LA MADRE DEL MONSTRUO
Publicado en 1792, Vindicación de los derechos de la mujer es uno de los trabajos pioneros del feminismo a cargo de Mary Wollstonecraft, la escritora y filósofa inglesa del siglo XVIII. La autora argumentaba que el sistema educativo de la época instruía de forma deliberada a las mujeres para ser frívolas e incapaces.
Con una visión vanguardista para su época, Wollstonecraft propuso un sistema educativo con igualdad de condiciones para las niñas y los niños, lo que daría como resultado esposas y madres excepcionales, además de trabajadoras sobresalientes en prácticamente todas las profesiones.
Wollstonecraft sabía que la transformación social que sugería tenía que pasar por el terreno político, a través de una reforma radical del total del sistema educativo.
Pese a ser hija de un granjero, Wollstonecraft logró romper su entorno rural a través de lo que siempre propuso: la educación. Dio clases y más adelante trabajó como institutriz, de donde extrajo ideas y experiencias que dejó plasmadas en el libro Reflexiones sobre la educación de las hijas (1787).
Después de publicar la novela Mary: A Fiction (1788) y la mencionada Vindicación de los derechos de la mujer (1792), Mary Wollstonecraft viajó a París para atestiguar la Revolución Francesa. En la Ciudad Luz vivió con el capitán estadunidense Gilbert Imlay, con quien procreó una hija, a la que llamaron Fanny.
Tres años después, en 1793, la relación amorosa con Imlay concluyó, por lo que la escritora intentó suicidarse. La ruptura amorosa significó también el fin de la estancia de Wollstonecraft en París.
De regreso a Londres, Mary Wollstonecraft se integró a un grupo de intelectuales, entre los que figuraban Thomas Paine, Thomas Holcroft, William Blake, William Wordsworth y William Godwin. Con este último, ya recuperada del golpe emocional de su ruptura anterior, inició un noviazgo que terminó en boda, cuando la autora llevaba ya varios meses de embarazo. La pareja gozó de una felicidad efímera, pues la mujer falleció 11 días después del nacimiento de su hija, Mary Wollstonecraft Shelley.
La niña no tuvo noción de que tuvo madre, de no ser porque acompañaba a su padre, el escritor William Godwin, en sus paseos al cementerio para visitar el sepulcro de la progenitora muerta. Las visitas al panteón eran tan frecuentes que Mary, uniendo las letras de las lápidas, aprendió a leer, al tiempo que desarrolló una atracción por el tema de la muerte. Fue en la tranquilidad del camposanto para Mary donde se citaba a escondidas con el que sería su marido: Percy Bysshe Shelley, quien destacó por ser un escritor, ensayista y poeta romántico inglés, pero, sobre todo, por ser miembro de una familia aristócrata.
La vida de las Wollstonecraft estuvo acompañada por las tragedias. Con el señor Shelley, por ejemplo, Mary tuvo cuatro hijos, tres de los cuales murieron en sus primeros años de vida. Percy B. Shelley tampoco llegó muy lejos: el 8 de julio de 1822, a menos de un mes de cumplir los 30 años, pereció ahogado mientras navegaba en su velero, el Don Juan, nombre que rendía homenaje a Lord Byron. Fue éste quien dispuso que el cuerpo de Shelley se incinerara en una playa de Viareggio. El corazón de Percy B. Shelley se extrajo durante la cremación. De acuerdo con los especialistas, Mary lo guardó, envuelto en seda, hasta su muerte.
Todo mundo sabe que Mary Shelley concibió la idea de su novela Frankenstein o el moderno Prometeo durante el verano de 1816 que el matrimonio Shelley pasó en la Villa Diodat, en Ginebra, un verano que la escritora describió más adelante como “húmedo y poco amable en lo que respecta al clima, ya que la lluvia incesante nos obligó a encerrarnos durante días en la casa”.
En el encierro, Lord Byron, John Polidori, Mary Shelley y Percy Bysshe Shelley, personajes de corazón oscuro mataban el tiempo con historias como los experimentos del filósofo del siglo XVIII Erasmus Darwin, del quien se afirmaba había animado materia muerta. Asimismo, el grupo se entretenía leyendo la colección de cuentos de fantasmas Fantasmagoriana. Fue Lord Byron quien sugirió que cada uno de los miembros del grupo escribiera su propia historia sobrenatural.
Al cabo de los días sólo dos miembros de esta cofradía cumplieron con el compromiso. Mary Shelley y John Polidori presentaron, cada uno, su historia de miedo: Shelley propuso Frankenstein y Polidori El vampiro, dos historias que se convirtieron en hitos del género literario de horror gótico.
