EL INSURGENTE MIGUEL HIDALGO Y EL REALISTA ANTONIO DE RIAÑO: AMIGOS HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARÓ

Las cartas de intimación: entre la causa y la amistad

El 21 de septiembre de 1810, don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor, escribió una carta de intimación, dirigida a su dilecto amigo, el señor intendente de la provincia de Guanajuato, don Juan Antonio de Riaño y Bárcena:

Sabe usted ya el movimiento que ha tenido lugar en el pueblo de Dolores la noche del 15 del presente. Su principio ejecutado con el número insignificante de 15 hombres, ha aumentado prodigiosamente en tan pocos días, que me encuentro actualmente rodeado de más de cuatro mil hombres que me han proclamado por su Capitán General. Yo a la cabeza de este número, y siguiendo su voluntad, deseamos ser independientes de España y gobernarnos por nosotros mismos. La dependencia de la Península por 300 años, ha sido la situación más humillante y vergonzosa, en que ha abusado del caudal de los mexicanos, con la mayor injusticia, y tal circunstancia los disculpará más adelante. Precipitado ha sido su principio, pero no pudo ser de otra manera sino dando lugar y providencia de asegurar a los españoles, para lo cual ha tenido fuertes razones. Traigo a mi lado los avecindados en Dolores, San Miguel el Grande, y los que se han recogido en esta ciudad. Uno solo ha recibido una herida, y por ella ha quedado en su casa para que se restablezca, quedando su persona segura de toda violencia. En San Miguel hubo un pequeño desorden en la casa de un español, que se evitó cuanto fue dable que no siguiera adelante. Por esto verá vuestra señoría que mi intención no es otra, sino que los europeos salgan por ahora del país. Sus personas serán custodiadas hasta su embarque, sin tener ninguna violencia. Sus intereses quedarán al cargo de sus familias o de algún apoderado de su confianza. La nación les asegura la debida protección; yo, en su nombre, protesto cumplirlo religiosamente. Mas adviértase que estas consideraciones sólo tendrán lugar en el caso de condescender prudentemente en bien de sus personas y riquezas; mas en el caso de resistencia obstinada, no respondo de sus consecuencias.

Imágenes de Miguel Hidalgo y Costilla (en uno de sus múltiples “retratos”) y Antonio de Riaño y Bárcena. 

No hay remedio, señor intendente; el movimiento actual es grande, y mucho más cuando se trata de recobrar derechos santos, concedidos por Dios a los mexicanos, usurpados por unos conquistadores crueles, bastardos e injustos, que auxiliados de la ignorancia de los naturales, y acumulando pretextos santos y venerables, pasaron a usurparles sus costumbres y propiedad y vilmente, de hombres libres, convertirlos a la degradante condición de esclavos. El paso dado lo tendrá vuestra señoría por inmaduro y aislado; pero esto es un error. Verdad es que ha sido antes del tiempo prefijado; pero esto no quita que mucha parte de la nación no abrigue los mismos sentimientos. Pronto, muy pronto, oirá vuestra señoría la voz de muchos pueblos que respondan ansiosamente a la indicación de libertad.

Como el asunto es urgente, lo es también la resolución de vuestra señoría. Puede nombrar dos individuos de su confianza, hombres de instrucción y de saber, con instrucciones suficientes para tratar un negocio de tan vital interés. Reúna vuestra señoría, si le conviene, a las clases principales, lo mismo que a los europeos de mayor influencia; trátese la materia con detenimiento, con madura reflexión, de suerte que si se consulta a la razón, si entra en ella la conveniencia personal, los intereses y la paz, no dude que habrá un término satisfactorio. El movimiento nacional cada día aumenta en grandes proporciones; su actitud es amenazante; no me es dado ya contenerlo, y sólo vuestra señoría y los europeos reflexivos, tienen en su mano la facilidad de moderarlo por medio de una prudente condescendencia; si por el contrario, se resuelve por la oposición, las consecuencias en casos semejantes son tan desastrosas y temibles, que se deben evitar aun a costa de grandes sacrificios. Como los acontecimientos por momentos se precipitan, sólo podré esperar cuatro o cinco días, para saber el resultado favorable o adverso en consecuencia del cual arreglar mis determinaciones. Pido a la providencia divina, con todas las venas de mi corazón, lo ilumine en un asunto de tanta magnitud para el país y para los españoles residentes en él. Una abnegación prudente, nos daría un resultado satisfactorio y sin ejemplo; tal vez quedaríamos amigos, y bien podría ser que en el seno de la amistad, protegidos de una madura reflexión, se arreglara un negocio de tanta magnitud, en que se vería nada menos que derechos sacrosantos e imprescriptibles de que se ha despojado a la nación mexicana, que [los] reclama y defendería resuelta, siguiendo adelante en su actual empresa [y] llevando a su frente, que le sirva de guía, el signo de la justicia, y el poderoso auxiliar de la convicción.

