LUILLI ANDREA Y EL ARTE DE ENSEÑAR
Mientras la mayoría de sus compañeros buscaban mimetizarse para sobrevivir a la secundaria, Luilli Andrea Cruces Vázquez hizo exactamente lo contrario: eligió vestir de negro, escuchar rock, abrazar la estética emo y descubrir que aquello que la hacía distinta terminaría por definir su vida.
“La primera vez que deseé entrar al mundo del arte fue en la secundaria. Ahí pasé por la etapa de ser emo. Si de por sí un adolescente piensa que el mundo está en su contra, al seguir a esta tribu urbana aumentó más mi situación emocional. Lo oscuro, la muerte, el color negro y el rock me han marcado durante toda mi vida”.
Cuando vives en una ciudad conservadora, asistes a una escuela católica y las apariencias son tan relevantes, la controversia no se hace esperar. Como ocurre en las historias de quienes se decantan por la creatividad, Luilli se convirtió en la oveja negra. Sin embargo, detrás del estigma se estaba construyendo algo más: una personalidad indómita ante los avatares de la vida y un refugio para todo lo que entonces no sabía cómo nombrar. El dibujo, la música y los mundos oscuros trabajaban en ella forjando su destino. Ellos, y una presencia fundamental: su maestro de dibujo y pintura.

“Él me inspiró a meterme en este mundo e integrarlo a mí. El maestro Javier Contreras me enseñó técnicas, procesos y formas de experimentar que hasta hoy sigo poniendo en práctica. Atestiguar que tenía un estilo tan único me inspiró a buscar el propio”.
Ese encuentro sembró una semilla de expresión y abrió la puerta a un espacio de introspección para sobrellevar los momentos más difíciles. Por eso es que una libreta la acompañaba a todas partes porque mientras otros tomaban apuntes, ella dibujaba. Ahí iban a parar la tristeza, el miedo, las pérdidas y todas las preguntas que todavía no podía responder con palabras pero que en su lápiz adquirían forma y tamaño precisos.
Cuando su familia descubrió que el arte no era un pasatiempo, sino que constituía su vocación universitaria, la oposición fue rotunda. Luilli, la alumna de altas calificaciones, pretendía “tirar todo por la borda” persiguiendo una profesión que, según el prejuicio común, no le daría para comer.
“Mi tía Lety fue la única que creyó en mí. Me apoyó para irme a la FIME (hoy DICIS) en Salamanca, a la carrera de Artes Digitales. A pesar de no contar con el apoyo de mis padres, ella, que siempre fue como mi madre, me dijo que me fuera, que me pagaría la carrera. Por eso le eché tantas ganas”.
Con ese respaldo, la universidad expandió sus horizontes hacia la edición de video, la fotografía y el cruce tecnológico. Su empeño la llevó a participar dos veces en el Proyecto Posh en San Cristóbal de las Casas con performance y videomapping, y más tarde en el Festival Internacional Cervantino con una exposición fotográfica. Los caminos parecían abrirse de par en par; Luilli soñaba con la producción artística y la colaboración en Museos, pero el destino suele sonreír aguardando silencioso para sorprendernos con encrucijadas repentinas, y esta historia no sería la excepción.
“Mi tía falleció cuando yo aún estaba en la universidad. Su muerte me dolió en el alma; al principio me caí muchísimo e incluso pensé en dejarlo todo. Pero, en un esfuerzo por levantarme, el duelo se transformó en fuerza y cursé lo que faltaba con más ahínco que nunca. Fui la primera de mi generación en terminar. Quería más, así que apliqué a un posgrado en la Universidad Autónoma de Querétaro, pero no pasé. El golpe fue duro: sin embargo me enseñó que no siempre podemos tener todo lo que soñamos”.
Tras culminar una maestría en Artes en la Universidad de Guanajuato y trabajar en medios de comunicación como El Sol del Bajío y el noticiero digital del periódico Correo, donde refrendó su amor por la edición de video y se perfeccionó, el azar movió sus fichas a través de una colega que le sugirió hacer el examen para ingresar al magisterio de secundaria.
“Al principio yo no pensaba ser maestra; creía que no estaba hecha para cuidar niños. Pero lo intenté por estabilidad. Ni siquiera me preparé para el examen; fui a León a presentarlo solo para ver qué pasaba y resulté el cuarto lugar estatal. Mi amiga me guió en el proceso porque yo aún dudaba, hasta que soñé con mi tía Lety. Recordé que ella había sido maestra y entendí que, si esto se acomodaba de tal forma, era por algo”.