La escritora argentina Esther Cross, autora de La mujer que escribió Frankenstein, presenta en su libro un contexto cultural del siglo XIX, una era marcada por el progreso que trajo consigo la Revolución Industrial y el avance científico. El lado B de ese progreso lo representan los “resurreccionistas”, el barón Dominique-Jean Larrey, la galvanización y el acelerado desarrollo de los estudios biológicos, temas que, aunados a la presencia constante de la muerte y un halo de tragedias en la historia personal de Mary Shelley, desembocaron en la creación literaria de la criatura más prominente del amenazante industrialismo.

Los resurreccionistas eran ladrones de tumbas que estaban al tanto de las muertes que ocurrían en su entorno. Una vez que el cadáver era enterrado, y una vez que se hubiera marchado el último de los dolientes, grupos de ladrones saqueaban los objetos de valor de muertos, sacaban a flote el cuerpo aún fresco, lo colocaban generalmente en un carruaje y lo transportaban a su nuevo destino: la mesa de disección del anatomista en turno, quien, entre 1506 y 1752, sólo disponía de unos cuantos cadáveres al año para su investigación anatómica.
Las gavillas de resurreccionistas se perdieron paulatinamente en la historia después de que, en un intento por aumentar el efecto disuasorio de la pena de muerte, el Parlamento aprobó la Ley de Asesinatos de 1751, la cual permitía que los jueces, en vez de someter a los criminales ejecutados a la exhibición pública, dictaminaran que sus cuerpos podían usarse para disección. Milagrosamente, la nueva ley incrementó el número de cadáveres a los que los anatomistas podían tener acceso de manera legal. Aun así, la oferta no logró cubrir la demanda de cadáveres para satisfacer las necesidades de los hospitales y centros de enseñanza que se abrieron durante el siglo XVIII.
En 1794, Dominique-Jean Larrey fue destinado como Cirujano en Jefe al ejército que tenía como misión recuperar Córcega de manos de los ingleses. Napoleón, entonces, era un simple comandante de artillería. Larrey fue testigo del ascenso del corzo, acompañándolo en todas sus campañas, desde la de Italia en 1797 hasta Waterloo en 1815. Recibió de manos de Napoleón el título de barón y el nombramiento de cirujano honorífico de los Chasseurs de la Garde (cuerpo de guardia personal del Emperador).
Por supuesto, el nombramiento de Larrey era por la creación de un servicio de ambulancias compuesto por personal médico, además de 12 camillas ligeras, cuatro pesadas y una carreta, denominada ambulance volante, que combinaba la rapidez con la seguridad y la comodidad y que consistía en una cámara cerrada que estaba unida, por medio de ballestas, a un carro ligero de dos ruedas y tirado por dos caballos.
El meridiano oscuro de Larrey, pero no por eso inservible, fue su labor en el campo de batalla, donde hacía amputaciones in situ, a diestra y siniestra, salvando decenas de vidas, pero condenando a muchas más a una invalidez parcial de por vida, repulsiva, por cierto, para las altas esferas de la sociedad. Los registros hablan de un imperturbable Larrey, amputando extremidades en climas gélidos, utilizando sal y nieve para cauterizar heridas.
En su testamento en Santa Elena, Napoleón no olvidó incluir al barón Larrey: “Para el cirujano del ejército francés barón Larrey dejo la suma de cien mil francos. Es el hombre más virtuoso que he conocido. Ha dejado en mi espíritu la idea de un verdadero hombre de bien”.
Por supuesto, la ciencia es una de las protagonistas principales en Frankenstein o el moderno Prometeo. Es el caso del galvanismo, la teoría del médico italiano Luigi Galvani (1737-1798), que señala que el cerebro de los animales produce electricidad, la cual es transferida por los nervios, acumulada en los músculos y disparada para producir el movimiento de los miembros. A partir de la publicación en 1791 del libro De viribus electricitatis in motu musculari commentarius, el fenómeno galvánico se hizo público, creó falsas expectativas y comenzó a ser estudiado por gran cantidad de hombres de ciencia.
En un en un castillo suizo, Mary Shelley, la madre de Frankenstein, fue una lectora entusiasta de los experimentos que incluían la electricidad, la misma que apasionó al poeta Percy Bysshe Shelley y al grupo de intelectuales con los que compartía historias de miedo, entre ellos el decadente Lord Byron y al médico John Polidori, que con su novela El vampiro apenas si se dio cuenta del mito que había creado.

