UN PANTEÓN EN LA MONTAÑA
Hace ya algunos años, cuando ejercía mi labor docente en una comunidad llamada Los Lorenzos, para reforzar una clase de historia, organicé una excursión con mis alumnos al viejo poblado minero de La Luz y sus alrededores. Entre una localidad y otra, la distancia en línea recta no es muy grande, pero se da el caso de que la primera se localiza en lo hondo del valle y la segunda en la cima de la montaña, así que para llegar debe subirse una empinada cuesta, entre cultivos, quebradas y roquedales. Eso sí, a cada vuelta del camino se divisa un paisaje abrumador.

Sin embargo, las niñas y niños de aquel entonces, acostumbrados a las caminatas y las duras faenas agrícolas, se comportaron a la altura e hicieron el trayecto entre juegos, risas y bromas. Tampoco entraron en pánico cuando, ya de regreso, dos enjambres gigantescos de abejas pasaron zumbando sobre nuestras cabezas. “¡Agáchense y no se muevan!”, les dije, más espantado que ellos. Afortunadamente, los insectos siguieron su viaje y pude entregar ilesos a mis pupilos.
Pero lo que deseo contar ocurrió antes. Luego de la visita al mencionado mineral de La Luz, era de mi interés que conocieran el panteón cercano, encaramado en la cima de otro cerro, junto al poblado llamado Sangre de Cristo y a un lado de la carretera que lleva al Cubilete.
Ese sitio sí les causó honda impresión, pues varias de las tumbas se encontraban abiertas, otras semiderruidas y, entre las aberturas asomaban esqueletos, huesos, restos momificados y hasta jirones de ropa de las personas allí sepultadas. La certeza de que la vida tiene un fin y la curiosidad hizo que me abrumaran a preguntas.


Ha pasado más de un cuarto de siglo desde entonces. He vuelto varias veces al lugar, porque en él reposan, ahora, los restos de algunas personas muy queridas. La construcción data de finales del siglo XIX. Muestra una portada neoclásica de cantera rosa bien conservada, pero la mayor parte del muro perimetral de piedra se ha derrumbado, lo que no resulta tan malo, pues permite apreciar el paisaje circundante desde una ubicación privilegiada.

El camposanto ha sido remodelado. Aún se utiliza, así que puede visitarse cualquier día. Ya no quedan restos humanos a la vista, pero se ha tenido el tino de conservar las tumbas más antiguas, con sus placas de cantera o mármol, que revelan la opulencia de algunos de los difuntos allí inhumados, por lo que conserva cierta aureola de misticismo que mueve a la reflexión sobre lo efímera que resulta la existencia.

No es todo: en las cercanías, quedan los restos de otra necrópolis aún más antigua. A espaldas de un campo de beisbol, se alzan las tumbas vacías de lo que fue el sitio de destino final de muchos de los pobladores de esa región minera. En esa zona se localizó la veta de San Bernabé, o veta madre, que dio origen al surgimiento de la ciudad de Guanajuato y su añeja riqueza colonial.

Los cenotafios, hoy en día, se levantan entre el pasto silvestre, como mudos testigos del paso de los hombres por los viejos caminos, a través del tiempo.


