UN CENTINELA DE PIEDRA CON CUATRO SIGLOS DE HISTORIA

A simple vista es un elemento más de la antigua arquitectura del Centro Histórico. Quien camina por la esquina nororiental de Regina y Correo Mayor apenas repara en ella. Pero esa cruz de fina y a la vez resistente cantera labrada en ese ángulo de una vieja casona ha permanecido inmóvil allí desde hace más de cuatro siglos.

Con el paso del tiempo se convirtió en uno de los testimonios materiales más antiguos de la vida cotidiana de la Ciudad de México virreinal. La cruz no es una figura religiosa que se añadió a la construcción de la casa, ni fue colocada sobre un pedestal. Es parte integral del inmueble, como si en torno a ella se hubiera levantado la casa.

Tallada en la esquina de la construcción, se integró al muro para convertir al inmueble en un discreto monumento urbano que ha sobrevivido inundaciones, epidemias, terremotos, guerras, y profundas transformaciones de la capital. Durante el Virreinato, Regina llevaba el nombre de Calle de la Cruz Verde. ¿Por qué?

Un centinela permanece en esa esquina desde hace cuatro siglos. El tiempo parece respetar la inmortalidad de esa enorme cruz de piedra. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Definitivamente, no fue una designación casual. La enorme cruz de piedra dio identidad a la vialidad durante generaciones, mientras que la actual Calle de Correo Mayor fue bien conocida como la Calle de los Migueles, antes de adoptar, definitivamente, el nombre que se relaciona con el servicio postal de la Nueva España.

Como ocurre con muchos rincones del México antiguo, el origen de esa cruz fue envuelto por la leyenda. La tradición más conocida data del siglo XIX, iniciada por Ángel R. de Arellano y retomada posteriormente por Luis González Obregón. Centra la historia en el joven español Álvaro de Villadiego y Manrique.

Llegó a la Nueva España en 1566 acompañando al virrey Gastón de Peralta. En la ciudad conoció a una mujer bonita, de la que se enamoró profundamente, pero varios obstáculos impedían el matrimonio. Cuenta la leyenda que el enamorado imploró una señal divina y, poco después, halló una cruz pintada de color verde.

Álvaro interpretó aquel hecho como un augurio favorable, sobre todo porque el camino al altar se fue abriendo. Una vez celebrada la boda, ordenó esculpir una cruz monumental en la esquina de su residencia y matizarla con el mismo color. A partir de entonces, esa calle habría comenzado a conocerse como de la Cruz Verde.

La historia posee todos los ingredientes de una novela romántica novohispana, pero hasta hoy no existe documentación de aquella época que permita confirmarla fehacientemente. Los historiadores más prudentes la consideran parte del rico patrimonio legendario de la ciudad, más que una realidad plenamente comprobada.

Existe una teoría respaldada por el contexto histórico de entonces. La cronista Ángeles González Gamio ha mencionado que, durante los siglos XVI y XVII, numerosas familias descendientes de judíos conversos colocaban grandes cruces en las fachadas de sus casas como una prueba pública de su adhesión al cristianismo.

Bajo la constante mirada del Tribunal del Santo Oficio, exhibir esos símbolos ayudaba a disipar sospechas sobre posibles prácticas judaizantes. Otras referencias señalan, además, que la cruz conservó durante mucho tiempo restos de pintura verde, circunstancia que habría dado origen al nombre tradicional de la calle.

Esa interpretación resulta consistente con las prácticas sociales y religiosas de la Nueva España. Aunque la cruz posee un enorme valor estético y arquitectónico poco común, a diferencia de los humilladeros o cruces atriales colocadas en plazas y templos, ésta forma parte de una vivienda civil en pie hasta hoy en día.

Su talla sobria, sin la exuberancia ornamental del barroco novohispano, hace pensar en un origen temprano, tal vez entre finales del siglo XVI y principios del XVII. El desgaste en la cantera evidencia siglos de exposición a la lluvia y la contaminación, pero también de la calidad de los materiales y de la pericia de los canteros.

Aunque la cruz posee un enorme valor estético y arquitectónico poco común, forma parte de una vivienda civil en pie hasta hoy en día. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Fue testigo de la Independencia, de las Leyes de Reforma, de la Revolución Mexicana, del tendido de las líneas del tranvía, de la electrificación de las calles del Centro Histórico y, ya en el siglo XXI, de la puesta en marcha del corredor peatonal Regina que devolvió a esa antigua calle su vocación cultural y comunitaria.

No existe una cédula informativa que explique su origen ni un señalamiento que invite a contemplarla. Miles de personas pasan a diario frente a ella sin saber que esa sencilla cruz dio nombre a una calle durante siglos, y que su historia resume parte de la compleja vida religiosa, social y urbana de la Nueva España.

Mientras los grandes monumentos atraen todas las miradas, la Cruz Verde custodia, en silencio, su misma esquina. No necesita imponerse por su tamaño. Le basta con subsistir en el mismo sitio donde fue labrada hace más de 400 años y demostrar que la historia puede habitar en una piedra que el tiempo se niega a borrar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *