Striptease de colegio
A mediados de los años noventa del siglo XX, los centros nocturnos de la Ciudad de México que tenían como atractivo principal el striptease, ya olían a despedida. Fue una época triste para alguien que desde niño fue un mirón irredento.
Hice mis primeros escarceos por los agujeros de la carpa Rosalba, que se ubicaba en las fronteras de las colonias Tacuba y Azcapotzalco. Las mujeres a las que espiaba no se desnudaban, sólo bailaban en paños menores frente a una concurrencia compuesta de albañiles, soldados, jóvenes reventando en barros, borrachos y obreros, entre otros. Pero eso bastaba para provocar en los fisgones una crisis erótica.
Con el paso de los años me convertí en un cliente asiduo de lugares que combinaban humo de cigarro, alcohol, exhibición explícita del cuerpo femenino y gritos obscenos que emergían de la oscuridad. Esos ambientes me chiflaban. No siento pena al confesarlo, no me arrepiento de haberlo hecho y estoy abierto a que los lectores me embarren con cualquier epíteto que se les ocurra.
Muchos pueden pensar que la gente que asistía a los antros de striptease estaba enferma. Es posible que tengan razón.
La psicología, que es la disciplina más respetada cuando se trata de analizar la conducta de los individuos, aborda el fenómeno del striptease desde la perspectiva de quién lo practica y quién lo consume. En lo que corresponde a las desnudistas, señala que hay personas que disfrutan la sensación de control y de empoderamiento a través del movimiento de su cuerpo y de la atención recibida en este caso por parte del público.
No es un secreto que para el espectador el striptease ofrece una fantasía de dominio: el cliente paga por una interacción donde el deseo está garantizado y donde el riesgo de ser rechazado prácticamente se reduce a cero.
Ignoro cuándo surgió el interés por el cuerpo desnudo, pero me imagino que fue a la par del voyeur que se escondía detrás de los matorrales para admirar la belleza que se bañaba en el río más cercano. En cuanto al striptease moderno, Europa lo vio nacer a finales del siglo XIX, lo que no quiere decir que no haya antecedentes más antiguos. De hecho, nadie puede atribuirse la paternidad de ese espectáculo.
El año de 1893 es significativo en el universo del striptease, al marcar una fecha exacta de estos atrevimientos: 9 de febrero, en el Moulin Rouge de París. Las crónicas de la época señalan que una bailarina conocida como Mona realizó allí un número de effeuillage (es decir, “deshojar” o quitarse las prendas poco a poco) ante unos azorados estudiantes.
Siempre París, siempre la Belle Époque, cuando Montmartre convirtió el cabaret, el café-concert y el music-hall en espacios mágicos para experimentar formas hasta entonces inéditas de espectáculo, sensualidad y provocación, y el Moulin Rouge, inaugurado en 1889, fue una de las catedrales de esa transformación.
En un extraño alineamiento de las estrellas, también en 1893, durante la Exposición Universal de Chicago, la bailarina Little Egypt desplegó en el escenario una variante de danza oriental conocida en Estados Unidos como hootchy-cootchy, la cual fue fundamental para crear la conexión entre la danza “exótica”, el erotismo y, más adelante, el striptease estadounidense.
De acuerdo con los historiadores del espectáculo, el burlesque estadounidense, el vodevil, las ferias y las danzas “exóticas” fueron decisivos en la conversión del desnudo progresivo en un género teatral propiamente dicho.
Para las primeras décadas del siglo XX, el fenómeno ya había evolucionado en Estados Unidos. El burlesque puso su granito de arena al incorporar números cada vez más atrevidos, convirtiendo al striptease en una de sus atracciones principales. Para esto, fue fundamental la presencia en el escenario de Gypsy Rose Lee, que en las décadas de 1930 y 1940 transformó el striptease en un espectáculo de elegancia y seducción, no simplemente de desnudez.
