Anita O’Day: la heroína del jazz
Anita O’Day (octubre 18, 1919 – noviembre 23, 2006) fue una cantante de jazz que supo distinguirse en el escenario no sólo por su voz sino también por su forma de vestir y su elegancia.
Considerada por el público y los especialistas del género una “Estilista de las canciones”, esta dama del jazz aportaba a sus interpretaciones una dinámica y un ritmo hoy prácticamente extintos en la sociedad del espectáculo.
Rebelde, con un espíritu indomable, O’Day fue una mujer a la que quedó chica una época que se distinguía por todo tipo de cartabones excluyentes, como homofobia, sexismo, xenofobia y racismo, entre muchos más.
La combinación de voz suave y ligeramente grave con sus faldas de banda y chaqueta, la proyectaban como una artista moderna, que desterró para siempre de sus actuaciones el obsoleto vestido de noche, un elemento que las jazz singers heredaron de los centros nocturnos.
En sus presentaciones en vivo, O’Day generalmente utilizaba sus habituales vestidos sin mangas, y, para que los brazos no lucieran totalmente desnudos, se colocaba un par de guantes que no rebasaban sus muñecas. En ocasiones, sin embargo, los guantes cubrían sus brazos a la altura de sus bíceps.
Mucho se ha especulado en torno a los guantes largos de Anita O’Day. Algunos de sus colegas músicos señalaron que los mitones en realidad tenían la función de cubrir los piquetes de agujas, evidentes en los brazos de la cantante, quien nunca negó su experimentación con diversas drogas, entre ellas, la heroína.
De hecho, en 1958, cuando O’Day estaba en la cresta más alta de su fama, actuó en el prestigioso Festival de Jazz de Newport, en Rhode Island. El concierto que ofreció la cantante fue grabado por el ex fotógrafo de moda y ahora director de cine Bert Stern, quien, con las imágenes capturadas, armó el documental Jazz On A Summer’s Day. Las secuencias no dejan lugar a dudas: Anita O’Day tiene un control absoluto del escenario. Se muestra carismática, con una agilidad de voz que raya en la perfección. Anita camina con seguridad por el escenario, su figura delgada amolda perfectamente en un vestido en blanco y negro. Porta un sombrero de ala ancha, y pese a que sus manos están cubiertas por unos guantes blancos cortos, en su autobiografía Anita O’Day escribió que en esa ocasión estaba “tan arriba como una cometa” a causa de un pinchazo que la ubicó en un plano celestial muy por arriba de la humanidad.
Anita O’Day, quien nació como Anita Belle Colton en Kansas City, Misuri, llegó muy joven a la bulliciosa ciudad de Chicago. En 1936 comenzó a ganarse la vida como cantante, aunque fue hasta 1941 que se unió a la banda del baterista Gene Krupa, quien siempre toleró los vaivenes musicales de O’Day: la joven iba y probaba suerte con otras agrupaciones, por ejemplo, la de Woody Herman, pero siempre regresaba con Krupa.

Pero fue hasta 1952 que la cantante grabó su primer álbum: Anita O’Day Sings Jazz (reeditado como The Lady Is a Tramp/La dama es una vagabunda).
El éxito llegó y también las comparecencias ante el tribunal por ingesta de drogas en lugares públicos. Un hombre apodado Harry the Hipster la introdujo al universo de la heroína. Su viaje mágico y misterioso fue de boleto redondo: pasó de la marihuana al alcohol, aunque su primer pensamiento al sentir los efectos de la heroína fue: “Qué bien, ahora no tengo que beber”.
Anita O’Day rompió los moldes tradicionales impuestos a las vocalistas femeninas, no sólo en lo que concierne al vestuario que utilizaba frente al público. Rechazó ser la joven de aspecto lindo y voz dulce que la audiencia masculina buscaba en las cantantes de jazz, pero, sobre todo, se opuso a ser vista como una imagen decorativa, pues se percibía a sí misma igual a cualquier hombre en el escenario.
El camino hacia sus objetivos no fue sencillo. De hecho, la crítica “especializada (si es que existe), la mayoría integrada por sujetos masculinos, la bautizó coma La Jezabel del Jazz, la reina que de acuerdo con el Antiguo Testamento inducía a la idolatría y a la inmoralidad.
Con el sello Verve, Anita O’Day permaneció hasta 1963, lapso en el que colaboró con el saxofonista/clarinetista Jimmy Giuffre, el vibrafonista Cal Tjader y el trío The Three Sounds. A partir de entonces, comenzó su caída musical, la cual se aceleró cuando su adicción de más de 15 años le cobró factura. De hecho, en 1966 una sobredosis casi la coloca en la tumba.
Pese a todo ese pesado equipaje, O’Day continuó grabando en forma intermitente. A los 87 años, en 2006, lanzó su álbum Indestructible. Fue todo. En noviembre de 2006, Robbie Cavolina (su último representante) la ingresó en un hospital de West Hollywood. Anita O’Day no se daba por vencida y aun dos días antes de su muerte exigía que la dieran de alta para marcharse a casa. El 23 de noviembre de 2006, la extraordinaria cantante de Jazz, escandalosa socialmente por elección y naturaleza, transitó de un sueño relajado a uno más profundo, definitivo.
En su libro de memorias, High Times, Hard Times, publicado en 1981, O’Day confesó abiertamente su gusto por las drogas y el alcohol, y, pocos meses antes de morir señaló que había gastado más de 400 mil dólares en su adicción a la heroína.

