LA DISCRETA PARROQUIA DE SAN SEBASTIÁN
San Sebastián Atzacoalco tiene su propia parroquia y, desde allí, custodia la memoria del barrio indígena más antiguo del oriente de la vieja Tenochtitlan, mientras la gente cruza todos los días las calles José Joaquín Herrera y Rodríguez Puebla rumbo a los mercados de La Merced o al Centro Histórico.
Pocas personas, sin embargo, imaginan que detrás de su sobria fachada, construida de tezontle y cantera, permanece uno de los testigos religiosos más antiguos de la Ciudad de México, que es más que un templo virreinal: Es el último gran referente de un barrio cuya historia comenzó antes de la llegada de los españoles.
Fichado como monumento histórico por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el inmueble es parte del patrimonio protegido del Centro Histórico de la Ciudad de México. Varias instituciones culturales y de conservación del patrimonio nacional han dado su protección a esa interesante parroquia.

El Catálogo de Monumentos Históricos del Centro Histórico cita su construcción original en el siglo XVI, documenta importantes intervenciones arquitectónicas a lo largo de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, y evidencia una constante adaptación a las necesidades litúrgicas y a los efectos del paso del tiempo.
De acuerdo con ese documento, elaborado por la Autoridad del Centro Histórico, su origen se liga a la reorganización de México-Tenochtitlan tras la Conquista. El antiguo barrio prehispánico de Atzacoalco quedó integrado a la parcialidad indígena de San Juan Tenochtitlan, jurisdicción indígena establecida por los españoles.
Desde ese momento los franciscanos comenzaron el proceso de evangelización. Ellos levantaron pequeñas ermitas en los barrios indígenas antes de que existieran las grandes parroquias novohispanas. La iglesia de San Sebastián surgió precisamente como uno de esos primeros centros de doctrina para la población originaria.
Durante la Colonia, San Sebastián fue mucho más que una iglesia. El conjunto parroquial integró un hospital, una escuela, un noviciado y dependencias para la vida conventual, funciones que respondían claramente al modelo asistencial impulsado por las órdenes religiosas en los barrios indígenas de la capital.
La enseñanza de la doctrina cristiana, la atención a los enfermos, y la organización de la comunidad se desarrollaban alrededor del templo, convirtiéndolo en el verdadero centro de la vida cotidiana de Atzacoalco. Con el paso de los siglos, enfrentó inundaciones y hundimientos propios del antiguo lecho lacustre.
Diversos estudios históricos coinciden en que la primera construcción fue modesta. El edificio actual es resultado de sucesivas ampliaciones durante el Virreinato. Esa evolución explica la convivencia de elementos arquitectónicos pertenecientes a distintas épocas, característica en los templos antiguos de la Ciudad de México.
Uno de sus mayores valores es su sistema constructivo. El catálogo oficial del Centro Histórico identifica una fachada realizada con tezontle rojo y cantera, mientras que los muros son de piedra y la cubierta es una losa plana franciscana, solución arquitectónica utilizada durante los primeros años de la evangelización.
Se usaron esos materiales para disminuir las cargas estructurales en una zona lacustre, donde la ligereza de las cubiertas era clave. Especialistas en arquitectura virreinal dicen que la parroquia conserva un sistema estructural de madera de tradición mudéjar, uno de los pocos sobrevivientes en el Centro Histórico.
Además, a diferencia de las grandes iglesias barrocas cubiertas con bóvedas de mampostería, San Sebastián preserva soluciones constructivas propias de los primeros decenios del periodo novohispano, cuando los recursos disponibles y las condiciones del subsuelo obligaban a privilegiar estructuras más ligeras.
Las transformaciones urbanas derivadas de las Leyes de Reforma hechas por Benito Juárez y el crecimiento desordenado del Centro Histórico también lo afectaron. A pesar de ello, conservó su función religiosa y evitó las mutilaciones arquitectónicas que en esos años afectaron a numerosos edificios conventuales de la ciudad.

La riqueza artística del templo ha sido menos difundida que la de otros recintos históricos de la capital, pero investigaciones sobre el patrimonio religioso del barrio mencionan la existencia de imágenes coloniales, antiguos retablos, un púlpito de manufactura virreinal y esculturas de notable valor devocional.
Esta parroquia sigue hoy abierta al culto. Su discreta belleza contrasta con su enorme importancia histórica; es uno de los pocos edificios que permiten seguir la huella del antiguo barrio indígena que le dio nombre y comprender cómo la evangelización, la arquitectura y la vida comunitaria moldearon esta ciudad.
En una capital acostumbrada a mirar hacia la Catedral Metropolitana, La Profesa o Santo Domingo, San Sebastián recuerda que la historia también vive en los templos silenciosos. Entre sus muros permanece intacta una parte de la memoria de la antigua Tenochtitlan. El dato curioso: San Sebastián es el Patrono contra las epidemias.

