JULIO CÉSAR GONZÁLEZ DELGADO Y LOS FANTASMAS DEL TEATRO JUÁREZ

«¡Christine, debes amarme!». Y la voz de Christine, infinitamente triste y temblorosa, como acompañada de lágrimas, respondió: «¿Cómo puedes hablar así? ¡Si solo canto para ti!».

Gaston Leroux. Fantasma de la Ópera

En el teatro, lo inexistente se hace posible. Todo aquello que soñamos, tememos o reprimimos cobra vida ante nuestros ojos, traspasando los límites de la realidad hasta confundirnos: ¿Quién es el desconocido que se sienta a nuestro lado? ¿Un espectador cualquiera o un alma que ha decidido mudar sus despojos al legendario teatro de las musas para disfrutar, por fin, de la vida que la muerte le negó?

Dicen que en toda familia hay un esqueleto en el armario, y en todo buen teatro, un fantasma que guarda la memoria. Por eso decidí adentrarme en los rincones del Teatro Juárez, ese palacio de luces y sombras donde, según cuentan, habitan no uno, sino cuatro espíritus custodios.

Fue Jean Cocteau quien dijo que en el teatro, como en los sueños, los muertos siguen hablando, y en este caso solo alguien que ha trabajado ahí hasta confundirse con sus muros podría contar las historias que se desenvuelven fuera del escenario y de los ojos de los espectadores. Julio César González Delgado, técnico con más de quince años de servicio, conoce cada engrane, cada cuerda, cada respiración del Juárez… y también a sus inquilinos invisibles.

El afamado Teatro Juárez y sus interiores. (Fotografías, cortesía IEC).

“He tenido varias experiencias en el Teatro desde que entré, como por ejemplo que nos jalan las cosas, nos mueven la ropa, nos tocan la espalda, nos hacen «shhh, shhh», se oyen quejidos y pasos. En la parte de la sala hay una niña de más o menos siete años con un vestido azul turquesa y hay un niño como de unos cuatro años”.

Aunque él nunca los ha visto de cuerpo entero, las cámaras de algunos visitantes han logrado captar sus siluetas: brillos que cruzan el aire, rostros fugaces en los espejos, sombras que completan un rompecabezas imposible.

“En la parte del foro habita un señor que siempre anda caminando para allá y para acá, baja, sube, se le ha aparecido a la gente. Y en la parte de oficinas hay una señora de rojo, esa señora yo no la he visto ni la he oído, pero mucha gente me ha dicho de ella. A mí los únicos que se me han aparecido son los niños y el señor pero no me da miedo, los veo como que son seres que están cuidando el teatro”.

Custodios invisibles que deciden quién puede quedarse y quién debe marcharse. Y es que el Teatro Juárez no duerme. Late, suspira, se estremece con cada paso invisible que recorre su escenario. Los que allí trabajan lo saben: no hay cortina que pueda separar del todo a los vivos de los muertos.

“Ha habido personas a las que les hacen más maldades, las asustan y ya no regresan. Pasa mucho con los de limpieza. Hay un compañero de aseo al que a cada rato le sucede cualquier tipo de Video Elena-Ortiz-fantasmas-Teatro-Juárez-1

Pie de imagen: Alguien recorre la silla en la cantina del Teatro Juárez.

OJO: El video está en vertical, favor de ponerlo horizontal

cosas, ya solo aparece todo asustado y nos cuenta lo que le hicieron. Don Leo, que fue tramoyista toda la vida, tenía mil anécdotas. Una vez salió furioso del baño porque alguien lo empujó estando ahí, pero no había nadie. Otra vez no podía abrir la puerta del escenario: se la regresaban desde dentro. Y, aun así, decía que solo le jugaban bromas sanas.”

Pero no todos los encuentros son inocentes. Durante la pandemia, Julio y su compañero Beto se turnaban para velar el teatro, día y noche.

“Cuidábamos 24 horas al teatro. Una noche —cuenta— me dijo por teléfono que estaba en el salón tocador. Pero yo acababa de verlo en el vestíbulo. Cuando bajó, me aseguró que nunca estuvo ahí. Entonces vimos a un hombre de negro, lo seguimos… y se desvaneció atravesando el muro.”

Después de las siete, cuando las luces se apagan y el silencio ocupa las butacas, el Juárez revela su otro rostro. En cada eco, en cada sombra que se alarga en los palcos, ellos se manifiestan: la niña del vestido azul, el niño sin edad, la dama de rojo y el hombre que nunca deja de caminar.

