LA CHARRERÍA FORJÓ MÉXICO Y ESCRIBIÓ SU HISTORIA

El Museo de la Charrería resguarda la historia de ese deporte nacional bajo el amparo del exconvento Monserrat, que es su sede desde 1972. El recinto resguarda una tradición que nació en el campo, de la convivencia del hombre con el caballo en una ferviente relación que perdura a través de la historia, tocando además los ámbitos del arte y la cultura.

El Museo de la Charrería se encuentra ubicado en la esquina de Isabel la Católica e Izazaga, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en el exconvento de Nuestra Señora de Monserrat. En 1973, la capilla fue donada a la Federación Nacional de Charros y se convirtió en el museo, conocido en el mundo como “El Palacio de la Charrería”.

En 2016 la Charrería Mexicana fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO por lo que el museo es ampliamente reconocido a nivel mundial. Permanece abierto a todo público de lunes a viernes de 10:30 a 15:00 y de 16:00 a 17:30 horas, la entrada es gratuita y visitarlo es conocer parte de nuestra historia. Aquí los antecedentes:

Dos estatuas y una placa conmemorativa dan la bienvenida al mexicanísimo recinto. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Bernal Díaz del Castillo (1496-1584) fue un militar, cronista y escritor español. Participó en la Conquista de México y se le reconoce como autor de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. En ese amplísimo texto dice: “Después de Dios, a quien debemos la conquista de México, es a nuestros caballos”. A la par, aquí nació la charrería.

Como tradición ecuestre, la charrería tiene su origen en el siglo XVI con la llegada de los primeros caballos a México durante la Conquista. En los albores de la Época Colonial se demolió lo que quedaba del Imperio Azteca y sobre esos solares se empezó la traza de la nueva ciudad, hasta convertirse en lo que es, actualmente, la gran Ciudad de México.

En esos años se repartieron los pueblos y los indígenas, a título de encomienda, a cada uno de los soldados españoles. Ellos tuvieron la obligación de edificar la Nueva España. Los españoles, por temor a la sublevación del pueblo, prohibieron expresamente a los indígenas montar a caballo, bajo pena de muerte y confiscación de todos sus bienes.

A estas tierras llegaron colonos y frailes e impusieron una nueva cultura. Desaparecieron muchos elementos prehispánicos tras el brutal choque que significó el enfrentamiento de dos mundos totalmente distintos. Algunos sobrevivieron y se amalgamaron con lo que traían los conquistadores, dando paso al diverso mestizaje, las castas y las clases sociales.

Jorge Negrete fue socio honorario de la Federación Nacional de Charros. Otros personajes de la cultura popular también lucieron gallardamente el traje respectivo, como Pedro Infante y Antonio Aguilar. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Las necesidades rurales de los criadores del ganado mayor eran atendidas por mestizos e indígenas y, a partir de 1531, el fraile portugués Pedro Barrientos les enseñaba la crianza y conservación de los caballos, el arte de dominarlos y correrlos montados a pelo, con una cuerda y un cabresto. La charrería daba sus primeras señales de una vida gloriosa.

En 1535, Sebastián de Aparicio, fraile y santo, instruyó a un soldado para que construyera las primeras ruedas y la primera carreta de América. Eso permitió abrir caminos, lo que alivió un poco el enorme trabajo de los Tamemes. Aparicio: guía y mentor de indígenas en las arduas faenas de la domesticación y aprovechamiento de las bestias para silla.

Él fue quien solicitó a los reyes de España el primer permiso para que los indígenas pudieran montar. El primer virrey, don Antonio de Mendoza, otorgó a algunos caciques, vasallos y aliados permiso para montar. Con don Luis de Velasco, segundo virrey, se recibió la autorización para que indígenas y mestizos pudieran montar a caballo.

La condición era que usaran ropas de cuero, y no casimires, con el objeto de distinguirles de los españoles. En 1574 se aprobaron nuevas ordenanzas, confirmándose en 1631, en las que se reglamentaron el rodeo y el herradero, que deberían hacerse cuando menos dos veces al año, por los indios y mestizos, quienes estaban al cuidado de todo el ganado.

La hacienda fue la unidad productora en el siglo XVII, que caracterizó la vida económica de la Nueva España. Los mestizos se erigieron como expertos vaqueros, cuyas faenas rutinarias se alegraban en el campo por la diversidad de maniobras en las que imperaba la destreza y el arrojo, como lazar, seguir toros, amansar, jinetear, y otras suertes y artes.

La charrería ha formado parte de nuestra cultura, en cuya imaginería ha integrado no pocos objetos emblemáticos. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

En el siglo XVIII, el caballo era símbolo de poder: para el español, expresaba su calidad de conquistador; para el mestizo, su ascenso a la jerarquía social y su identificación con los miembros de la clase dominante, cuya posesión anhelaba. En esos años los mestizos se incrementaron haciéndose presentes en los ámbitos político, económico, social y cultural.

Numerosos personajes de la historia de México fueron grandes jinetes, como Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón, Agustín de Iturbide, Maximiliano de Habsburgo, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata y Francisco Villa, quien pasaba la mayor parte del tiempo montado a caballo, por eso le llamaron “El Centauro del Norte”.

Durante el siglo XX, la charrería desarrolló su mayor esplendor en las tierras altas. En las grandes haciendas, durante determinadas épocas del año, se llevaba a cabo el herradero de los caballos, el castrado o capadero y el tusadero, trabajos que eran motivo de grandes fiestas, y tanto los propietarios como los vaqueros se divertían mientras los realizaban.

La charrería se convirtió en deporte cuando los charros, conscientes de su valor como depositarios de la tradición, se organizaron para emular las faenas en las haciendas de antaño. Las labores campiranas charras, muy mexicanas, son una parte sensible del espíritu nacido del doloroso parto, producto de la unión de las razas indígena y española.

El Museo de la Charrería presenta numerosos objetos propios de ese deporte nacional. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Queda claro que la charrería nació en el campo y se reglamentó en la ciudad. La primera asociación surgió en la capital del país, con el nombre de “La Nacional”, el 4 de junio de 1921. Posteriormente, el 29 de abril de 1923, nació la segunda con el nombre de “Club Nacional de Charros Potosinos” (Ahora “Potosina de Charros” en San Luis Potosí).

La charrería fue declarada “Deporte Nacional”, por el presidente Manuel Ávila Camacho, e instituido el 14 de septiembre como “Día del Charro”. El 16 de diciembre de 1933 se fundó la Federación Nacional de Charros con la tarea de agrupar a todas las asociaciones del país, organizar competencias y elaborar un reglamento general para su práctica.

Hoy, más charros tienen grados académicos logrados con esfuerzo, lo que significa mayor nivel deportivo. La charrería vive el presente ganando nuevos adeptos y consiguiendo más patrocinadores, en tanto el nivel deporte sigue creciendo gracias al alto rendimiento deportivo que se imprime en cada competencia, tanto dentro como fuera del país.