Su debut como profesora de Artes estuvo lleno de miedos y tropiezos, pero también se sostenía una certeza que ha sido determinante.
“Mi primera clase fue con el grupo de Primero A. Ellos venían saliendo de la primaria y yo de renunciar a los medios. Ambos estábamos nerviosos. Empecé a hablar y, aunque seguramente di una clase terrible, los niños respondieron de maravilla. Ahí supe que la docencia era lo mío”.
Enseñar se convirtió en otra forma de crear. Sin embargo, el aula también le devolvió el reflejo de una realidad cruda: la profunda soledad de las nuevas generaciones.
“Hay una falta grave de atención e interés en los hogares. Muchos niños crecen abandonados y lastimados, buscando pertenecer a través de estereotipos o cayendo en el espejismo de las drogas a edades tempranas. Y entonces a los maestros se nos exigen soluciones que no tenemos, porque no somos la familia que los educa”.
Frente a ese panorama, Luilli asumió su materia como una trinchera de identidad.
“Mi clase suele verse como una materia ‘que no cuenta’. Sin embargo, el arte es fundamental para el científico, el ateo o el ingeniero; está en todas partes. Siempre les digo al iniciar el año: aquí no vienen a hacer dibujitos para pasar el tiempo, vienen a conocer herramientas para expresar sus emociones. Y aunque no sepan dibujar, en este salón no hay dibujos feos”.
Para estrechar ese lazo y ofrecerles un puerto seguro, nació “Maestra Luilli” en plataformas digitales, un proyecto que decantó en el pódcast Después de la secundaria.
“La idea me rondaba desde hace tiempo, pero me daba pánico la crueldad de las redes. Empecé perdiendo el miedo a la cámara haciendo transmisiones en vivo para mi página de ropa Lu CruVA Bazar, esa experiencia me dio las tablas para lanzar el pódcast en Facebook y YouTube. El objetivo es darles voz a los jóvenes, saber qué fue de ellos tras dejar la secundaria. Escuchar cómo han buscado su identidad y verlos crecer me llena de una satisfacción enorme”.
En ese desfile de historias, hay nombres que se quedan grabados en la memoria. Para ella, ese nombre es Max.
“Tuvimos una relación muy cercana. Por situaciones complejas en su hogar, se vio obligado a dejar la escuela. Desde mi impotencia de maestra nueva, yo quería salvar a todos, pero Max me enseñó que no tengo una varita mágica para rescatarlos de su realidad. Incluso quise adoptarlo, aunque legalmente no era sencillo. Hace poco, en el pódcast, Max sacó una carta que yo le escribí hace años donde le decía cuánto lo quería, el miedo que me daba su partida y el ruego de que no dejara de estudiar. Lloré ante la cámara. Verlo hoy en la universidad, viajando por Europa y haciendo deporte, me llena de orgullo. Para mí siempre será ese niño solitario que demostró que se puede vencer a la adversidad”.
Hoy, este espacio alterno al salón de clases suma cada vez más seguidores. Los adolescentes conectan con la profesora de los outfits temáticos, los aretes extravagantes y los memes ingeniosos porque reconocen la autenticidad. El pódcast cumple su cometido original.

“Quiero que sean valientes, que se hagan escuchar. Espero que este espacio reciba a chicos de muchas otras escuelas. Al final, todos somos artistas de nuestra propia historia. Si mis alumnos olvidan las técnicas que les enseñé, solo quiero que recuerden esto: luchen por sus sueños, porque no importa cuántas veces el mundo les diga que no, las únicas personas capaz de detenerlos son ustedes mismos”.
A lo largo de su vida, a Luilli le han repetido el “no” como un mantra; que no podía ser artista, que no debía ser maestra sin pasar por la Normal, que hacer videos era ridículo o que vender ropa no era propio de su profesión. Lo que sus críticos ignoran es que ella: mujer, sobrina, hija, madre, esposa, maestra y neni, tiene otros datos.
Quizá por eso insiste tanto en repetirles que el arte no empieza con el trazo de un pincel, sino con la terca decisión de no renunciar a uno mismo. Después de todo, tras una vida de escuchar que no se podía, Luilli terminó demostrando que cualquiera puede convertirse en el autor de su propio destino. Y esa, asegura, es la forma más pura de hacer arte.

