Cuesta China y Sebastopol: rutas paralelas

              Dos sendas angostas, de nombre extraño,

atestiguan el transcurrir de la existencia

En Guanajuato capital, hay callejones de fama imperecedera. Miles de parejas de muchas partes del país llegan al del Beso, por ejemplo, para invocar la esperanza de un amor duradero, mediante un ósculo en el tercer escalón o frente a frente en sendos balcones de una trágica leyenda. O bien, algunos visitantes suben esforzadamente por los multicolores peldaños de Los Angelitos, para acortar su encuentro con las Momias. Otros, como Tamazuca, son reminiscencia de antiguos trayectos mineros. Igualmente, los hay que recuerdan terroríficas historias, entre ellos Cabecita o El Infierno.

Sin embargo, muchos más existen como vías fundamentales que enlazan las vidas cotidianas de los habitantes, llevando de un lugar a otro los sueños, aspiraciones y tristezas de quienes los recorren. No poseen monumentos, ni arcos distintivos ni son sede de importantes oficinas; pero sí son senderos urbanos identitarios, retorcidos, añejos y absolutamente necesarios para comunicar barrios, calles, plazas y personas. Entre ellos están Cuesta China y Sebastopol.

Sebastopol: una caída de agua marca el inicio del callejón y, más adelante, una escalera lleva a un rincón oculto.

Ambos callejones parten del recientemente renovado mirador del Venado, amplio espacio construido en piedra todavía útil para extasiarse con la vista del peculiar centro histórico guanajuatense. A derecha e izquierda de dicho balcón, las dos rutas descienden entre casas apretadas, milagrosamente construidas sobre la empinada vertiente del cerro de San Miguel, permitiendo observar desde diversos ángulos la aparentemente caótica configuración urbana.

Sebastopol es un nombre adoptado por varias localidades en el mundo. Hay tres en Estados Unidos, un par en Australia, otra en Gales y hasta una en el estado de Tabasco, pero la más famosa es un puerto ucraniano -actualmente en poder de Rusia-, situado en la península de Crimea, sobre el Mar Negro, escenario de al menos un par de largos sitios: uno a cargo de Francia y Gran Bretaña, durante la Guerra de Crimea (1854-55), y otro durante la II Guerra Mundial, cuando fue tomado por los alemanes y recuperado después por los soviéticos.

Sebastopol: una “torre” azul asoma; metros más allá, un cánido reposa indiferente a los peatones.

¿Cómo y por qué se adoptó ese nombre para un callejón guanajuatense? Es un misterio. Lo cierto es que, en tiempos de lluvia, el agua forma parte del recorrido. Desde el mismo filo de la carretera Panorámica, el agua forma una pequeña cascada y crea un arroyuelo cuyo caudal va deslizándose a lo largo del camino, unas veces oculto bajo el piso, otras a descubierto e incluso escurriendo sobre el adoquín.

El recorrido es estrecho, aunque suficiente para que la gente vaya y venga sin estorbarse mutuamente. En ciertos espacios, aún es posible avistar una hermosa vista de la ciudad, comprendiendo lugares tan emblemáticos como las iglesias de San Roque y Belén, el Jardín Reforma, la maciza estructura de la Alhóndiga de Granaditas y, un poco más allá, el templo de Mellado y las lejanas estribaciones iniciales de la Sierra de Santa Rosa.

La ciudad asoma en una zona libre de Sebastopol.

La caminata discurre entre casas típicas, coloridas unas, deterioradas otras. Una torre azul emerge a un costado, un ciprés se acomoda a duras penas en una jardinera, adornando la escalera de entrada a una vivienda; un perro observa impasible a los caminantes, sin molestarse siquiera de levantarse de su cómoda posición, y una escalera parece perderse hacia lo alto. Conviven al paso inmuebles con el enjarre desgastado con otros más nuevos cuyas paredes se curvan siguiendo la forma del callejón.

Aún más abajo, se muestra un hidrante erosionado, antes de que Sebastopol termine —o inicie, según se suba o se baje— en su enlace con Contrapresa del Venado, trayecto que a su vez desemboca en Casualidad para continuar por Pajaritos y León de Bronce, o bien por San Cristóbal, para abordar la ruta de las callejoneadas y, por último, finalizar en la calle de Alonso. Una pendiente con vueltas y revueltas capaces de confundir al más pintado.

Lo viejo y lo nuevo en Sebastopol.

Y si Sebastopol tiene una denominación extraña, su vía paralela, Cuesta China, no se queda atrás. Una vez más, la razón para tan extraño nombre se desconoce. La travesía por este otro camino es igualmente laberíntico, aunque es verdad que, al principio, partiendo junto al mirador del Venado, bordea el cerro y deja entrever ciertas áreas de la ciudad, pero enmarcadas por ramas de árboles y ventanas sin terminar.

Sebastopol desemboca en el callejón de Casualidad.

En Cuesta China hay casas nuevas y viejas. Las primeras relucen con piedras bien colocadas, coloridas paredes, barandales y adornos. Entre las segundas, algunas están a punto de caer, o bien conservan solamente muros de adobe desgastado, aunque una pintura de la Virgen de Guadalupe luce como imagen protectora del vecindario, ofrece amparo a los peatones y da ánimo a los transeúntes cansados por la tremenda subida.

Cuesta China: un sector de la ciudad asoma entre las ramas de un árbol. Siguiente imagen: Una encrucijada dominada por el azul en Cuesta China.

Este callejón también se cruza con varias otras vías, pero no se ve interrumpido como Sebastopol, sino que luego de dar vueltas y revueltas sale por fin hacia “La Bola”, nombra alternativo dado a la calle de San Cristóbal. De ahí a la Plaza de Los Ángeles restan unos pocos metros, a menos de aventurarse en el otro extremo por Rosarito y avanzar hasta la encantadora Contrapresa de Gavira, a la vista de la imponente torre del Mercado Hidalgo.

Un marco sin terminar permite ver un cactus en Cuesta China; metros abajo, un sol de cerámica adorna una casa con techo de lámina.

Dos sendas céntricas, dos alternativas para subir o bajar por una cuesta empinada. Dos callejones como hay muchos en Cuévano, con recovecos y desvíos inciertos para quien no conoce el rumbo, pero fundamentales para los habitantes, esos que han resistido la tentación de mudarse al sur, por falta de alternativas o gracias a sus resistentes meniscos, y asimismo estudiantes deseosos de probar la loca vida nocturna del centro, e incluso refugio temporal de turistas inquietos y anhelantes de experiencias “auténticas” en la ciudad colonial.

La Virgen de Guadalupe resguarda el callejón de Cuesta China; más allá, mosaicos y piedra decoran tanto los muros como el piso. Por último: salida de Cuesta China a “La Bola”.

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