He cumplido, señor intendente, con indicarle a vuestra excelencia mis intenciones o mejor dicho, las de la nación. Soy hijo de Guanajuato, por quien tengo grandes simpatías; le deseo el bien posible, y ansío porque no pasen sobre ellos grandes males que lo rodean; y veo que no hay otro medio de conjurarlos, que el arbitrio que le propongo. Paz y felicidad; guerra desastrosa y exterminio. Vuestra excelencia se inclinará por el más humano y racional, siendo, por tanto, un objeto de gratitud y de bendiciones, o tal vez, por desgracia, la execración de las edades venideras.

Pido de nuevo a Dios omnipotente, le conserve su importante existencia y le proteja para resolver en un negocio tan grave y delicado”.

Cuartel General en la Ciudad de Celaya, a 21 de septiembre de 1810.”

Casa donde vivió el intendente Antonio de Riaño, en el actual Centro Histórico de Guanajuato. 

No hubo respuesta y las hordas insurgentes caminaron hacia la ciudad de Guanajuato y optaron por atacar por el sur. Acamparon a poco menos de 4 leguas (unos 18.5 kilómetros) en la Hacienda de Burras. La voz que corrió con rapidez y ahí se le unieron habitantes de la región, quienes fueron asignados a diversos batallones de acuerdo con sus cualidades y armas. El 27 de septiembre de 1810, decenas de miles ocuparon la hacienda. Algunos durmieron, otros velaron en espera de la orden de atacar.

La marcha inició apenas despuntó el 28 de septiembre.  Hidalgo mandó desde Burras una segunda carta de intimación. Un heraldo cabalgó a la ciudad para contactar a la gente de Riaño y entregar el documento:

“El numeroso ejército que comando me eligió por capitán general y protector de la nación en los campos de Celaya. La misma ciudad a presencia de cincuenta mil hombres ratificó esta elección que han hecho todos los lugares por donde he pasado, lo que dará a conocer a Vuestra Señoría que estoy legítimamente autorizado por mi Nación para los proyectos benéficos que me han parecido necesarios a su favor. Estos son igualmente útiles y favorables a los americanos y a los europeos, que se han hecho ánimo de residir en este reino, y se reducen a proclamar la independencia y libertad de la Nación. Por consiguiente yo no veo a los europeos como enemigos, sino solamente como un obstáculo que embaraza el buen éxito de nuestra empresa. Vuestra Señoría se servirá manifestar estas ideas a los europeos que se han reunido en esa alhóndiga para que resuelvan si se declaran por enemigos o convienen en quedar en calidad de prisioneros recibiendo un trato humano y benigno, como lo están experimentado los que traemos en nuestra compañía, hasta que se consiga la insinuada libertad e independencia, en cuyo caso entrarán en la clase de ciudadanos, quedando con derecho a que se les restituyan los bienes de que ahora, por las exigencias de la nación, nos servimos. Si, por el contrario, no accedieran a esta solicitud, aplicaré todas las fuerzas y ardides para destruirlos, sin que les quede esperanza de cuartel.

Dios guarde a Vuestra Señoría muchos años, como desea su atento servidor.

Miguel Hidalgo y Costilla, capitán general de América.

Y una posdata en el apartado confidencial:

“La estimación que siempre he manifestado a Ud. es sincera, y la creo debida a las grandes cualidades que le adornan. La diferencia en el modo de pensar, no la debe disminuir. Ud. seguirá lo que le parezca más justo y prudente, sin que esto acarree perjuicio a su familia. Nos batiremos como enemigos, si así se determinase; pero desde luego ofrezca a la señora Intendenta un asilo y protección decidida en cualquiera lugar que elija para su residencia, en atención a las enfermedades que padece. Esta oferta no nace de temor, sino de una sensibilidad de la que no puedo desprenderme.

