MARIO ALBERTO HERNÁNDEZ: DE TOCAR PIANO A ESCONDIDAS, A RECONOCIDO MAESTRO Y CONCERTISTA

Otro fruto del auditorio de la “Prepa de León” como espacio para la cultura

En uno de los patios de la entonces Escuela Preparatoria de León (alias “la prepa oficial”) jugábamos frontón con una pelota de goma que regularmente volábamos hasta la azotea.  Como era la hora de entrar a clases, a paso lento llegaba un hombre alto, cabello blanco, de una sonrisa amable que buscaba ser ruda, y nos gritaba “¡Cáááscaraaaas!, vayan a sus clases!”. Y, ni modo, había que entrar a matemáticas con Miguel Madrigal (“Pastelito”), a química con Ramón Dueñas o a historia con Carlos Arturo Navarro (el entonces cronista de la ciudad), entre otros muchos más.

Y mientras los simples mortales hacíamos de las prácticas de básquetbol, fútbol o frontón un solaz esparcimiento en horas muertas o como simple “pinta”, alguien se había colado a escondidas al auditorio del plantel para tocar cumbias en un valioso piano alemán: era Mario Alberto Hernández López.

Ese preparatoriano estudiaría derecho, pero fue su pasión por la música la que le llevó a ser músico de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato y luego, durante más de 35 años, pianista concertista de la Orquesta de Bellas Artes y docente de la misma institución.

Mario Alberto Hernández López nació en León, en quien despertó la vocación por la música desde la infancia.

Ahora, en retiro, vive en la salmantina comunidad de La Ordeña y rememora esos tiempos de preparatoriano desmadroso, bromista y de “carrilla” constante, que leía los periodiquitos impresos con mimeógrafo, escritos por quien esto escribe.

Mario Alberto Hernández López nació en León, fue hijo del abogado Alejandro López Cansino, quien también fue docente en la prepa, en donde desde la infancia se le despertó la vocación por la música.

Recuerda que tenía 8 años cuando su padre, que daba clases de filosofía y lógica, lo llevó a un concierto que en el auditorio de la prepa ofrecía la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato; luego lo llevó a escuchar a un coro y aquellas experiencias le despertaron la pasión por la música

Su padre había fallecido cuando entró a la Preparatoria, donde cursó la especialidad en humanidades, pues continuaría la línea familiar de ser abogado. Sin embargo, era la música una pasión que lo llevaba a tocar “todo el santo día” piano y violín y tenía ya nociones de la ejecución musical. Y ahí empieza la anécdota contada en entrevista:

“Me enteré que en el auditorio de la prepa había un piano marca Bechstein, que en ese tiempo era una maravilla de piano a la altura de los Steinway; a partir de ahí era mi diversión colarme al auditorio y llegar al piano para tocar cumbias y echar desmadre”.

Por supuesto que no tocaba en soledad: no faltaban los desmadrosos que también participaban en la estudiantina y que hacían de esas coladas clandestinas una fiesta, para cantar canciones albureras de Chava Flores o las “prohibidas” de Óscar Chávez, o tocar rolas que les motivaba a autollamarse “la estudiantina rock”.

Y todo eso pasaba antes de que don Beto o algún prefecto llegara y rompiera el encanto para reportar a la dirección que el piano había sido profanado con cumbias, boleros y rancheras. Mario Alberto prosigue con el recuerdo:

“En una ocasión toqué con más formalidad hasta que llegó otro muchacho que tocaba mejor y eso me causó mucha contrariedad”.

También evoca que en una ocasión se presentó un dueto de dos chicas llamadas “Lena y Lola”, ésta última era hija de Lolita Cortés: “de manera informal les abrí su concierto”.

El entrevistado lamenta el incendio que destruyó al auditorio y que generó el derrumbe de un espacio de cultura de donde salieron directores de teatro y ópera, músicos y profesionistas.

“Fue un semillero de grandes personalidades de la política, las diversas profesiones y las artes” asevera el pianista.

Entrevistado y entrevistador recuerdan cuando en los conciertos de la OSUG, allá por 1987 y 1988, Alberto pasaba tips sobre aciertos y errores de la agrupación y esos comentarios eran parte de las reseñas periodísticas sobre los conciertos.

Mario Alberto López Hernández realizó estudios de piano y violín desde muy temprana edad con los maestros M. Eugenia Arvizu de Uranga y Lauro Uranga en el Estudio particular de Música J. S. Bach, de León. Terminó la licenciatura en Derecho por la Universidad de Guanajuato. Durante tres años fue violinista de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato. Desde 1989 y hasta 2015 fue maestro de la Escuela Superior de Música del Instituto Nacional De Bellas Artes, donde impartió repertorio vocal y conjuntos vocales.

Egresado de “la prepa oficial” de León, desde 1989 hasta 2015 fue maestro de la Escuela Superior de Música del Instituto Nacional De Bellas Artes.

Durante siete años fue pianista titular de la Orquesta Sinfónica de Minería. Fue pianista acompañante del curso que impartió el Maestro Francisco Araiza en el año 2000 organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México. Participó como pianista en la preparación de un álbum discográfico de música mexicana con la cantante Eugenia León y el tenor Ramón Vargas.

Ha dirigido desde el piano óperas como: Elixir de amor, de Donizetti, El Barbero de Sevilla, de Rossini, y Suor Angelica, de Puccini y más recientemente: Tosca y Boheme, de Pucinni y Trovador, de G.Verdi bajo los auspicios de la asociación Promúsica de la ciudad de San Miguel Allende. Es pianista titular de la asociación Ópera de San Miguel; durante seis años consecutivos ha acompañado las audiciones que abarcan, en promedio, a más de ciento veinte participantes por año y la etapa final.

Ya jubilado, tras 35 años en el INBA y más de 40 de vida artística profesional, vive en La Ordeña, pero no ordeña: sigue con su pasión de tocar piano o violín “todo el santo día”.