EL JARDÍN DE CRISTAL QUE ILUMINA UN PALACIO
Hay lugares del Centro Histórico de la Ciudad de México que invitan y obligan a levantar la mirada. Uno de ellos está en el número 3 de la avenida 20 de Noviembre. Hace muchos años que allí se localiza El Palacio de Hierro. Desde la calle podría parecer uno de tantos grandes almacenes que han sobrevivido al imparable paso del tiempo en esa antigua zona.
Pero no. Basta cruzar sus puertas y mirar hacia arriba para descubrir uno de los tesoros artísticos menos conocidos de la capital: un enorme vitral que, desde hace más de un siglo, convierte la luz del día en una especie de jardín suspendido. La obra fue diseñada en 1921 por el artista francés Jacques Grüber, maestro vidriero de la “Escuela de Nancy”.
Fue armada en Francia con vidrios de colores y motivos florales propios del Art Nouveau de la época. Grüber diseñó el vitral para la citada tienda departamental. Para comprender por qué ese vitral está allí hay que retroceder tres décadas. En 1888, los empresarios de origen francés Joseph Tron y Joseph Léautaud, decidieron crear un almacén de gran lujo.

Lo idearon inspirado en los establecimientos comerciales que habían conocido en Estados Unidos y en Europa. Adquirieron un terreno de 625 metros cuadrados en las calles de San Bernardo y el Pasaje de la Diputación, hoy 5 de Febrero y Venustiano Carranza, muy cerca del Zócalo, y levantaron un edificio de cinco pisos que para la época era extraordinario.
Su característica más llamativa estaba en eso que acabaría dándole nombre, su estructura de hierro, como era entonces una de las expresiones más visibles de la modernidad. En París, Londres y Nueva York, el hierro comenzaba a transformar la arquitectura. México, que durante el Porfiriato buscó proyectarse como una nación moderna, no se quedó atrás.
La construcción concluyó en 1891 y el primero de julio de ese año abrió sus puertas. Las fuentes históricas señalan que el inmueble se construyó con estructuras de hierro iguales a las que comenzaban a transformar la arquitectura europea, incluso la estructura metálica fue comparada con las de la Torre Eiffel, de acuerdo con documentos fiables de la época.
El nombre no nació porque dentro del edificio se vendieran artículos de hierro ni porque se tratara de un sobrenombre posterior. La denominación estuvo relacionada con la propia arquitectura del establecimiento. Mientras se levantaba ese enorme edificio de estructura metálica, su tamaño y apariencia llamaron poderosamente la atención de los capitalinos.
La construcción era tan diferente a los edificios tradicionales de la ciudad que comenzó a ser identificada popularmente como un verdadero “palacio de hierro”. El nombre terminó convirtiéndose en la identidad comercial de la empresa. Existe una versión más romántica según la cual los transeúntes preguntaban qué clase de palacio se estaba construyendo.
Lo anterior, precisamente porque veían las enormes piezas de hierro que formaban su estructura. Aunque esa anécdota circula ampliamente, lo importante es que las fuentes históricas coinciden en el vínculo fundamental entre el nombre y las novedosas técnicas de construcción metálica. Así nació el nombre de una de las marcas más reconocibles del país.
La tarde del 15 de abril de 1914, un cortocircuito provocó un incendio que prácticamente destruyó la tienda. El desastre ocurrió en uno de los momentos más difíciles de la historia nacional: México estaba en plena Revolución y, poco después, Europa entraría en la I Guerra Mundial; la empresa continuó atendiendo a su clientela en un local cercano.
Finalmente, después de 14 meses de trabajos, el nuevo inmueble abrió sus puertas el 14 de octubre de 1921, coincidiendo con el trigésimo aniversario de la empresa. El nuevo edificio fue proyectado por el arquitecto francés Paul Dubois. Fue entonces cuando el antiguo palacio de hierro renació convertido en otro palacio, esta vez de concreto armado.
Y en su interior apareció el gran vitral de Jacques Grüber, como un jardín donde no hay tierra. Grüber había nacido en Alsacia en 1870 y se convirtió en una figura fundamental de la vidriería artística francesa. Su trabajo estuvo estrechamente ligado a Nancy y al movimiento Art Nouveau, para el cual la naturaleza fue una de sus fuentes de inspiración.

En El Palacio de Hierro esa naturaleza quedó suspendida sobre los compradores. Flores, hojas, tallos y colores se entrelazan en una composición que no necesita marco. Está integrada a la arquitectura y, sobre todo, a la luz. El vitral es de vidrio de colores y un diseño floral. No es una pintura, es una obra que requiere del sol para existir plenamente.
Cuando la luz atraviesa los miles de fragmentos de vidrio, los colores se proyectan sobre el espacio interior y hacen que el techo parezca cambiar conforme avanza el día. En una época anterior a las grandes superficies comerciales y a la iluminación artificial que hoy permite comprar a cualquier hora, un recurso semejante debía resultar deslumbrante.
El primer Palacio de Hierro, el que dio nombre a la empresa por su estructura de hierro, desapareció entre las llamas de 1914. El segundo, construido después de esa tragedia, conserva en cambio un jardín de cristal que sobrevivió a generaciones de compradores, modas, crisis económicas, cambios urbanos y transformaciones del Centro Histórico.

