LAS POQUIANCHIS Y SU TRÁNSITO DE LA NOTA ROJA A LA LITERATURA Y EL CINE

Fotos, portadas, reportajes y recortes de periódicos, bases para la novela “Las muertas “, de Jorge Ibargüengoitia, y la película de Felipe Cazals sobre la explotación y asesinato de mujeres.

La historia de Las Poquianchis se ha constituido en un clásico histórico de la nota roja que, en su momento, fue un tema que despertó interés diverso y dio lugar a dos obras emblemáticas de la cultura mexicana relacionada con la historia del crimen en el país: la novela Las muertas, del escritor guanajuatense Jorge Ibargüengoitia, y la película Las Poquianchis, del laureado director de cine Felipe Cazals.

Se trata del caso de hermanas apellidadas González Valenzuela, que fueron acusadas de haber explotado sexualmente a centenares de mujeres y asesinado —en distintos momentos y de varias maneras— a 91 personas, en su mayoría prostitutas que trabajaban bajo sus órdenes.

El suceso fue ampliamente divulgado por la prensa local: El Sol de León y El Heraldo de León siguieron el caso desde el 8 de enero —cuando una mujer escapó y denunció a las hermanas— hasta casi finales del mes de abril, cuando terminaron los careos judiciales. Otros diarios de la entidad replicaban lo publicado, pero la que logró que el tema se convirtiera en un fenómeno mediático nacional fue la revista amarillista Alarma!, misma que envió a su reportero estrella para la cobertura del caso.

Sol de León, 17 de enero de 1964. Foto descrita tanto en la novela como en la película. Seguimiento del caso de Las Poquianchis. “El Heraldo de León”, 15 de enero de 1963. (AHML)

La prensa guanajuatense y nacional dio identidad a las González Valenzuela: “hermanas del diablo”, “hienas”, “hiena que echaba espuma por la boca”, con encabezados como “Encerradas como lo que son: ¡ratas!”, pero ni Ibargüengoitia ni Cazals se quedaron en esos juicios morales: usaron esos elementos para señalar vicios políticos y problemáticas sociales. Cada uno en espacios diferentes: literatura y cine, respectivamente.

La nota roja en la trama ibargüengoitiana

Entre octubre de 1963 y fines de enero de 1964, Ibargüengoitia vivió en California, Estados Unidos. Se enteró por los periódicos de ese país del caso del Violador de los Guantes Verdes y del asesinato del presidente John F. Kennedy, ocurrido el 22 de noviembre de ese año. El guanajuatense escribió posteriormente: “regresé a México y cuando salí del aeropuerto vi un periódico que decía: ‘16 mujeres asesinadas por las poquianchis’ y una información procedente de León, Guanajuato, que está cerca de donde yo nací”.

Semanas después, al llegar a Guanajuato como responsable de los cursos de verano impartidos por la universidad, fruto de la estancia de Jorge Ibargüengoitia en la ciudad de Guanajuato surgieron cuatro novelas: Estas ruinas que ves, Las muertas, Dos crímenes y Los pasos de López.

Primera plana de Alarma! que se encuentra en el Fondo Felipe Cazals (fotografía propiedad de Rosa Eugenia Báez-Puente). / Las mujeres rescatadas. “El Heraldo de León”, 15 de enero de 1964 (AHML).

Las vivencias del escritor en Guanajuato se centraron en la ciudad y su gente. Su primera inquietud fue hacer una novela que retratara con insidiosa ironía a su natal Guanajuato: la convirtió en Cuévano e hizo de un sector de sus habitantes personajes literarios. Sin embargo, la espina de Las Poquianchis ya estaba sembrada. Originalmente fue una de sus tentaciones, pero optó por priorizar una novela costumbrista —a su manera—. La referencia a ellas en Estas ruinas que ves muestra el papel de la prensa en la percepción del escritor sobre el caso:

En el capítulo 5, narra que El Sol de Abajo cabecea un MACABRO HALLAZGO para describir los crímenes que las hermanas Baladro cometieron en Rinconada. La alusión es al diario El Sol de Guanajuato, que era impreso en León (a la que llama “Pedrones”). En ese contexto aparecen como mención circunstancial las hermanas Baladro, trasunto literario para nombrar a las González Valenzuela.

