LA JUSTICIA SE ESCURRE POR LA COLADERA: CUANDO LA LLUVIA ABUNDA EN LAS CALLES, PERO EL AGUA SIGUE SIN LLEGAR A LAS CASAS
But I’ll know my song well before I start singing…
And it’s a hard rain’s a-gonna fall.
Bob Dylan
Llueve como si el cielo se deshiciera en lágrimas viejas. Cada gota golpea el techo como un tambor cansado. Y, por un instante, parece que el país entero suspira. Los cerros respiran, los ríos despiertan, los árboles se sacuden el polvo de una década. El agua cae a raudales. Generosa. Imparable. Pero en muchas casas, al abrir la llave no brota nada. Solo un soplo de aire seco, como promesa rota. El cielo rebosa, pero las cisternas callan. Huecas.
Hace meses hablábamos de crisis hídrica, de presas exhaustas, de cambio climático. La ansiedad crecía como leche que hierve demasiado y se derrama. Ahora, tras semanas de tormentas, el miedo se escurre junto con la basura. La memoria es corta: la lluvia alivia, pero no resuelve.

Porque aunque el agua cae sobre todos, no a todos llega. En las colonias sin red hidráulica, el agua es una batalla cotidiana: mujeres que cargan cubetas durante kilómetros; niños que faltan a la escuela porque no hay con qué bañarse; comunidades enteras que esperan la pipa como si fuera un milagro.
Y mientras tanto, los campos de golf siguen tan verdes como si vivieran en otro país. El agua, que debería ser derecho, se convierte en privilegio. Y esa diferencia no es poética: es salud, educación, vida o muerte. En México, más de diez millones de personas no tienen acceso diario a agua potable en sus hogares, y una de cada tres vive con suministro intermitente. En contraste, un solo campo de golf puede gastar hasta un millón de metros cúbicos de agua en 12 meses, lo mismo que consumen miles de familias en un año entero.

Si John Rawls recorriera estas calles enlodadas, recordaría su velo de la ignorancia: diseñar el mundo sin saber qué lugar ocuparás en él. ¿Serás niño en un barrio sin agua o un rico con regaderas automáticas para tu jardín? Desde esa ceguera hipotética surge la justicia como equidad: las desigualdades sólo son aceptables si benefician a quienes menos tienen. Las cifras lo gritan: mientras en zonas urbanas privilegiadas el consumo promedio rebasa los doscientos cincuenta litros diarios por persona, en comunidades rurales marginadas apenas alcanza los treinta.
Amartya Sen, más pragmático, pondría el acento en las capacidades: la justicia no se mide en instituciones perfectas, sino en lo que las personas pueden hacer realmente con lo que tienen. ¿Pueden abrir la llave y encontrar agua limpia? ¿Pueden almacenar, cocinar, lavarse, vivir con dignidad hoy? Porque si llueve, pero nadie tiene cómo transformar esa lluvia en bienestar, entonces no hay capacidad. Y sin capacidad, no hay justicia.

La justicia también se piensa en voz baja, lejos de los tribunales: en las pláticas de vecinas que reparten cubetas porque “hoy sí llenó la pipa”; en la resignación compartida cuando la presión no regresa; en la broma amarga de lavar ropa en un aljibe comunitario. Allí también se sueñan derechos, aunque nadie los llame así.
Hace meses que llueve. Las tormentas se repiten y las conversaciones también: “ya se llenó la calle”, “otra vez se metió el agua a la casa”. El cielo se desborda y, sin embargo, las llaves permanecen mudas. El agua se va a la coladera. Como si el cielo llorara en vano. La abundancia se convierte en vacío: hay agua de sobra en las avenidas, pero no en las cisternas.
Septiembre, con su luz quebrada y su aire de tránsito entre estaciones, acentúa la paradoja: exceso donde estorba, carencia donde más se necesita.

Los organismos internacionales advierten que México vive bajo estrés hídrico: la disponibilidad promedio es de apenas tres mil quinientos metros cúbicos de agua por persona al año, por debajo del umbral de seguridad. En regiones como el Valle de México cae a menos de ciento cincuenta metros cúbicos, un nivel de escasez extrema. A ello se suma que casi cuarenta por ciento del agua se pierde en fugas, lo que agrava un problema ya insoportable para millones de familias.
La justicia, como el agua, tiene que circular. No puede quedarse estancada en discursos ni en represas de privilegio. Tiene que correr. Llegar a las casas donde más se necesita. Solo entonces la lluvia será alivio y no amenaza. Justicia y no privilegio. Hasta entonces, cada tormenta caerá con el peso de lo injusto. Y seguirá siendo, como cantaba Bob Dylan, una lluvia dura.

