A CINCUENTA Y DOS HERTZIOS BAJO LA CANTERA

Existe una viajera en el océano que se ha instalado en la cultura contemporánea, es la Whalien 52. Su señal acústica fue detectada en el Pacífico Norte desde finales de los años ochenta; se llama así porque su sonido fue registrado en torno a los 52 Hz, una frecuencia muy distinta a las vocalizaciones de otras ballenas de gran tamaño. Hasta ahora no hay confirmación de su origen exacto ni de su naturaleza definitiva. Es una huella acústica que persiste, y a la que la ciencia no consigue identificar completamente.

Con el tiempo, esta señal ha dejado de ser técnica y se ha posicionado como una figura simbólica conocida como la ballena que canta en otra frecuencia, por lo cual no encuentra eco en otros seres de su especie ni es escuchada. Esta lectura la ha transformado en una metáfora contemporánea que nombra aquello que se emite sin garantizar respuesta. ¿No es por mucho el espejo de lo que vivimos en este planeta?

Sin necesidad de ir más lejos, las calles y los callejones de Guanajuato se comportan como un mar profundo en el que la vida transita desde distintas alturas, tal como su topografía. Las piedras milenarias que tejen los callejones altos que toman el lugar de los acantilados jamás se rozarán con los antiguos tiros de mina.

Whalien 52: huella acústica que persiste.

Por ello es que sus presencias cruzan el día como si formaran parte del paisaje fijo, a pesar de que están en continuo movimiento. Mientras la población, acostumbrada a ritmos distintos, sigue su curso sin inmutarse, algunos caminan bajo el reflejo luminoso del Teatro Juárez y sus musas; otros, en cambio, permanecen en las sombras perennes de los barrios olvidados o de pie bajo faroles parpadeantes cuya luz mortecina no alcanza a descifrar sus rostros, impidiendo el intercambio cotidiano. Tienen voz, sin embargo, son víctimas de una forma desigual de encuentro.

Esa sensación que oscila entre el existir y resistir sin ser percibido viaja con variaciones de frecuencia, impidiendo que la respuesta llegue completa o que, incluso, jamás arribe.

Jóvenes y mujeres en la resistencia impartiendo talleres solitarios en la desvencijada mesa de un viejo café, el viejo rotulista que pinta con maestría letras perfectas para fachadas que ahora están cubiertas por lonas impresas diseñadas con inteligencia artificial. Para ellos no hay promesas. Y, sin embargo, persisten y resisten conformando el latido real que mantiene viva la esencia de la capital.

Así, mientras la ciudad brilla arriba y las pulsaciones de las bocinas de los bares retumban en adoquines y paredes rompiendo la paz y mezclándose con la algarabía de los mariachis y las estudiantinas, en el reverso de la calle, la subterránea soporta el rugido sordo de los motores que no dejan de navegar por ella mientras que seres silenciosos trabajan sin que los conductores apresurados los perciban. Ellos nunca figurarán en uno de esos paisajes al óleo de gran formato que venden frente al jardín o en una postal de la ciudad, pero existen.

Al igual que aquellos mineros, que ya sin empleo, se han convertido en artesanos que tallan piedras y doblegan el metal para turistas que ni siquiera levantan la mirada. ¿Y qué decir de los guardianes de los templos y edificios históricos? Veladores anónimos de teatros y museos, sacristanes de iglesias alejadas que muestran a visitantes furtivos los huesos reales de las figuras sagradas que custodian el templo y que pasan el tiempo entre el silencio sepulcral y la cera derretida de los cirios emitiendo ese canto que la cotidianidad ignora.

O el pregonero ambulante de los barrios lejanos y que con su silbato anuncia la llegada de camotes asados, el que viene en compañía de burros cargados con sacos de tierra; el que afila las tijeras y cuchillos; o quienes compra colchones y fierro viejo. Tal vez han subido senderos cuesta arriba, escalones de medidas caprichosas o soportando en la espalda el peso de aquello que le provee de sustento. De igual manera, pasan como fantasmas condenados al anonimato.

Es complicado que las conversaciones coincidan en el mismo punto, a pesar de que las palabras han sido dichas no siempre encuentran la misma densidad en quien las recibe. No es que la comunicación no exista, solo está fragmentada y por lo tanto se encuentra dispersa en pequeños desplazamientos que no siempre son perceptibles. Es así que lo que no se reconoce empieza a parecer inexistente, y aunque sigue ocurriendo, nadie lo advierte.

Y es que Guanajuato, con sus metales bajo tierra, su subterránea, sus callejones y sus cerros jamás ha sido un escenario uniforme. Está constituido por un conjunto de profundidades que conviven minuto a minuto sin coincidir en el mismo plano. Pienso, por ejemplo, en el conductor del taxi que tomé esta mañana y que me habló de la terrible sensación que paraliza el cuerpo cuando la luz se va dentro de la mina, que me habló de sus tres hijos fallecidos: uno por enfermedad, otro por el vicio y el tercero, de tan solo 12 años, por una bala perdida: “ahora sería un hombre bien dado mi muchacho”, y que para no morirse él también en la soledad de su cuarto sale cada día a manejar un taxi para poder dejar su piel de ballena desincronizada y llorar sus penas en compañía.

Whalien 52: señal que existe y no muere, aunque nunca llegue una respuesta.

También recuerdo a don Evaristo, que cada mañana despertaba a las palomas con el siseo de su escoba para luego llamarlas a comer pan en su compañía: “Vengan hijas, acérquense. Vamos a desayunar”.

Ahí, en esas traducciones incompletas, podemos reconocer oficios, trayectorias, vidas cotidianas y creadores que atraviesan el espacio público sin tener nada que ver con el centro del relato oficial. Son formas de vida que existen simplemente, pero que no forman parte del registro visible de lo común.

Whalien 52 no habla en realidad de una soledad absoluta, sino que incide en una señal que, a pesar de todo, existe y no muere, aunque nunca llegue hasta ella una respuesta. Algunas cosas simplemente continúan en otra frecuencia.

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