EL RUGIR DEL MOLCAJETE BAJO LAS MANOS DE JUAN MANUEL QUINTERO SALAZAR
A la sombra de un árbol se reúne la familia apenas despunta el sol. Ahí conversan, doman las piedras, golpean y raspan. A medida que los niños van despertando se unen, buscan sus propios trozos de piedras e imitan a los adultos. Ellos no lo saben, pero al hacerlo están permitiendo que una de las tradiciones artesanales más antiguas siga viviendo.
“Mi nombre es Juan Manuel Quintero Salazar, vengo de Comonfort, Guanajuato, Pueblo Mágico, el sexto de los seis que tenemos en Guanajuato, y soy la tercera generación en la elaboración de los molcajetes”.
Hablar del corazón de México es necesariamente remitirnos a ellos, los guardianes de la piedra. Son parte de nuestra historia, de nuestras raíces, y siguen más vivos que nunca gracias a las manos firmes y expertas de los artesanos guanajuatenses de Comonfort.
“Yo nací entre los molcajetes, toda la familia eran artesanos en la casa por parte de mi papá: mi abuelito, sus hermanos, mis tíos, mis primos. Entonces, nosotros al levantarnos de dormir lo primero que escuchamos es el piqueteo de las herramientas que todos usamos. Y como todos trabajaban en conjunto debajo de un arbolito, se acerca uno a curiosear… y de ahí es donde empiezas, con una pieza pequeña y comienzas a trabajarla y a vender tu producto. Ganas una moneda, y como todo niño te alegras pensando que vas a poder comprar algo para ti. Ahí le fui tomando el gusto a hacer la artesanía y después quise hacer cosas diferentes, no solo el puro molcajete sino piezas decorativas, para concurso. Me gusta mi trabajo y en realidad cuando te involucras en el oficio ni cuenta te das por el amor que tienes a lo que haces”.

Juan Manuel se llena de orgullo al hablar de su labor, sus ojos brillan. Sus palabras son sabias, pacientes y firmes, como sus molcajetes. Lo escucho mientras me narra el proceso que debe llevar a cabo para darles vida.
“Existen varios procesos para elaborar un molcajete, porque antes de ser artesanos nosotros hacemos nuestras herramientas, no las venden en las ferreterías. Yo empiezo a enamorarme de mi trabajo al aprender todo lo que debe hacerse desde el principio: desde la elaboración de las herramientas hasta sacar el producto y venderlo. Somos herreros, luego hay que hacerla de mineros porque hay que extraer nuestra materia prima. Después empezamos a esculpir lo que es el molcajete”.
Mientras lo escucho, a mi mente viene el primer fragmento de nuestro Himno Nacional: “Mexicanos al grito de guerra, / el acero aprestad y el bridón, / y retiemble en sus centros la tierra, / al sonoro rugir del cañón.” Y no, no es una guerra lo que imagino: son ellos, los que día tras día horadan la tierra, subyugan bajo sus manos la piedra y dan forma a objetos hermosos, nuestros.
“Detrás de un molcajete hay mucho trabajo. Hay gente que piensa que llegando al cerro se agarra cualquier piedra y ya. No es así. Nosotros usamos barras, cuñas, muchas veces quebramos las piedras con pólvora cuando están muy grandes para hacer pedazos más pequeños. Es un buen de trabajo, lleva muchos procesos. Hay que cortar la piedra también con cuña y con el marro, y después de ahí sacar el pedacito que ya cortaste según el diseño que vayas a hacer, para ya afuera de la mina o del banco de piedra, estar debajo de un arbolito o una sombrita y darle forma al molcajete”.
Nadie se resiste a la delicia de una salsa molcajeteada. Cuando los chiles se muelen en una piedra volcánica, adquieren un sabor único. El molcajete es, en sí mismo, una pieza de orgullo.
“El molcajete más vendido es el de ocho pulgadas. Y es el molcajete tradicional. Nosotros ya teniendo el pedazo de piedra, tardamos alrededor de dos a tres horas en hacer uno. Lo más difícil es extraer la piedra. A veces tardas dos o tres días en obtener lo suficiente como para diez molcajetes”.
Juan Manuel Quintero no es un artesano más, es el fabricante del molcajete monumental que da identidad a su municipio y que lo da a conocer como la cuna de los molcajetes y el municipio de los grandes sabores.
“Ese molcajete mide 1.45 de diámetro por 1.14 m de alto y tiene un peso aproximado de 2 toneladas, le caben 500 litros de agua. Actualmente la obra yace en la plaza principal de Comonfort. Ese molcajete lo trabajé yo con un compañero, y con ayuda de mi papá a ratos. Tenía la intención de participar en el concurso nacional que se hace en la Ciudad de México, pero por una u otra cosa no lo hicimos. Cuando por fin me decidí a hacerlo, nos tardamos año y medio en descubrir la piedra. Ahí donde está el banco de piedra pido un apoyo con el municipio para ensolvar porque era una mina antigua, me dan el apoyo, me mandan la máquina, ensolvamos. Nosotros pensamos que era predio del ejido porque le pagábamos al ejido, pero no. Resulta que cuando ensolvamos llegó el dueño del predio, entonces nos quiso correr y todo eso y llegamos a un acuerdo. Le dije ¿sabes qué? Si tu predio llega aquí a donde estamos nosotros, porque de ese predio dependíamos en ese entonces 12 familias, le ofrecí comprarle y que solo me diera chance de conseguir el dinero y ver la forma”.
