LA CASA MÁS ANTIGUA DE LA CIUDAD DE MÉXICO
Existe en el Centro Histórico de la Ciudad de México una casa singular. Está ubicada en el barrio de La Merced, en el número 25 de la calle Manzanares a menos de 100 metros de la Capilla del Señor de la Humildad, la iglesia más pequeña del país. Data del siglo XVI y, de acuerdo con los especialistas, es la casa habitación (construcción civil) con el registro más antiguo de la capital de la república, hasta hoy.
El diseño de la casa responde al estilo prehispánico donde el cabeza de la familia ocupaba el cuarto mayor, mientras el resto era para cada uno de los hijos y sus familias. Por eso, el inmueble consta de un patio central rodeado por 17 habitaciones y aunque tiene bases de la arquitectura indígena, incorpora diseños impuestos por la arquitectura novohispana, lo que también la hace un ejemplo único en la capital del país.
Si bien se construyó en el siglo XVI, diversas transformaciones le han dado arquitecturas de siglos posteriores. De acuerdo con las variantes de 32 sitios residenciales analizados en la zona, hay cuatro tipos de predios indígenas: los que eran únicamente residenciales; con residencia y con chinampas domésticas; con residencia y con áreas de producción no agrícola o de servicios, y multiutilizados.

En su esquina norponiente cruzaba una de las antiguas acequias del periodo prehispánico, lo que atestigua la gran antigüedad de la construcción. En esa casa se pueden ver motivos arquitectónicos y materiales que formaron parte de la construcción original, como muros de piedra, tezontle y tabique, marcos de cantera en puertas y ventanas, gárgolas, rodapié de recinto, y techumbre de viguería.
Además, el uso de adarajas (sistema de empotramiento en marcos de puertas y ventanas) evidencia la antigüedad de la casa. Investigaciones han demostrado que en ella vivía una familia prominente de indígenas dedicados al comercio. Después de diversos usos, desde vecindad hasta bodega y presa del abandono y el deterioro por el tiempo y la intemperie, fue rescatada de la destrucción en 2010.
Ocho años duraron los trabajos de rescate y rehabilitación por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Fideicomiso Centro Histórico de la Ciudad de México (FCHCM) para convertir al inmueble en el Centro Cultural Casa Manzanares, en el que se imparten talleres artísticos para niñas y niños que son hijos de comerciantes de la zona, o en situación de vulnerabilidad.

El edificio fue expropiado por el Gobierno de la Ciudad de México inicialmente para construir viviendas sociales, pero en 2010 los estudios arquitectónicos dieron cuenta de su antigüedad, por lo que el Fideicomiso Centro Histórico propuso que se destinara a un fin cultural que beneficiara al barrio. En 2015 se decidió la recuperación y se iniciaron las labores de rescate de tan interesante casa.
Se procedió al retiro de maleza, apuntalamientos preventivos, la consolidación de algunos muros, y el retiro de elementos de concreto que se encontraban adosados a casi todos los muros históricos. Se decidió que el proyecto de restauración se enfocara en la creación de un centro cultural para niños, por lo que en 2016 iniciaron los trabajos de habilitación del edificio, que finalizaron en 2018.
¿Por qué un centro cultural? En la cultura náhuatl no existía el concepto occidental de “arte”. Las expresiones artísticas están intrínsecamente ligadas a la concepción de la divinidad suprema, entendida como algo abstracto, que no se puede ver ni tocar, pero que es el medio por el cual el espíritu se expresa. Este “lenguaje” es entendido como “flor y canto”, es decir, la belleza del equilibrio del mundo material.

Por ser la casa habitación que retoma en su configuración elementos prehispánicos, el proyecto se orientó a lo que antiguamente se conoció como Cuicacalli: en muchas partes a lo largo del país (Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba), poesía, canto y danza eran ciencias oficiales, regidas por una institución rigurosamente organizada, el Cuicacalli, o Casas de Canto, donde ingresaban las niñas y los niños.
Al encontrarse en una zona de alta vulnerabilidad con escasos servicios culturales para las infancias, Manzanares 25 resulta esencial al ofrecer talleres de música, fotografía, pintura, cocina, creación de historias y lectura de cuentos, clown, acrobacia y capoeira, así como oficios tradicionales. También cuenta con una ludoteca y un espacio amplio que funciona como auditorio, y un patio extenso.
La idea es que este espacio provoque entre los niños y las niñas del barrio de La Merced, un sentido de identidad y pertenencia. La transformación de la vieja casa en un espacio a favor del arte y de la cultura representa un cambio tangible en la vida social de esa zona ancestralmente marginada. Un nutrido número de alumnos acude cotidianamente con la idea de aprender cosas útiles, buenas y bonitas.

