JUAN DE LA GRANJA Y EL MUSEO DEL TELÉGRAFO
El Porfiriato va del 28 de noviembre de 1876, fecha en que Porfirio Díaz fue designado presidente interino de México, al 25 de mayo de 1911, cuando presentó al Congreso su renuncia como primer mandatario. En 35 años, siete veces ostentó ese cargo.
Sin embargo, dentro de ese periodo histórico hubo un paréntesis, del 1 de diciembre de 1880 al 30 de noviembre de 1884, durante el cual la primera magistratura del país recayó en Manuel González Flores, amigo cercano y compañero de armas de Díaz.
Debido a esa cercanía entre ambos personajes, no son pocos los historiadores dentro y fuera del país que sostienen que Porfirio Díaz gobernó durante todo el periodo de González Flores, quien únicamente se prestó políticamente para que el porfiriato despegara.

Lo realmente importante es que al menos siete veces fueron las ocasiones en que Porfirio Díaz se arropó con el lema “Orden y Progreso” y en ese sentido, uno de sus intereses fue el desarrollo de las tecnologías de la comunicación Así, en 1905 giró una instrucción histórica.
Como en la calle de Tacuba en la Ciudad de México fue demolido el Hospital de San Andrés, don Porfirio instruyó que en el predio vacante se edificara un auténtico y verdadero palacio para que fuera sede nacional de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas.
Ese mismo año el italiano Silvio Contri comenzó la construcción, con todo lujo y sin escatimar gastos: la estructura metálica fue realizada por la casa Milliken de Nueva York, la decoración fue de Mariano Coppedé, y la herrería se pidió a la Fondería del Pignone, de Florencia.
La agitación social producida por el estallido de la Revolución impidió que Porfirio Díaz cortara el listón inaugural de tan elegante edificio. Por lo mismo, tocó al gobierno de Francisco I. Madero, en 1912, entregar a la Secretaría de Comunicaciones el flamante Palacio de Comunicaciones.
Allí permaneció la dependencia hasta 1954, cuando cambió de domicilio al inaugurarse sus nuevas instalaciones en Xola y Niño Perdido (Eje Central Lázaro Cárdenas). Y a partir del 23 de julio de 1982, ese Palacio es ocupado por el Museo Nacional de Arte (MUNAL).

Si bien el antiguo Palacio de Comunicaciones y Obras Públicas ahora es sede del MUNAL, una parte pequeña y discreta de ese lujoso inmueble de Tacuba 8 es ocupada por el Museo del Telégrafo, pero se debe ingresar no por Tacuba 8, sino por el Callejón Xicoténcatl, a la vueltecita.
Ese recinto museográfico se inauguró en noviembre de 2006 con el espíritu de dar a conocer la historia de las telecomunicaciones en el país. México, uno de los primeros países del mundo en utilizar ampliamente el telégrafo, tiene en ese sentido una rica historia que comienza en 1849.
El Museo del Telégrafo ofrece, de manera gratuita, un bonito e ilustrativo viaje por el tiempo, a través del cual muestra con maquetas e instrumentos verdaderos que fueron usados antaño, la evolución de las telecomunicaciones, desde el telégrafo hasta los cohetes y satélites.
Igualmente, organiza periódicamente talleres, conferencias, exposiciones temporales, cursos, conciertos, coloquios y otras actividades de interés para todo público, también de manera gratuita. Su horario es de martes a domingo, de las 10:00 a las 17:30 horas.
Gracias a su atractiva museografía, sabemos que el 5 de noviembre de 1851 llegó a México el Telégrafo, invento que, a través de clave morse, cifraba y descifraba mensajes a larga distancia desarrollando la comunicación entre las personas, facilitando el día a día.

Además de mensajes personales entre familiares y amigos, con el telégrafo se aceleraron las transacciones comerciales. Además, se han transmitido noticias como la de la invasión francesa, la Revolución Mexicana, la expropiación petrolera, y millones más alrededor del mundo.
Los inicios del telégrafo en México se remontan al español Juan de la Granja, el primero en constituir un modelo de telégrafo electromagnético en este país. El entonces Presidente de la República, Mariano Arista estuvo acompañado por De la Granja, era Gerente General de Telégrafos.
Ambos inauguraron la primera línea telegráfica, la cual transitaba entre la Ciudad de México y el pueblo de Nopalucan, en Puebla. El telégrafo colaboró decisivamente en la creación de un nuevo orden espacial en el país, a la vez que reafirmó la centralidad de la Ciudad de México.
A pesar de lo que sugiere su apellido, Juan de la Granja (1785-1853) fue un diplomático y empresario. Nacido en España, encontró que el caos de allá era incompatible con sus ambiciones. Llegó a México en 1814, en el ocaso de la Nueva España, pero pronto se fue a Estados Unidos.

Regresó a México en 1846 para instalar líneas telegráficas en todo el país. La primera, que llegaba hasta Nopalucan, recibió su primera transmisión en 1851. De la Granja murió en 1853, fue enterrado en el panteón de San Fernando, y en su honor, Nopalucan ya se llama Nopalucan de la Granja.
El equipo de telegrafistas del gobierno, establecido bajo el mando de Porfirio Díaz, y que aún utilizaba el Código Morse, fue desarticulado en 1992. Durante 141 años, los telegrafistas de todo el país apoyaron en el sistema de puntos y rayas inventado por Samuel Morse.
A pesar de todo, el telégrafo que brinda Telecomunicaciones de México (Telecomm) ha evolucionado y hoy está a la altura de las redes sociales. Además, es fundamental en los barcos, pues se utiliza como respaldo para la comunicación en caso de que la tecnología satelital falle.

