PALABRAS A LA ESPERA. ENTREVISTA CON UN LIBRO DE VIEJO

Cuando era niña, una visita obligada cuando íbamos a pasear al Centro de la Ciudad de México, en aquel tiempo D.F., era el mercado de libros de La Lagunilla. Era un mundo fascinante de puestos en los que podían encontrarse de todo, y en el que solía perderme entre ejemplares de todos tamaños y colores, como si cada uno escondiera un universo. Tengo aún algunos libros adquiridos ahí que guardo con nostalgia y cariño. 

Hace unas semanas, en el Museo Palacio de los Poderes se inauguró una exposición llamada Wero Ramos. La Trascendencia del libro, una colección de 28 óleos que rinden homenaje a las bibliotecas y librerías de viejo del Centro Histórico de la Ciudad de México. Una ciudad dentro de otra ciudad, hecha de papel y memoria. 

Me pareció fascinante ver aquellas obras en las que la luz se abre paso entre el polvo, el olvido y la esperanza. Al verlos, llegó a mí el aroma que los libros adquieren con el paso del tiempo y la sensación de tocarlos, moverlos, hojearlos y sentirlos. Al mirar las obras de Wero Ramos, me pregunté: ¿Qué sentirán esos libros, testigos callados del tiempo, al vivir entre el polvo y el olvido?

Wero Ramos. La Trascendencia del libro, una colección de 28 óleos que rinden homenaje a una ciudad dentro de otra ciudad, hecha de papel y memoria. 

Y entonces imaginé cómo podría ser una conversación con un libro en aquellos locales, un libro con historia además de la que cuenta entre sus páginas, sus anécdotas de vida, sus experiencias en tiempos de gloria y, finalmente, la tristeza de terminar sus días en un local de libros de segunda mano a la espera de una oportunidad más para volver a vivir entre las manos y los ojos de un lector. 

Y así fue como en mi imaginación, entre tantos libros apilados, específicamente en el estante inferior, segunda fila, de una librería de viejo imaginada en Guanajuato, encontré un ejemplar de Esas ruinas que ves de Jorge Ibargüengoitia. 

Era una edición de 1981, de la editorial Joaquín Mortiz. “Nací con sobrecubierta, pero la perdí en los noventa, mi lector no era muy cuidadoso con esos detalles. Dicen que eso me resta valor, pero yo creo que me da carácter”. 

Le hice la pregunta obligada, lo que todos quisiéramos saber con cada uno de los libros que terminan en estos sitios: ¿Cómo llegaste hasta aquí? 

“Me abandonaron. Me vendieron por unos cuantos pesos junto con otros libros más del estante. Antes de eso tuve varios dueños. El primero me compró en una librería. Yo estaba radiante en la mesa de las novedades, me sacó de ahí y me leyó con gusto en los ochenta, en una facultad de Letras. Me subrayó frases, me dobló esquinas, me dejó migas de galleta y una que otra gota de café entre las páginas. Luego me prestó a una amiga, que me metió en una caja. Pasé quince años entre una tesis inconclusa y un diccionario enciclopédico. Eventualmente fui pasando de mano en mano hasta que terminé aquí, junto a un tomo ilegible de economía política y una biografía de Cepillín”.

Pero, ¿Qué representa para un libro cobrar vida ante los ojos de los lectores?, ¿Cómo fueron esos años de gloria?

“Ah, era toda una experiencia cuando alguien me leía de principio a fin y se reía en voz alta. Cuando me llevaban en la mochila y me sacaban en los cafés. Yo era un referente, ¿sabe? Una crítica ingeniosa a la mediocridad provinciana. Después, hubo un tiempo en el que me usaron para emparejar mesas. Ironías de la vida”.

Cuando visito tiendas de libros de viejo, o ante las obras de Wero Ramos, me pregunto: ¿qué sentirán esos libros al estar entre el polvo, sin lectores?, ¿será molesto para ellos?

“No. Peor sería ser Best Seller de aeropuerto. Aquí al menos conservo dignidad. Y a veces entra alguien que me reconoce, me acaricia el lomo con respeto, me hojea… y aunque no me lleve, me revive un poco”.

Entre tantos candidatos disponibles, debe ser difícil esperar a que llegue un nuevo lector interesado en darle vida nuevamente llevándoselo para siempre de ahí.

“No pierdo la fe. Un estudiante, una tía nostálgica, un curioso con buen ojo. Estoy lleno de frases que siguen vigentes. Mire: «¿No opina usted que el uso de guardaespaldas es indicio de que hay algo podrido en el gobierno?». ¿Acaso no aplica todavía?” dijo, con un tono entre indignado y divertido.

Me pregunto, qué palabras podría decirle a quien lo dejó ahí a su suerte, lejos de un hogar, una sala de lectura o una biblioteca en donde pueda seguir cumpliendo con su misión. 

“Le diría que me bastaba con un estante compartido, no necesitaba protagonismo. Pero entiendo: uno cambia, se muda, se desencanta. A veces también hay que dejar ir los libros que te dijeron la verdad demasiado temprano. Dicen que la gente ya no lee, que cada vez seremos más los olvidados. No lo sé, tengo mis dudas.”

Cualquier día, puede ser el gran día en el que alguien entre a ese local y finalmente te lleve, ¿Qué le diría a ese nuevo lector? 

“Le diría: yo sé lo que se siente vivir en provincia y sentir que todo está medio chueco, como los personajes de mi historia. Le recordaría que la ironía es una forma de resistencia. Y que leerme no es nostalgia, es volver a mirar las ruinas… pero con risa”.

¿Cómo puede ser una conversación con un libro, un libro con historia además de la que cuenta entre sus páginas, sus experiencias en tiempos de gloria y la tristeza de terminar sus días en un local de libros de segunda mano? Por ejemplo el libro Estas ruinas que ves.

Y finalmente, ¿Cómo es convivir con los otros libros?

“Nos tenemos respeto. Aunque a veces me burlo de los de autoayuda —a escondidas—. Pero somos comunidad. Entre páginas arrugadas y lomos gastados, compartimos lo esencial: una espera silenciosa, pero llena de palabras”.

Salí del museo con una sonrisa leve, como quien acaba de conversar con alguien que, aunque cubierto de polvo, sigue teniendo algo importante que decir. Pensé en cuántos libros más aguardan en silencio, pacientes, el momento en que alguien los mire y los lea, no por novedad, sino por necesidad. Porque hay libros que no envejecen, sólo esperan. Y ese, tal vez, es su acto más silencioso de resistencia.