Y hay un dato particularmente interesante: el término “striptease” es posterior al nacimiento del espectáculo. Primero existieron los números de effeuillage, disrobing y exotic dance; posteriormente se consolidó la palabra inglesa striptease. Para los que ya no se acuerdan, el striptease es el espectáculo público en el que una persona se despoja hasta la última de sus prendas al ritmo de la música.

El capitalismo tiene la virtud de convertir cualquier amenaza social en moda, en parte de la sociedad del espectáculo. Si lo hizo con el hippismo, con el fenómeno punk y con la atmósfera dark, por dar ejemplos, qué le iba a durar la práctica comercial del striptease. Al llegar los años sesenta, el striptease ya prácticamente tenía como centro de exposiciones los cientos de piano clubs de Norteamérica. Desnudarse en público ya no era un acto subversivo, era, si vamos al caso, una actividad con la que la hermana mayor podía pagarse los estudios.
La domesticación total de lo que un día fue un baile provocador llegó con el Colegio de Striptease The Pink Pussycat, el cual se instaló en un teatro de burlesque en Los Ángeles, propiedad de Harry y Alice Schiller. Según rezaba uno de sus anuncios no era propiamente un colegio sino de una escuela profesional de striptease. En 1961, la mismísima revista Time documentó su existencia el 10 de noviembre del año referido, apenas unos meses después de su inauguración.
El Pink Pussycat recibía su correspondencia en el número 7969 de Santa Monica Boulevard, actualmente West Hollywood, California. Antes de ofrecer clases de striptease, el establecimiento funcionó como un club de baile latino y jazz llamado Club Seville. Por supuesto, el local no estuvo exento de sus referencias humorísticas, por ejemplo, “The Navel Academy” (la Academia del Ombligo).
Cabe destacar que, si bien la idea de transformar un club de baile en un burlesque fue del señor Harry, correspondió a Alice Schiller consolidar el proyecto, pese a que un principio lloró cuando su marido le compartió su idea crear un templo a la carne trémula. De hecho, Alice fue quien se encargó de construir la imagen glamorosa del establecimiento y de supervisar y elegir a las bailarinas, elementos que distinguieron al Pink Pussycat del resto de los antros de la zona.
Para dar mayor seriedad al colegio de striptease, el matrimonio Schileer contrató como instructora a Sally Marr, quien poseía un respetable historial como artista de burlesque. Marr encontró en el colegio de los Schiller su destino, pues fungió como directora y profesora.
El Pink Pussycat convirtió en su época al striptease en una verdadera disciplina académica al contar con un programa de materias como Historia y Teoría del Striptease; Psicología de las Inhibiciones; Comunicación Sensual Aplicada; Movimientos Básicos de Cadera y Pelvis; Metodología de la Provocación, Seducción y Estimulación, entre otras. Una vez que la alumna completaba el curso recibía un diploma.
El costo de la colegiatura era considerable para la época, aunque los 100 dólares que aportaba cada alumna por diez sesiones se volvía un factor excluyente de prostitutas y mujeres procedentes de estratos bajos. También existía la modalidad por correspondencia, cuyo costo de 4.95 dólares incluía material didáctico para resolver en casa, además de prendas y elementos propios para una potencial actuación.
El Colegio de Striptease The Pink Pussycat tuvo como público objetivo mujeres adultas que desearan dedicarse profesionalmente al striptease. Entre los requisitos registrados en 1962 pueden leerse ser mayores de 21 años, tener “buen carácter moral” (lo que esto signifique), “estar seriamente interesada en el arte del striptease y poseer determinadas características físicas”.
De esta forma, el Pink Pussycat puso al alcance de los sueños de algunas mujeres una forma de obtener o completar sus ingresos, además de sentir en carne propia el glamour hasta entonces reservado para las estrellas de la pantalla de plata.
El Colegio de Striptease The Pink Pussycat impartió sus últimas clases a finales de los años setenta, antes de convertir sus aulas en una pista de cristal de la discoteca Peanuts.