“Fue entonces que me di a la tarea de venderlo al municipio, que mi municipio tenga un molcajete que nos represente a nosotros como pueblo que se conoce por los molcajetes, un distintivo que tengamos. Que no me lo paguen a como es, pero que me den un pedazo de predio a donde pueda trabajar libre. No lo hice por dinero sino por el espacio para seguir trabajando. Se llevó el acuerdo con el alcalde que estuvo en ese entonces, el licenciado Carlos Nieto que fue el que nos apoyó para que se llevara a cabo la elaboración de ese molcajete. Nos hicimos del predio y le hicimos el molcajete al municipio. Fue una experiencia muy bonita. Me gusta lo que hago, lo hago de corazón, y más que se iba a quedar en el municipio, nos iba a representar. Estuve acampando en el cerro por tres semanas en lo que le dábamos forma al molcajete y lo tuvimos que bajar con una máquina en donde lo resguardamos en una casa. Me sirvió para reflexionar y aparte encontrarme conmigo mismo y decir, sí me gusta mi trabajo, ahí se vio que sí me gusta”.
Al escuchar a Juan Manuel hablar con tanto amor de su trabajo, es difícil imaginar que él puede ser de los últimos artesanos de molcajetes que existan. Lamentablemente, él mismo me lo confirma: la artesanía del molcajete está en peligro de extinción.
“Ya no hay más generaciones interesadas en aprender el oficio, estamos ya en la última generación, acaso saldría otra nueva, pero no creo. Ya es mucho. El trabajo de nosotros es pesado, pero es bonito. Las nuevas juventudes ya no le toman tanto cariño a la artesanía, se van más a lo monetario. Muchas empresas llegaron alrededor del estado a ofrecer trabajo, un sueldo seguro, vacaciones, aguinaldos… y todo eso va terminando con el interés de las nuevas generaciones para seguir trabajando la artesanía. Ahí yo le veo que va a estar muy duro que siga la tradición de los molcajetes”.
A pesar de todo, Juan Manuel Quintero intenta, lucha, trata de rescatar de entre la desesperanza la mejor materia prima para que no muera su oficio.
“En un intento por salvar esto he estado impartiendo talleres con la Casa de la Cultura de mi municipio para inculcarles a las generaciones actuales el interés por saber cómo se elaboran los molcajetes. Hemos impartido tallercitos, pero la verdad son muy pocas las respuestas que tenemos. Como le digo, para hacer tu artesanía tienes que tenerle amor a tu oficio, como cualquier trabajo. Y si no lo tienes no se da. Ahorita tengo pensado en un futuro, si Dios me lo permite, tengo un predio de donde sacamos la piedra y sí me gustaría buscar el apoyo para hacer un tejadito e invitar a la gente a que aparte de ir a hacer una artesanía vayan al cerro donde está más tranquilo el tiempo, donde no hay distracciones de nada y que las nuevas juventudes se metan esa idea de hacer algo y no nada más estén con el celular, la televisión, la computadora. Que vivan un oficio extra”.
Para Juan Manuel Quintero Salazar, una de las experiencias qué más ha dejado huella en él fue su viaje a Madrid.
“Me invitaron a Madrid. Estuve 10 días y marcó mucho mi vida, porque sales de tu país y te conviertes en una sorpresa para el mundo porque te miran esculpir una piedra con tus pies descalzos, con tu herramienta hecha con tus propias manos, una herramienta artesanal y que te feliciten por lo que haces… ahí fue donde me cayó el veinte de que todos los artesanos que hacemos diferentes artesanías y que somos mexicanos deberíamos de sentirnos orgullosos de lo que somos porque no nos damos cuenta de cuánto valemos hasta que nos vamos fuera de donde nacimos, y es ahí donde descubrí lo que valgo, lo que soy, me la creo que soy un buen artesano. Porque fuera de ahí dices: es cierto, lo veo como un pan de cada día, pero en realidad no cualquiera porque tomas un pedazo de piedra y esculpes algo decorativo y aparte utilitario, que son enseñanzas ancestrales, de miles de años que se vienen haciendo las moliendas”.
Juan Manuel es un artesano valioso, valiente, es ese mexicano que en cada hijo el cielo nos dio.
“La experiencia que me dejó en la vida es cuánto valemos todos los artesanos que estamos en nuestro México, que si nos juntamos todos no cabemos. Tantas culturas, tantas tradiciones que tenemos en México, que somos riquísimos, nomás que luego a veces no lo valoramos porque lo tenemos aquí mismo. De ahí en adelante cualquier artesano por muy chiquita o simple que sea su artesanía es artesanía, y eso vale más que nada. El simple hecho de ser artesano vale mucho”.
La labor de Juan Manuel no se detiene nunca, es imparable, como su espíritu. Y lo mejor de todo, es que lo tenemos tan cerca, tan al alcance.

“Pueden contactarme a mi número de teléfono: 4121061333 y hacemos los envíos a toda la República. También vamos a estar en Querétaro, en Jalpan de Serna del 23 en adelante, y va a estar en exhibición y en venta a mediados de este mes, del 20 en adelante piezas únicas que trabajamos para el concurso de aquí de Plaza de Paz, en la Casa del Artesano. Espero que nos vaya bien a todos los artesanos. Trajimos piezas únicas que se trabajan para el concurso y van a estar en exposición y venta”.
¡Patria! ¡Patria! Tus hijos te juran exhalar en tus aras su aliento…
“Que la gente no deje de adquirir lo hecho en México. Nosotros los artesanos somos como el artista, sin el público no salimos adelante. Invitarlos a que, si no usan el molcajete para moler también son muy decorativos para el hogar. Gracias a quienes compran las artesanías es que seguimos trabajando”.
¡Para ti las guirnaldas de oliva! ¡Un recuerdo para ellos de gloria!… y nuestro reconocimiento, gratitud y admiración. Porque mientras haya manos que trabajen la piedra, seguirá latiendo el corazón de México.