La respuesta de Riaño:

“No reconozco otra autoridad, ni me consta que se haya establecido, ni otro capitán general en el Reino de la Nueva España, que el excelentísimo señor don Francisco Xavier de Venegas, Virrey de ella, ni más legítimas reformas que aquellas que acuerde la Nación entera en las Cortes generales que van a verificarse. Mi deber es pelear como soldado, cuyo noble sentimiento anima a cuantos me rodean.”

En el apartado confidencial, Antonio respondió a Miguel:

“No es incompatible el ejercicio de las armas con la sensibilidad: ésta exige de mi corazón la debida gratitud a las expresiones de Ud. en beneficio de mi familia cuya suerte no me perturba en la presente ocasión.

Duelo de amigos

No hubo más remedio que luchar. Con Miguel Hidalgo al frente, flanqueado por Ignacio Allende y atrás Juan Aldama y Mariano Abasolo, el grueso de las tropas insurgentes caminó paralelo al río que procedía de la ciudad y antes de llegar a ella se fueron hacia la parte alta del sur y se dispusieron a entrar por el camino conocido como El Tecolote. 

Otros grupos habían entrado por poniente y norte. Al llegar a la Valenciana, se les unieron mineros y habitantes de la zona, encabezados por José Mariano Jiménez, quien luego rodeó la cañada y fue al encuentro de los cabecillas de la insurrección.

Don Miguel intuyó liderazgo y carisma en ese ingeniero minero de ideas liberales, nacido en San Luis Potosí y formado en la ciudad de México. En correspondencia a la aportación de fuerza humana, le asignó la comandancia de la gente que lo seguía: unos tres mil, en su mayoría mineros. Miguel y Riaño eran antiguos amigos, cómplices en tertulias -amantes de la filosofía y las letras-, alegres y bacanales. 

Los insurgentes hallaron a una ciudad casi vacía. Los pobladores más pobres que no se habían unido a la causa, salieron de ella; los criollos y españoles, en cambio, siguieron a Riaño y su pequeño ejército para resguardarse en la Alhóndiga, en donde consideraban que no faltaría alimento y que sus muros resistirían los embates insurgentes mientras llagaban los refuerzos realistas.

Retrato de Mariano Jiménez e imagen de la Bajada del Tecolote.

Comenzaron a ocupar la ciudad y tomaron las fincas en donde todavía algunos pobladores permanecían. Se encaminaron rumbo a la Plaza Mayor y ahí ocuparon la casa del Conde Diego Rul. Tomaron como prisioneros a los criados y metros adelante llegaron a la mansión de los Alamán, en donde se escondía la familia con su servidumbre. Ahí estaba el joven Lucas Alamán, de sólo 17 años, con cuyo padre Miguel Hidalgo había departido en enero de ese año en una tertulia en la que estuvieron presentes Abad y Queipo y el mismísimo Riaño. Eso salvó la vida del muchacho y los suyos. Lucas, empero, no aprobaba el proceder político de Miguel.

Sin otras resistencias, ya colocados en las inmediaciones de la fortaleza, en el transcurso de la mañana Hidalgo y Allende tramaron el asalto. Pasado el mediodía, rodearon el edificio. Desde el norte y el oriente era difícil atacarlo debido a que era una zona construida. Al poniente estaba el huerto, pero en zona baja, que ponía a ojo de bala a cualquiera que lo intentara. La mejor zona para ataque estaba al norte, desde las fincas permitían hacer fortín para protegerse y desde donde el mando insurgente coordinaba el asalto.

Enfilaba la tarde cuando iniciaron las hostilidades. Riaño tranquilizaba a su esposa y sus hijos. El responsable militar de la defensa fue el teniente Barceló. Hombre de disciplina, al mando de un ejército de soldados profesionales, hicieron de los atacantes una suerte de ejercicio de carrusel de tiro. Los fusiles eran disparados a discreción y las bombas retumbaban hacia la cañada. Las calles adyacentes a la Alhóndiga se cubrían de morenos cuerpos de campesinos e indios. Los soldados comandados por Allende poco podían hacer con sus limitadas armas de fuego. Los respiraderos para el almacenamiento de granos servían de aspilleras para desde ahí abatir con fusil a quien se aproximara.