Si bien en esta obra el caso de Las Poquianchis es sólo parte del contexto narrativo, Ibargüengoitia vio en lo que convencionalmente era morbosa nota roja la oportunidad de un relato literario. De ahí surgió la inquietud por recrear esos hechos. Lo pudo hacer cuando conoció al abogado Jesús Villaseñor Ayala —padre de la poetisa Margarita Villaseñor, gran amiga del escritor—, quien luego sería presidente del Supremo Tribunal de Justicia del Estado. El escritor acudió a él para poder acceder al expediente del caso y reconstruir la historia a su manera. Revisó el documento y de ahí habría de nacer Las muertas.

Durante la entrega post mortem de la presea “Miguel Hidalgo”, organizada por la LVI Legislatura del H. Congreso del Estado de Guanajuato a Ibargüengoitia, Margarita Villaseñor confirmó que Ibargüengoitia accedió al expediente. Entrevistado por la prensa, el pintor Luis García Guerrero cuenta cómo se documentó Jorge para su escritura:

“Cuando pasó lo de las Poquianchis, recibí una carta en la que me decía: Guárdame todo lo que salga del asunto, y le conseguí los ejemplares de la Alarma! y de toda la prensa amarillista, aunque ya no necesitó ese material porque pudo conocer los expedientes del caso, gracias a que se los prestó el licenciado Manuel Villaseñor” (el nombre correcto era Jesús).

Jorge Ibargüengoitia señaló al respecto: “El tema me interesó casi por repulsión: la historia era horrible, la reacción de la gente era estúpida, lo que dijeron los periódicos era sublime de tan idiota. Todo esto, que me producía verdaderamente una repulsión muy fuerte, me pareció muy mexicano. Pero la historia me atrajo como a uno lo atrae una operación o un perro muerto: algo horrible. Según la información de los periódicos, todos los personajes eran espantosos. Lo que me interesaba, entonces, era meter a esa gente en la realidad, hacerla comprensible, no verla como los periódicos” (Aurelio Asiáin y Juan García Oteyza, “Entrevista con Jorge Ibargüengoitia”, Vuelta, Núm. 100, 1985). El novelista se decidió por la ficción literaria basada en hechos reales, pero con notables similitudes entre la novela y lo hecho por las hermanas González Valenzuela.

De Las Muertas surgió una novela que retrata a Pedrones y Rinconada (municipios actualmente casi conurbados) y su entorno regional, especialmente mezcaleño; esto es: jalisciense. Las hermanas Baladro son la construcción literaria de acciones y destino de las macabras hermanas González Valenzuela: una enloqueció y otras murieron purgando sus penas en la cárcel. Esta obra es un gran reportaje, escrito con estilo periodístico y narrado con el humor generado por renombrar lugares y personajes de una trama que es convertida en fantasía realista.

Imagen recreada en la película. / Recortes de la revista “Alarma!”.

 El investigador Alejandro Lámbarry, uno de los especialistas en la obra ibargüengoitiana, señala que, a diferencia de sus otras novelas, cuya redacción tomó de uno a tres años como máximo, Las muertas cuenta al menos con cuatro borradores en un período de escritura de trece años. El primer borrador, que lleva como título El libro de las Poquianchis, se escribió en 1965, un año después de que la prensa nacional divulgara con amarillismo el caso de las hermanas González Valenzuela. De este primer escrito a la versión impresa, publicada en Joaquín Mortiz en 1977, en la colección Nueva Narrativa Hispánica, hay cambios significativos de gran importancia en cada texto. Así lo explica:

“Tras el escándalo, la nota de las hermanas González Valenzuela captó la atención de Ibargüengoitia; no sólo era una historia extraordinaria, sino que había sucedido en su estado natal, Guanajuato. Según su propio testimonio, y el de su amiga Margarita Villaseñor, consiguió en el curso del año 1964 el expediente judicial del caso. Al leerlo, reparó en que las autoridades locales habían acelerado el proceso judicial debido a la presión mediática y política. Había, además, una gran confusión con la identificación de los cadáveres, los criminales y las distintas versiones de la historia. Irregularidades en el expediente y mentiras en los periódicos: la combinación perfecta para hacerse de un chivo expiatorio. Y si bien las hermanas González Valenzuela pudieron haber asesinado a sus trabajadoras, la verdad sobre lo sucedido y la implicación de otras personas en el asunto quedaron, por siempre, veladas. Así al menos lo entendió Ibargüengoitia, quien decidió recrear su versión de lo sucedido con una idea clara en mente: revertir la representación sencilla y burda del periodismo amarillista con el retrato de una sociedad empobrecida, hipócrita y corrupta.

