LOS QUE FALTAN. UN PAÍS QUE VENERA A LA MUERTE, PERO TEME DESAPARECER

Cuando no hay nadie que te recuerde en el mundo de los vivos, desapareces de este mundo.
Héctor Rivera, película “Coco


Octubre se despide con la luna más hermosa. Lo dice una vieja canción mexicana y lo confirman las noches: la luna de octubre parece más cercana, más redonda, más viva. Bajo su luz empieza a florecer el cempasúchil y el aire huele a pan recién horneado. Los mercados se llenan de papel picado, los niños recortan calaveras, las familias levantan altares y colocan fotografías que sonríen desde el tiempo.

Así llega noviembre, con su rumor de flores y recuerdos. Es el mes en que la muerte y la vida se sientan a conversar; cuando el país se ilumina de naranja para recibir a quienes amamos y perdimos. Cada flor, cada vela, cada ofrenda es una forma de decir que la memoria todavía respira entre nosotros.

En 2015, Spectre, la película de James Bond, imaginó en las calles del centro de la Ciudad de México un cortejo monumental de catrinas y esqueletos danzantes entre nubes de incienso y cempasúchil. Aquella escena pensada para el ojo extranjero, nos gustó tanto que la hicimos real. Desde entonces, el Paseo de la Reforma se llena de calaveras gigantes, música y turistas que celebran un rito que no nació allí, pero que adoptamos como propio.

Panteón Municipal, fotografías de Brenda Orozco.

Poco después, otra mirada extranjera volvió a definirnos: la de Coco. En esa película, el mundo nos vio como un país que canta para recordar. Y sí, es hermosa, luminosa, sincera en su ternura, pero también es una metáfora incómoda: si la memoria fuera realmente nuestro don nacional, no viviríamos rodeados de ausencias. Nos encanta la estética del recuerdo, pero no siempre sostenemos la ética de la memoria.

Hace más de setenta años, Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad que el mexicano “festeja la muerte, la acaricia, la duerme, la cultiva”. En su tiempo, esa frase sonaba a identidad, a una relación reconciliada con lo inevitable. Pero hoy suena a herida. No es que amemos la muerte: es que la enfrentamos porque no nos queda otra opción. La risa que Paz veía como valentía se ha vuelto mecanismo de defensa; el “culto” que él celebraba, una forma de sobrevivir.

Aquella idea del mexicano que coquetea con la muerte funcionó mientras la muerte era destino. Pero en México la muerte dejó de ser fin y se volvió incertidumbre. Ya no es una figura con la que se conversa, sino una sombra que puede borrar sin dejar rastro. Lo que alguna vez fue rasgo cultural se transformó en síntoma: el país que presume un pacto con la muerte, en realidad, convive con la desaparición.

No hay muerte que no duela. La ausencia siempre deja un hueco, un silencio, una silla vacía. Pero la muerte, incluso en su crudeza, permite el duelo: nos deja llorar, recordar, despedir. La desaparición, en cambio, lo impide. No deja decir adiós, ni cerrar la herida, ni poner flores sobre la certeza. Es un dolor que no envejece, una espera que no se gasta. Morir es final; desaparecer es pausa infinita. Morir permite recordar; desaparecer condena a imaginar.

Y quizá ahí esté el dolor más hondo: en que la ausencia no se entierra. La muerte tiene cuerpo, tumba, fecha; la desaparición no tiene tiempo. El duelo necesita un lugar donde doler, y la ausencia se lo niega. Por eso duele tanto: porque no hay despedida posible, porque el amor no sabe dónde quedarse.

Las madres dicen que el cuerpo duele sin cuerpo, que el alma se gasta en la espera. Y es cierto: la desaparición no mata de golpe, mata en suspiros. Cada día sin respuesta es un nuevo entierro sin ataúd. Por eso, mientras el mundo celebra nuestro “culto a la muerte”, nosotros seguimos contando a los que faltan.

Panteón Municipal, fotografías de Brenda Orozco. 

Y esa herida no es solo nuestra. América Latina entera aprendió a vivir con la ausencia. La desaparición forzada se volvió el método más cruel del miedo: borrar a las personas para borrar la verdad. En el Cono Sur, las dictaduras de Argentina, Chile y Uruguay perfeccionaron esa técnica del terror; en Centroamérica, los conflictos armados de Guatemala y El Salvador la repitieron hasta el cansancio. En todos los casos, el cuerpo del desaparecido fue usado como frontera entre la impunidad y la esperanza.