Envalentonado por los resultados y bajo la creencia de que la falta de pericia militar de los atacantes impediría que tomaran la finca, Riaño agrupó a soldados para contraatacar. Olvidó que los insurgentes no eran sólo indios y campesinos: había soldados de élite con Allende como jefe. Apenas lo tuvieron a tiro al salir de la fortaleza, las balas de los soldados del presidio de San Miguel lo alcanzaron. Un proyectil le entró por un ojo y el hombre cayó en el pórtico de la fortaleza. Su cuerpo fue rescatado por un puñado de compasivos valientes. La muerte del estimado y respetado intendente hizo estallar en llanto a su mujer y su gente querida y su sacrificio exaltó a un sector de la tropa realista, pero también atemorizó a otro, a tal punto que un allegado a Riaño, aterrorizado, ató un pañuelo a un fusil y lo mostró a la turba.

Barceló estalló en ira: la instrucción de su mando era luchar hasta el final y dio la orden de matar al cobarde y disparar sobre los insurgentes que se habían acercado confiados en que el asalto había concluido. Aquello generó un sentimiento de engaño en la tropa asaltante que recrudeció el ataque insurgente, sólo para seguir muriendo en masa, hasta que el número superó a la resistencia y tras acabar con la puerta, tomar la fortaleza. La otra versión patria dice que la hazaña fue de Juan José de los Reyes Martínez, El Pípila.

Debilitada por el fuego, bastaron golpes con lanzas y empujones con palos a la gruesa salvaguarda para que comenzara a ceder. Un torrente furibundo de rebeldes se abalanzó para derribarla. Apenas atravesaron el pórtico, muchos cayeron al estar a tiro del disciplinado piquete español. Otros, empero, alcanzaron a llegar a las laterales y esconderse tras las columnas. Las balas no fueron suficientes para abatir a la totalidad de invasores, quienes aprovechaban los lapsos para recarga de pólvora. 

Un hijo de Riaño, el teniente Barceló y los soldados que los custodiaban perecieron bajo las balas y el filo de machetes y hoces insurgentes. 

Hidalgo ya había entrado a la Alhóndiga y pudo apenas poner a salvo a la viuda de Riaño y sus otros hijos. Pudo también rescatar los cuerpos de su amigo del alma y el del hijo de éste y una escolta protegió a la familia del intendente.

La masacre se extendió de la Alhóndiga hacia la ciudad. Hidalgo recordó cómo horas antes, al bajar por El Tecolote, a mano derecha estaba la vacía casa donde se forjó una amistad que sólo la muerte pudo separar.

Dos imágenes alusivas a la toma de la Alhóndiga de Granaditas con la versión de que el Pípila quemó su puerta.

El intendente era hombre que creía en la justicia, pero su lealtad a la Corona era mayor, amén de amar con pasión a esa ciudad que tanto le había dado y a la que modernizó y embelleció. Así lo ilustra el excelentísimo cronista de la ciudad de Guanajuato, doctor don Eduardo de Vidaurri  Aréchiga:

“Hay que recordar que al Intendente Riaño le tocó hacer de Guanajuato una ciudad ilustrada. Ya éramos ciudad desde 1741 porque el título así lo dice, pero Riaño llevó a cabo una serie de obras para embellecer la ciudad. Tenía toda la estructura de la Ilustración en su ser, bueno, Riaño, su familia y sus colaboradores”.

El Cronista Municipal afirmó que el Intendente atendía a los ríos, tomando medidas para sanear el Río Guanajuato: “construye terraplenes y muros para evitar los desbordamientos en épocas de lluvia, para evitar las inundaciones”.

Riaño es uno de los villanos de la historia patria oficial: para la ciudad de Guanajuato es uno de sus grandes constructores. 

Fuente

Hombres ilustres mexicanos: biografías de los personajes notables desde de la conquista hasta nuestros días / por I. M. Altamirano… (y otros); ed. Eduardo L. Gallo. Vol. III. pp. 281

Colección de documentos de J. E. Hernández y Dávalos, t. II, pp. 116 y 117,