”Entre marzo y abril de 1965 —como consta en la primera página del manuscrito inédito— Ibargüengoitia escribió una suerte de crónica de lo sucedido que tituló “El libro de las Poquianchis”. Utilizó la misma voz narrativa autobiográfica de lenguaje coloquial y aparentemente sencilla, irónica y con un humor desacralizador que había usado en sus cuentos de La ley de Herodes. Para probar que se trataba de una historia basada en hechos reales, expuso desde el primer capítulo sus fuentes: el expediente del juicio, una copia simple de la declaración de Juan González Martínez e información publicada en los periódicos nacionales y estatales. Pero apenas mencionó las fuentes, introdujo agravantes; la principal era el expediente”.

Lámbarry describe el papel de la prensa en el caso de Las Poquianchis:

“Gracias a esta labor de investigación y a su esfuerzo por seguir los hechos expresados en testimonios y fuentes orales, descubrimos que el verdadero antagonista de su crónica El libro de las Poquianchis es el periodismo amarillista o de opinión —bajo la sombra de la justicia mexicana. El periodismo sacrificó las fuentes por la historia: un melodrama en el que las Poquianchis eran diabólicas, bestias, animales, y los antros donde trabajaban, lugares de ‘orgías para los labriegos y los arrieros de la región, y francachelas para las autoridades’”.

En 1976, Ibargüengoitia escribió la versión definitiva de Las muertas. Las protagonistas son las mujeres sexualmente explotadas o asesinadas. Las Baladro son una circunstancia del relato y la prensa también. En el capítulo 5, Eulalia Baladro despotrica contra los medios:

“Los periódicos dijeron que el negocio de mis hermanas lo heredaron de mi padre, que mi padre fue famoso en Guatáparo por sus costumbres disolutas. Puras mentiras”.

Al ver que un cuerpo era exhumado, Delfina González Valenzuela se sentó (fotografía de “Alarma!”). En seguida, toma de la película: la misma escena, pero representada por la actriz Leonor Llausas.

La novela es una secuencia de testimonios, narrados a manera de reportaje o guion de documental. En los capítulos 16 y 17 muestra cómo fueron descubiertos los crímenes y cómo fue la captura de las Baladro, así como el inicio del proceso. En el punto 4 del capítulo 17, muestra el papel de la prensa:

“La primera noticia del caso de las hermanas Baladro apareció en la página 8 del Sol de Abajo, en una sección fija intitulada ‘Noticias de Concepción de Ruiz’. Cuando se supo que los tres cadáveres encontrados eran de mujeres jóvenes y que el lugar que hallaron había sido un burdel, la noticia pasó a la primera plana de todos los periódicos del país. Al tercer día, un público enorme y atento se enteró del descubrimiento de los otros tres cadáveres en el rancho Los Ángeles” (página 174 de la edición de Lecturas Mexicanas).

De nuevo, la prensa como protagonista:

“Concepción de Ruiz se llenó de periodistas, fotógrafos y curiosos. Al hacer la reconstrucción de los hechos, el juez Peralta contó 119 personas que no tenían por qué estar presentes. El careo entre Serafina Baladro y Aurora Bautista —en el que ambas mujeres se insultaron y se llamaron mentirosas— se llevó a cabo ante las lentes de veintitrés cámaras. A petición de los fotógrafos de la prensa, las víctimas, nueve para esas fechas, posaron hincadas en la azotehuela con los brazos en cruz, sosteniendo piedras semejantes a las que había escogido el capitán Bedoya”.

La foto de las mujeres rescatadas se publicó el 15 de enero de 1963. No sostienen piedras, pero Ibargüengoitia le puso sello literario al momento.

El morbo como representación del momento es señalado por el escritor: “Los periodistas y el público en general hubieran querido encontrar más cadáveres” (p. 175).

Concluida la narración, Ibargüengoitia agregó un epílogo, apéndices y una foto de las Poquianchis del proyecto inicial. Lámbarry remata:

“El género de la crónica y de la historia suele apoyarse en imágenes; es otra herramienta para sustentar la veracidad de lo narrado. Ahí las tenía, víctimas con victimarios, pero las mujeres de la foto ya no eran las de la historia, eran sus personajes, y cada lector debía imaginarlas con sus palabras, así es que les quitó el rostro. Escribió en su calendario de actividades de la Universidad de Iowa que había terminado su novela el 25 de noviembre de 1976 a las 12:30. Tenía 185 cuartillas escritas a máquina. Trece años habían pasado desde que se enteró del caso. Dos semanas después, escribió una carta a su amiga Ángela Gurría en la que confirmaba este hecho: Ya terminé la novela y la mandé. En el momento de entregársela al empleado de correos sentí lo que han de sentir las madres cuando paren. Ahora estoy en la convalecencia con ganas de emborracharme hasta el fin de año”.

