímido y también al principio con voz ligeramente rebasada por la fuerza de la orquesta. Se pensaría que le cobró factura su voz de bajo-barítono Daniel Pérez Urquieta, pero era la misma del argentino Iturralde (Rocco), quien tuvo un canto de gran nivel para representar al personaje del futuro suegro que no quería mancharse las manos de sangre.

Alberto Yépez y Vladimir Rueda agradaron su papel de prisioneros y el coro del Teatro del Bicentenario estuvieron a la altura y lucieron más gracias al excelente trabajo de vestuario, al que el trabajo actoral resaltó aún más.
La ópera cumplió y el público supo que valió la pena pagar ahora más para esa producción de la Secretaría de Cultura del Estado de Guanajuato, CONARTE y la Secretaría de Cultura de Nuevo León, con la gran participación de la orquesta de Aguascalientes, que mostró disciplina para dar forma a una obra de largas ejecuciones mientras se cambiaba la escenografía. Es el toque de Beethoven, que ya casi no oía, pero qué bien componía.
Los eruditos reseñaron los pormenores, virtudes y límites de la obra; de lo que se pierden por no verla en su dimensión histórica y política. La copita de buen vino, los canapés y un capuchino fueron parte del goce, pero de regreso a casa, de paso por la carretera el saco se fue al asiento trasero junto con el sombrerito y se hizo una pausa en el camino porque se antojó una torta de cachete y una quesadilla con ojito y costilla y un sidralito para el desempance. El ir a la ópera no quita el seguir siendo barrio.

