NAHUALES DE TLACOMULCO
En 1597, Jacobo VI de Escocia (más tarde Jacobo I de Inglaterra y, antes de todo, James Charles Stuart) expresó con autoridad absoluta en su manual de caza de brujas el temor que existía en la incipiente Europa moderna de que el Diablo tomara posesión de un edificio. Jacobo, quien fue proclamado rey de Escocia con un año de edad, era un hombre supersticioso (como lo era posiblemente 90 por ciento de los masculinos de Occidente), por lo que no mostró rubor al escribir en su Daemonologie: “El diablo… vendrá y atravesará cualquier casa o iglesia, aunque todos los pasos ordinarios estén cerrados, por cualquier abertura por la que pueda entrar el aire”.
Con tal aseveración, por supuesto que el pueblo castañeaba los dientes de miedo, temor y terror. Tomaría casi un par de siglos para que la realidad del mal sobrenatural fuera reconocida casi universalmente. Eso sucedió en los siglos XVI y XVII y, entre otras cosas, se instauró una creencia absoluta de que “demonios, espíritus malignos y brujas acechaban la tierra con intenciones malvadas”.
Si todos esos seres mágicos de intenciones malsanas deambulaban alrededor de los desnutridos pueblerinos, ya de por sí desvelados ante tanta quema de brujas, lo más normal fue que buscaran alejar el mal de sus propiedades.
Uno de los rituales más recurrentes para proteger la propiedad privada fue rotular símbolos que la gente consideraba protectores, entre ellos grafitis y estrellas de cinco picos. A esta última se le atribuían poderes mágicos incluso contra demonios.
Jacobo VI, de quien nos ocupamos al principio de este artículo, sentía mucha preocupación por los edificios históricos, que en ese entonces tenían entramados de madera que los hacían vulnerables a los espíritus inquietos.
Y a juzgar por las evidencias, Jacobo VI fue sólo el primero de muchos jerarcas que no dormían por el miedo a que los edificios, casas e iglesias colapsaran ante los embates de los seres fugados de las pesadillas. Así lo constatan diversos estudios de edificios históricos que han revelado cicatrices de protección ritual.
James Wright, autor del artículo “Los símbolos antiguos que se usaban para alejar a las brujas” (The Arts Society, octubre 26 de 2020), explica: “Aparecen en prácticamente todo tipo de estructuras, incluyendo iglesias, castillos, casas de campo, molinos y graneros. Al mapear estadísticamente estas marcas, es habitual encontrarlas agrupadas cerca de los portales, lo que indica una preocupación real por la vulnerabilidad de estos espacios liminales”.
El mismo autor ofrece como indicadores del declive de los rituales de protección los procesos secularizados de la ilustración científica y la Revolución Industrial. “Sus propósitos se fueron olvidando gradualmente, pero los arqueólogos han constatado que muy pocos edificios medievales o de principios de la Edad Moderna carecen de estas características”.
Dicho fenómeno ocurrió en Europa… En México es diferente.
En 1987, el etnólogo y antropólogo Guillermo Bonfil Batalla (Ciudad de México, enero 11 de 1935 – Ciudad de México, julio 19 de 1991) público el libro México profundo, inaugurando la colección “Los Noventa”, una serie editorial que buscaba difundir el pensamiento crítico de la época.
En esa obra, el maestro Bonfil señala que la cultura indígena no es un vestigio del pasado, sino una civilización viva que ha resistido y se ha adaptado a lo largo de los siglos. En contraparte, Bonfil explica que “el proyecto nacional mexicano [imaginado] ha sido una construcción cultural que excluye y margina a las culturas originarias, imponiendo un modelo de desarrollo que desconoce la diversidad cultural del país”.
Así, el México profundo de Guillermo Bonfil Batalla “representa la continuidad histórica de la civilización mesoamericana, mientras que el ‘México imaginado’ es una imposición cultural eurocéntrica que pretende homogeneizar la pluralidad”.
En el caso del estado de Tlaxcala, los símbolos de protección ritual no se erosionaron y si así ha sido, el desgaste ha sido mínimo, pues la gente del pueblo se encarga de mantenerlos de pie.
Un elemento de la simbología mágica de protección que persiste en Tlaxcala es la imagen de la cruz, que se traza con cal o pintura blanca en paredes de casas, capillas, terrenos de siembra y que lo mismo expresa luto y respeto por los difuntos, además de que mucha gente la utiliza como amuleto para la protección contra las brujas, los espíritus malignos en general… y de los nahuales.
Cuando en 2020 mi pareja y yo nos mudamos a vivir en Tlacomulco, Tlax., nos llamó la atención la gran cantidad de cruces rotuladas en paredes. Alguien nos explicó que la cruz de cal servía para ahuyentar los grandes remolinos que causa el viento en esta zona, pues se considera que en la espiral viaja algún espíritu malintencionado.

El señor Bernardo Jiménez, quien me renta el local donde he montado una tienda, me narró que cuando su primera nieta tenía semanas de nacida, escuchó pisadas fuera de la casa, identificando a la mañana siguiente las huellas de un nahual. Por la noche elaboró una primitiva cruz con ramas de ocote, que mantuvo encendida por el tiempo necesario para “correr” al nahual que intentaba astillar o derribar la puerta.
Don Bernardo, asimismo, me platicó que un tiempo trabajó como albañil en el municipio de Nanacamilpa. Un sábado comenzó a beber pulque con otros dos compañeros. Don Bernardo y otro colega se emborracharon al grado de quedarse dormidos. Cuando despertaron, por la madrugada, se enteraron que el compañero que no se emborrachó los cargó y los llevó a su casa. ¿Cómo? Se rumoraba en Tlacomulco que aquel hombre era un nahual. Aquella vez demostró que no eran consejas las historias que lo circundaban.
De acuerdo con don Bernardo, aquel hombre murió bajo un puente.
El puente también fue escenario de una transformación atestiguada por un joven que en ocasiones se detenía a comprar en mi tienda. Aquella vez llegó blanco como una telera después de ver, debajo de un puente, cómo un perro enorme se convertía en hombre.
En el ocultismo, el puente simboliza comunicación, transición, unión y superación de obstáculos. Representa un cruce, tanto físico como espiritual, entre diferentes estados o realidades. Puede ser un vínculo entre lo terrenal y lo divino, o entre diferentes etapas de la vida. Asimismo, el puente es un lugar de paso, no de residencia. Indica que algo está cambiando o que se está avanzando hacia un nuevo estado.
En la Biblia, el eje del puente, la pieza angular, representa la expiación de Jesucristo, el Mediador, el eslabón entre la vida mortal y la inmortalidad, la conexión entre el hombre natural y el hombre espiritual, el cambio de la vida temporal a la vida eterna.
Así, la pregunta es obligada: ¿qué es un nahual? ¿Una bestia de antigüedad precolombina? ¿Una entidad en conexión con el mundo espiritual? ¿Un animal protector? ¿Un compañero? ¿O, simplemente, representa la dualidad inherente al ser humano, la conexión entre la conciencia humana y la naturaleza animal?
Lo que sea, el nahual es una figura mítica que goza de cabal salud en el altiplano mexicano. Nadie pone en duda su presencia cotidiana, ahí está, frente a ti, de día o de noche.
Un apunte final. Hace algunos meses intenté formar y dirigir un equipo de futbol de niños y adolescentes, pero no puede reunir a más de seis jugadores. Había entusiasmo, incluso entre los padres de los menores. Cuando uno de ellos me preguntó que si había pensado en un nombre para el equipo, respondí: “Nahuales de Tlacomulco”.

