Un antihéroe nihilista
El alter ego (el otro yo) en la literatura generalmente corre con una gran ventaja. El autor querrá siempre ser ese otro, pues ha sido conferido de cualidades que el escritor jamás tuvo, que jamás vivió, que a lo mucho imaginó. Alter egos hay muchos en las letras.
Henry Chinaski (“Hank”) es un personaje ficticio que protagoniza varias obras del escritor estadounidense Charles Bukowski. Querido por los lectores, reconocido por propios y extraños, Chinaski ha construido, página a página, una imagen, una personalidad que quizás el introvertido Charles Bukowski sólo dejaba aflorar cuando estaba completamente ebrio, es decir, listo para escribir sus entrañables textos.
Henry Chinaski, el antihéroe bukowskiano, es alcohólico, macho, odia a la humanidad, salta de cama en cama, así como de trabajo en trabajo, miserable cual más cada uno de ellos. Es, Chinaski, en resumen, muy parecido a Bukowski.
¿Cuántos lectores tiene Mark Twain en el mundo? ¿Podemos decir millones? Pues bien, Mark Twain es el seudónimo del escritor también estadunidense Samuel Clemens. ¿Por qué Mark Twain adoptó un nombre que en realidad es una frase que se utilizaba en los barcos de vapor del río Misisipi para indicar una profundidad segura de dos brazas (aproximadamente, 3.6 metros)? Quizás por eso mismo, por el amor que Clemens sentía por ese río que fluye a través de diez estados de la Unión Americana: Minnesota, Wisconsin, Iowa, Misuri, Illinois, Kentucky, Tennessee, Arkansas, Misisipi y Luisiana, y cuya cuenca hidrográfica es la más grande de Norteamérica al extenderse por 31 estados, representando, así, un elemento fundamental de la geografía y la economía estadounidense.
Aunque una gran cantidad de lectores consideran que Farabeuf es un alter ego del escritor mexicano Salvador Elizondo, es sólo el nombre de un personaje central de un acto de tortura en China. De hecho, el doctor Louis Hubert Farabeuf fue un cirujano francés real del siglo XIX. Elizondo lo utiliza para atesorar un instante eterno, en el que se articulan el placer, el dolor y la muerte.
Son sólo tres ejemplos, tres asteroides en el universo literario.
Hay, sin embargo, un cuarto Alter ego que, en lo particular, me fascina: Ferdinand Bardamu. Es el protagonista de la novela del escritor francés Louis-Ferdinand Céline Voyage au bout de la nuit (Viaje al fin de la noche).
Céline comenzó a escribir su Viaje en 1929 cuando era médico de pobres en una clínica pública en el suburbio obrero de Clichy en París. La obra narra las aventuras de Ferdinad Bardamu en diversos escenarios: Primera Guerra Mundial, su estancia en el África colonial como empleado de una empresa forestal francesa; su visita a Estados Unidos en 1925 como funcionario de salud de la Sociedad de Naciones; y los suburbios miserables de París.
De acuerdo con los especialistas en Céline y su obra, el título proviene de la primera estrofa de una canción que el autor atribuye a la Guardia Suiza (1793), y que contribuyó a la elaboración del epígrafe del libro: “Nuestra vida es un viaje / A través del invierno y la noche; / Buscamos nuestro camino/ En un cielo sin luz”.

Céline comienza su Voyage con las palabras siguientes: “Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso se debe su fuerza”. Wikipedia, la enciclopedia libre señala que Céline “presenta este viaje nihilista como nada menos que la experiencia de la modernidad misma: la carnicería sin sentido de los países y naciones modernos en la guerra, el despliegue racista del poder colonial en África, el crecimiento lento del capital financiero en Manhattan, el desarrollo de modos alienantes de producción en Detroit, y la producción de pobreza y mala salud en las ciudades”.
En resumen, Viaje al final de la noche ofrece una visión pesimista de la condición humana, donde el sufrimiento, la vejez y la muerte son las únicas verdades eternas.
Antes, incluso, del Prix Goncourt de 1932, la novela escrita por Céline ya era atendida por la crítica, además que había atraído a una multitud de admiradores y detractores de todo el espectro político. Por lo mismo era la favorita para ganar el premio. Pero, sorpresa, el galardón fue entregado a una novela que nadie recuerda: Les Loups de Guy Mazeline, aunque esta obra hizo el caldo gordo al libro de Céline, que en un par de meses vendió 50 mil copias. Como consuelo, Viaje al fin de la noche obtuvo el Prix Renaudot en 1932. El tiempo puso las cosas en su lugar y la novela se considera una de las grandes obras de la literatura europea. En 2003, indica Wikipedia, el Voyage apareció en la lista de The Guardian de las 100 mejores novelas de todos los tiempos. En 1999 ocupó el sexto lugar en la lista de Le Monde de las 100 novelas del siglo XX.
Finalmente, Viaje al final de la noche se publicó en octubre de 1932.
Es en las páginas de ese controversial libro, donde Ferdinand Bardamu se mueve a sus anchas, pese a que jamás puede despojarse de su pesimismo. Céline confirió a su alter ego “un lenguaje literario único basado en el francés hablado de la clase trabajadora, la jerga médica y náutica, los neologismos, las obscenidades y la jerga especializada de los soldados, marineros y el inframundo criminal”. El lenguaje coloquial que ya nadie habla.
La narración en primera persona fusiona las voces de autor y personaje, haciendo imposible para el lector reconocer quién es quién. El tono clínico del escritor, que a fin de cuentas era médico de pobres, se reviste de comentarios amargos, de un humor negro que sólo denota la incapacidad de los personajes de escapar de su destino.
El crítico Augusto F. Prieto, en el artículo “Viaje al fin de la noche: Los demonios de Francia”, publicado en El Correo de Andalucía (Noviembre 4, 2019), explica: “Bardamu es escéptico con los ideales patrióticos, irreverente. En todas sus reflexiones se deslizan críticas certeras sobre cosas que eran sagradas en el momento en el que su autor las criticó: la guerra, la situación colonial, la medicina, la misión de los funcionarios y los oficiales; se acerca a retratar la miseria de las más bajas de entre las clases sociales. Son críticas que sacuden los pilares de la República –liberté, égalité, fraternité— sacando a la luz a todos los demonios de Francia”.

