ENTRE CALACAS, BRUJAS, MUERTOS Y FANTASMAS
Tres días de sincretismo pagano-católico
alebrestan y alborozan a los mexicanos
Perdido entre los muchos libros que han pasado por mi vida, se encuentra un grueso tomo titulado Guía Turística Mundial. Hace muchos años, cuando aún no adquiría un ejemplar de esa obra -estudiante adolescente y pobre-, lo había hojeado a hurtadillas en la Librería de Cristal antes ubicada junto al Ágora del Baratillo de la ciudad de Guanajuato, particularmente en el apartado referente a nuestro país.
Más allá de los consabidos párrafos dedicados a los atractivos paisajes naturales, a las majestuosas ruinas indígenas y a las hermosas ciudades coloniales, me detuve en las líneas que versan sobre fiestas y tradiciones, donde me llamó la atención un fragmento: “Las fiestas son omnipresentes, y su calendario ocupa aproximadamente el de todo el año. En cuanto al folklore, probablemente el más rico del mundo, desalienta a la vez el intentar inventariarlo o verificarlo”. Prosigue luego describiendo las que considera más relevantes a nivel nacional.

La descripción me puso a pensar en mi entorno personal. Ciertamente, en un país tan dado a la pachanga, Guanajuato ocupa, sin duda, un lugar prominente. No hay domingo en que los cohetes de pirotecnia no estallen desde muy temprano en algún barrio por una celebración local, alterando el sueño y los nervios de quienes no están acostumbrados y también -dicen- de las mascotas. Aquí sí, literalmente, “a cada capillita le llega su fiestecita”. Y eso que, hace algunas décadas, ni pelábamos al Halloween. Hoy hasta eso ha cambiado.
Desde que llega septiembre, los mexicanos se alistan para la cadena de fiestas casi continuas entre el llamado “mes patrio” y el fin de año, continuado incluso hasta el Día de Reyes, no sin antes asegurar la víspera del siguiente periodo celebratorio para el Día de la Candelaria. Durante ese lapso, una de las fechas más esperadas es el 2 de noviembre, Día de Muertos. Pero como las ansias festivas carcomen, todo comienza desde dos días antes.

México, país tradicionalmente católico, se resistió durante muchos años al Halloween, cuyo nombre proviene de la frase inglesa All Hallows Eve (Víspera de Todos los Santos). Sin embargo, la cercanía de los Estados Unidos y su poderoso influjo comercial poco a poco ganó adeptos entre diversos sectores de la población, hasta que los pragmáticos mexas concluyeron que era mejor unirse al poderoso enemigo que combatirlo y convirtieron lo que era festejo de un solo día en una celebración a lo largo de tres jornadas: del 31 de octubre al 2 de noviembre.
Todo comienza desde mucho antes, con la preparación del delicioso camote en dulce o la conversión de la misma raíz en una exótica cajeta -de nuez o guayaba- al parecer exclusiva de Guanajuato, como exclusivos son los panes de muerto locales, que poseen forma de momia aplastada, sabor a anís y no se parecen en absoluto a los de otras regiones, similares a una tradicional concha cruzada por dos “huesos” azucarados. Si antes dichos productos se consumían solo el 1 y 2 de noviembre, actualmente se buscan y ofertan casi desde principios de octubre. El ansia golosa no espera.

Si bien las instituciones gubernamentales se preocupan, acertadamente, por promover las tradiciones mexicanas e impulsan la elaboración de altares de muertos en escuelas y dependencias, dentro de los hogares, además de la ofrenda al ser amado que ya se ha ido, adornan puertas, salas y ventanas con estrafalarios esqueletos, murciélagos y brujas, a la vez que risueñas calaveras muestran en mesas, vitrinas y otros muebles su desdentada sonrisa de alfeñique.
Existen, también, raras coincidencias: la calabaza forma parte de ambas tradiciones, por un lado en forma de tacha o dulce y por otro como lámpara elaborada con su corteza. El papel picado y la flor de cempasúchil ocupan sitios de privilegio decorativo. Para colmo, Hollywood ha hecho lo suyo, mediante un rocambolesco desfile cinematográfico que pasó de escenario de James Bond a motivo celebratorio muy propicio para la causa, y además llevó la tradición mexicana a todo el planeta con el conmovedor filme titulado “Coco” por los genios de Pixar.

Hace algunos años, para evitar regaños y llamadas de atención por parte de vecinos xenófobos, los niños dejaron de pedir su “halloween” y ahora exigen su “calaverita”, es decir, el dulce que evitará alguna travesura. Sin embargo, la apoteosis son los disfraces; todo el catálogo de monstruos neogóticos y posmodernos surgen en cualquier noche, acompañados de sus padres, junto a los espectros de las noches de terror mexicana: Drácula, el Hombre Lobo, Frankenstein, momias estilo egipcio, la Llorona, Freddy Krueger, nahuales, Chucky, Merlina y otras terroríficas creaciones que demuestran el talento creativo de las mamás y el cariño por sus pequeños monstruillos.
El mero 2 de noviembre es la Catrina quien se lleva las palmas, con el Catrín en segundo plano. Entonces retorna la tradición; los panteones se llenan, de día y de noche, con los colores, flores pláticas, velas y música que llevan los vivos. La gente reza a sus familiares en el más allá y comparte con ellos el alimento, la bebida y, sobre todo, los buenos recuerdos, en un auténtico Día de Muertos a la mexicana.