“Cuando hay festival y debemos quedarnos en la noche, las cosas pasan sin tener un por qué. Una vez la consola empezó a fallar hasta que dejó de funcionar. Una de las personas de aseo dijo que la niña se escuchaba en la parte de arriba, que se oía molesta. Le dije que fueran a comprar paletas de dulce y se las subieron a galería y como por arte de magia comenzó a funcionar todo. Las paletas desaparecieron. Las personas de aseo para poder limpiar esas áreas, que es en donde están la niña y el niño, llevan dulces que desaparecen al momento”.

Así, con dulces y respeto, los trabajadores conviven con ellos. A veces los entienden, a veces los temen, pero nunca los ignoran. Las luces titilan, el aire se espesa, y los técnicos saben que deben andar con respeto: los verdaderos amos del teatro están presentes.

No hay cadena, cerradura ni oración que los contenga.

Solo el sonido de un telón cayendo, una risa infantil perdida en la galería y un perfume antiguo que atraviesa los muros como si buscara su última ovación.

“Un día tuvimos un concierto y estuvimos montando casi toda la noche. Nos dieron corte de 4 de la mañana a 9. Todos decidimos quedarnos porque no tenía caso irnos a nuestras casas a esa hora. Nos subimos al área de palcos primeros porque ahí hay sillones en los pasillos. Cada quien se acostó en un sillón, cuando a un compañero que se llama Jaime lo jalan de los pies y lo tumban del sillón. Todos estábamos acostados, no había nadie levantado. Después ya no se quería ni dormir el muchacho”.

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Pie de imagen: ¿Quién abre la puerta?

Entre quienes los respetan, los toleran, los comprenden, están también los que les temen y prefieren poner distancia. Los custodios del Juárez, cuentan, no admiten a cualquiera.

“Hace como 8 años bajó uno corriendo de las escaleras rapidísimo, tenía 3 días que había entrado y ese día renunció. Luego nos contó que vio a la niña caminando en el pasillo y que cuando le preguntó qué hacía ahí la niña se volteó y no se le veía el rostro, era un espectro. Después de eso se fue y ya no lo hemos vuelto a ver”.

Los fantasmas del Juárez no forman una familia. Cada uno arrastra su propia historia, su muerte, su forma de quedarse. Los cuatro decidieron reservar una butaca en el Juárez por toda la eternidad.

“Hace cuatro años vinieron los del programa Paranormal y dijeron que el señor y la señora sí pertenecían al teatro. Y a los niños dicen que los llevó una persona que andaba cargando con esa pena, y ahí los dejó. El niño sí se ve más, como en la foto que te he mostrado, es el niño mirando a través del vidrio. La niña, yo en lo personal, cuando estoy en la cabina de luces la veo jugando. De repente estoy en la consola mandando luces y la niña se asoma y se regresa de una de las gradas y ya sé que quiere un dulce o quiere jugar. La niña se me aparece mucho”.

A decir de Julio César, el más temperamental es el señor.

“Él lo que hace es tocarme la espalda, me mueve la herramienta. Claro que cuando se empieza a hacer tarde y comienza a hacer ruidos muy fuertes es porque ya está molesto. Entonces mejor nos bajamos antes de que nos haga alguna maldad. Pero no me da miedo, siento que cuidan el teatro”.

Sombras que cruzan el aire, ecos de pasos en los pasillos, un canto que surge de la nada. Así se manifiestan los guardianes invisibles del Juárez. Y es que nadie abandona el Juárez del todo. Quien lo ama, se queda en él.

Dentro del majestuoso Teatro Juárez, el niño mira a través del vidrio.

“En una ocasión dos muchachos de aseo tenían que limpiar el escenario y cuando les pregunté si ya lo habían hecho dijeron que no los dejaban pasar, cuando intentaban abrir la puerta se las regresaban de adentro. Ellos se quedaron en un lado y nosotros fuimos a la puerta del otro lado. Nosotros las llamamos puerta lado Casa de Moneda y puerta lado Templo San Diego. Abrimos sigilosamente la puerta de San Diego y desde ahí vimos como la sombra les regresaba la puerta, y en cuanto don Leo preguntó ¿Quién anda ahí? se desapareció la sombra y ellos pudieron entrar. Nos tuvimos que quedar con ellos, porque ya eran como las 8:00 de la noche y acompañarlos en lo que terminaron de limpiar, estuvimos cerca de una hora porque si no, no los hubieran dejado”.

Dicen que los fantasmas del Juárez no se aparecen para asustar, sino para recordar. Que cada noche, cuando las luces se apagan y el telón cae, las almas regresan a ocupar su lugar entre bambalinas.

Nadie los ve del todo, pero todos los sienten.

Y cuando el silencio se vuelve demasiado profundo, cuando un foco parpadea sin motivo o un acorde resuena en el aire sin músico que lo toque, es entonces cuando el teatro respira —porque sabe que, incluso en la muerte, la función continúa.

Y esta es la tercera llamada…