LO QUE GUANAJUATO ESCONDE DETRÁS DE SUS PUERTAS

La arquitectura de Guanajuato es inconfundible, pero sus puertas son un misterio fascinante que guardan en su interior espacios que la fachada no permite imaginar y formas de vida que solo se revelan al cruzar el umbral. 

Cuando estamos aprendiendo a vivir la ciudad, muy pronto comprendemos que una puerta nunca permite calcular el tamaño de la casa que existe detrás. Algunas se abren en fachadas tan estrechas que parecen conducir a una sola habitación; sin embargo, basta cruzarlas para descubrir un pasillo que se prolonga, unas escaleras que descienden hacia un patio o varias viviendas distribuidas en un territorio imposible de adivinar desde la calle.

Guanajuato oculta una parte importante de sí misma puertas adentro. Quien la recorre observa muros alineados a lo largo de los callejones, ventanas protegidas por antiguas rejas y entradas que parecen modestas mientras que, del otro lado, el espacio cambia sus reglas: sube, baja, se divide y encuentra lugar donde parecía que ya no quedaban posibilidades.

Muchas construcciones del centro histórico están sujetas a disposiciones especiales debido a su antigüedad y valor patrimonial. En ellas conviven muros de adobe, piedra, vigas de madera antigua, bóvedas, arcos de ladrillos y modificaciones realizadas para responder a las necesidades actuales. Tras balcones acompañados de ventanas apolilladas y pintura gastada pueden encontrarse habitaciones dignas de un museo, versiones a escala de la ciudad con desniveles, caminos empinados y pasillos estrechos que parecen tejer pequeños mundos.  

Un ejemplo de ello es la famosa tienda de Don Max con una entrada tan estrecha que apenas permite el paso de una persona a la vez. Ese primer corredor funciona como un embudo en el que coinciden quienes salen, quienes entran y quienes esperan su turno. Después, el lugar se despliega inesperadamente y hay que avanzar de una habitación a otra, subir, bajar y seguir un recorrido que no entendemos del todo pero que finalmente conduce al punto donde todo comenzó.  

Otro ejemplo es la Casa de las Brujas, una construcción de finales del siglo XIX cuya apariencia ha despertado numerosas historias. Durante un tiempo funcionó como escuela de idiomas y actualmente alberga un hotel. Desde la calle resulta difícil imaginar la extensión de sus jardines, habitaciones, terrazas y corredores interiores.

Y es que muchas de las construcciones fueron levantadas adaptándose al cerro. La piedra y los desniveles no actuaron únicamente como obstáculos sino que también determinaron la forma de distribuir las habitaciones y así aprovechar cada fragmento del terreno. Por eso es que hay casas en las que la planta baja de una calle se convierte en el segundo o tercer piso cuando se observa desde el callejón posterior, o que tienen entrada por una calle y puertas de salida que dan a otra.  

Los zaguanes y patios centrales muchas veces enmarcados por arcos y columnas de cantera resguardan la intimidad familiar y las historias de las generaciones que han pasado por ellos. Alrededor del patio pueden encontrarse distintas viviendas, algunas incorporadas con el paso de los años, como si la casa hubiera crecido junto con la familia.  

En años recientes, varios de estos edificios han sido renovados para responder a nuevas formas de habitar y a la demanda turística. Algunos interiores combinan azulejos de Dolores Hidalgo y antiguas pilas de piedra con muebles, accesorios y estilos decorativos procedentes de otros lugares. En ciertos casos, la restauración recupera elementos que permanecieron ocultos durante décadas; en otros, transforma de tal manera el inmueble que apenas deja indicios de la vida que alguna vez tuvo.

La amplitud y versatilidad de estos espacios ha permitido convertir antiguas casonas en hoteles, restaurantes, alojamientos temporales, viviendas para estudiantes o locales comerciales. Una misma construcción puede haber desempeñado distintas funciones sin perder del todo las huellas de quienes la ocuparon antes.

Las leyendas, el misticismo y los fantasmas atribuidos a estas casas también sobreviven a las remodelaciones. Hay relatos sobre figuras transparentes que recorren los corredores, pasos que se escuchan en las escaleras y puertas que se abren sin que nadie las toque. Quizá estas historias persisten porque una casa antigua nunca parece estar completamente vacía: aún deshabitada, conserva sonidos, marcas y rincones capaces de alimentar la imaginación.

También se cuentan historias de personas que, al reformar una vivienda, encontraron monedas, objetos antiguos o la célebre olla del dinero. Sean verdaderos o no, estos relatos recuerdan que debajo de cada piso puede existir otro episodio de la ciudad. Por esas paredes, patios y habitaciones ha pasado una parte de la historia del país: la vida minera, la Independencia, la Revolución y las transformaciones que condujeron hasta nosotros. 

En algunas fachadas destacan las placas de metal que señalan las casas que fueron hogar de artistas que han encumbrado la ciudad como la escritora Emma Godoy, el pintor Diego Rivera, el compositor Jesús Elizarrarás, o la casa del ceramista Gorky González en Pastita. 

Algunas puertas conducen a vecindades o conjuntos habitacionales donde varias familias comparten el mismo zaguán, las escaleras y el patio. En la calle solo se distingue un número, que no siempre lleva un orden con respecto a las otras puertas, detrás de él existen diferentes domicilios, rutinas que coinciden y vecinos que han aprendido a reconocerse por la forma de cerrar la puerta. 

Las casas aquí dejan de ser construcciones individuales y se convierten en pequeñas comunidades. La ventana de uno da al patio del otro y quizá haya un baño compartido o una cocina comunal. La ropa tendida evidencia el número de vidas que transcurren alrededor del patio; las macetas delimitan territorios y las escaleras conectan hogares que se encuentran a pocos metros aunque pertenezcan a niveles distintos.

Por eso, conocer Guanajuato como a la palma de la mano es un poco más complicado que simplemente recorrerlo y aprender su topografía. Para realmente dominarlo hay que saber desconfiar de las apariencias. Ahí donde hay seis o siete perros ladrando desde un balcón diminuto se esconden terrazas en desnivel y patios amplios, un jardín edénico puede surgir tras un pasillo angosto y sombrío. Cada entrada señala el límite entre el Guanajuato que todos observamos y otro que permanece reservado para quienes tienen la fortuna de cruzar el umbral. 

Ahí está el encanto de este lugar poblado de ranas y rodeado de sierras, en que los secretos nunca se terminan ni se revelan por completo. Detrás de cada puerta y ventana se esconden otras, pequeñas, discretas, casi impenetrables mientras que afuera, en el barullo del día a día, la ciudad continúa creciendo hacia arriba, hacia abajo y hacia el interior de sí misma como esa inmensa hamaca que ha sido siempre y que se extiende, se pliega y se mece a capricho del viento.  

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