Una novela que de no ser por el cambio de nombres de personas y lugares y por variantes en los sucesos narrados, bien pudo ser un documental o un gran reportaje.

Fotografía de las mujeres rescatadas, publicada en “Alarma!”, originalmente de “El Heraldo de León”. En seguida, la versión fílmica.

Las Poquianchis van al cine

A mediados del siglo XX, hubo diarios que mandaron a la nota roja a semanarios especiales. De esa manera surgieron Todo y Magazine de Policía. Periódicos como La Prensa tenían en la nota roja su principal elemento de venta. Eso fue entendido por el periodista Carlos Zamayoa Lizárraga para fundar el semanario Alarma!, que comenzó a circular el 17 de abril de 1963.

Su tiraje inicial era de 3,000 ejemplares. Con la cobertura al caso de Las Poquianchis subió a 100,000, luego a 333,000 hasta llegar a presumir dos millones de ejemplares.

Su director mandó al reportero Jesús Sánchez Hermosillo a seguir el proceso y el trabajo reporteril aunado al morbo y el sensacionalismo con los que se divulgó el caso de Las Poquianchis hizo que la revista llegara a ser el referente de periodismo amarillista.

Cuando Felipe Cazals hizo realidad la filmación de una película basada en Las Poquianchis, tomó de la prensa muchos elementos, tal como lo manifiesta el expediente sobre la producción de la cinta.

Este documento fue la base para las exposiciones de investigaciones que sobre la película se presentaran del 14 al 16 de abril pasados en el ciclo de conferencias y mesas redondas de “La trilogía de la violencia de Felipe Cazals a 50 años”, como parte del Coloquio ver y pensar el Cine”, organizado por el Cine Club de la Universidad de Guanajuato en memoria de Felipe Cazals

La mesa 5 se denominó “La explotación de los cuerpos de las mujeres en la prensa y la militancia en el cine”. Fue moderada por Miguel Sáenz Cardoza y ahí se presentaron los siguientes proyectos:

“Las Poquianchis (1976), su producción y exhibición a través de la prensa mexicana”, de Felipe Mera Reyes, doctor en Historia por la Universidad de Guanajuato, especializado en cine; “De la espectacularización a la crítica de la violencia: Las Poquianchis frente a la nota roja “, explicado por Anuar Jalife Jacobo, también de la Universidad de Guanajuato; “Narrativas de la violencia: literatura, archivo y cine en torno al caso de Las Poquianchis”, por Natalia Guadalupe Granados, de la Universidad de Guanajuato.

Las exposiciones tuvieron su base en el acceso al archivo que perteneciera a Cazals, relacionado con la producción de la película “Las Poquianchis”.

Tanto Felipe Mera como Anuar Jalife mostraron que Cazals tuvo en su poder ejemplares de prensa de la época, especialmente de Alarma! y algunos recortes de El Heraldo de León, de donde obtuvo referentes tanto narrativos como fotográficos que llevó a la película.

Imágenes de “El Heraldo de León”, 28 de enero de 1964, utilizadas por Cazals para recrear tomas de su película.  / La icónica fotografía de Las Poquianchis con las mujeres explotadas, reproducida en Las muertas y replicada como escena en la película de Cazals.

Un ejemplo de ello es el momento en que comienzan a desenterrar cadáveres y Delfina González Valenzuela se sienta a llorar en el borde de un jardín. En la película hay una escena similar, con el personaje representado por la actriz Leonor Llausas.

La versión de Cazals tiene como personaje a un reportero inescrupuloso, representado por el actor Salvador Sánchez. En la cinta, el reportero pone a mujeres rescatadas a posar ante la cámara. Es la misma escena a la que Ibargüengoitia da sentido literario. La foto de las mujeres atrás de una barda de alambres de púas se publicó originalmente en El Heraldo de León el 15 de enero de 1964 y días después en Alarma!.

NOTA: Los materiales periodísticos están consignados en el expediente que forma parte del Fondo Felipe Cazals. Las fotos son propiedad de Rosa Eugenia Báez-Puente. Se reproducen gracias a la generosidad de Felipe Mera, que compartió el power point de su exposición.

One thought on “LAS POQUIANCHIS Y SU TRÁNSITO DE LA NOTA ROJA A LA LITERATURA Y EL CINE

  1. Y por qué Alarma era AMARILLISTA lo correcto es sensacionalista, hoy en día casi todos somos así amarillistas
    Si no eres amarillista no vendes notas

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