De esos países llegó también la enseñanza de la resistencia. Las Madres de Plaza de Mayo convirtieron su dolor en memoria colectiva; las Abuelas transformaron la genética en herramienta de justicia; las Comisiones de Verdad escribieron lo que los gobiernos intentaron callar. América Latina descubrió que la verdad no se negocia y que la memoria, antes que nostalgia, es una forma de lucha.

México miró esas historias como si fueran lejanas, hasta que la ausencia tocó su propia puerta. Pero aquí la desaparición no vino con uniformes ni banderas: llegó en la forma más peligrosa del poder, la de la omisión. Lo que en otros países fue dictadura, aquí es indiferencia. Un Estado que no manda callar, pero tampoco responde; que no desaparece por decreto, pero permite que otros lo hagan. Un país que no necesita prohibir la verdad, porque la entierra en sus trámites.

En los juzgados vemos ese fracaso de cerca. Llegan exhortos, demandas, oficios; se abren carpetas, se giran órdenes, se dictan acuerdos. Todo parece moverse, pero nada cambia. La ley se cumple, el expediente crece, los papeles avanzan, pero la vida y las personas no regresan, no aparecen. Es la violencia silenciosa del archivo: no porque alguien quiera olvidar, sino porque el sistema está roto. La propia ley habla de desapariciones “con la aquiescencia del Estado”, y esa frase, tan jurídica, nos muestra que el crimen comienza con la violencia, pero se perpetúa con la omisión.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos, ese tribunal que juzga a los Estados cuando fallan en proteger a su gente, ha llenado sus sentencias con nuestras ausencias. En el caso Rosendo Radilla, un maestro y músico desaparecido por fuerzas estatales, ordenó al Estado mexicano buscarlo y reformar su sistema judicial. En González y otras vs. México, conocida más comúnmente como “Caso Campo Algodonero”, tres jóvenes: Claudia Ivette González, Esmeralda Herrera Monreal y Laura Berenice Ramos Monárrez, fueron halladas sin vida en Ciudad Juárez; la Corte declaró que México incumplió su deber de investigar con perspectiva de género y que la omisión estatal también es violencia. De esa sentencia nació la obligación de crear la Alerta AMBER, un mecanismo que debía activarse de inmediato para buscar a niñas y mujeres desaparecidas. Pero, dos décadas después, en muchas agencias ministeriales aún se repite la misma frase: “espere cuarenta y ocho horas.

Mictlantecuhtli, dios de la muerte. En la siguiente imagen, Tumba del siglo XVII en Tupátaro, Michoacán. Fotografías de Berenice Orozco 

El nombre “Campo Algodonero” encierra otra forma de injusticia. Las feministas lo han señalado: ni siquiera las llamamos por su nombre. Las convertimos en lugar, en terreno, en campo. Las cosas se nombran, las mujeres se borran. Detrás de ese nombre había rostros, edades, proyectos, familias. Hasta el lenguaje participa del olvido.

En Alvarado Espinoza y otros, la Corte volvió a recordarlo: la impunidad también es violencia. Cada día sin búsqueda, sin respuesta, sin justicia, prolonga el crimen. Esas sentencias no son sólo resoluciones jurídicas: son recordatorios morales.

El Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia (IMDHD) señaló en su Informe Nacional 2024 que los registros de desaparición aumentaron más de seis por ciento en un año. La ONU confirmó que México encabeza las solicitudes urgentes de búsqueda en el mundo. Las cifras ya no caben en los informes; detrás de cada número hay un nombre, una historia y un vacío.

Y mientras las cifras crecen, también lo hace la mirada del mundo. En este octubre de 2025, el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU (CED) activó el Artículo 34 de la Convención Internacional, al estimar que en México existen indicios fundados de que la desaparición forzada podría ser generalizada o sistemática. La decisión no es simbólica, sino un reconocimiento tardío pero contundente de lo que las familias saben desde hace años: que la búsqueda no es un esfuerzo aislado, sino una forma de resistencia ante un Estado que llega siempre después.

Los colectivos de búsqueda, madres, padres, hermanas, hijos y amigos, recorren desiertos y montes con la dignidad de quien no se rinde. Durante años se habló sólo de las Madres Buscadoras, porque fueron ellas quienes rompieron el silencio, pero hoy la búsqueda es de todos. Hombres y mujeres cavan donde el Estado no llega, hacen mapas donde no hay registros, preguntan lo que las autoridades dejaron de investigar. Saben que la tierra responde cuando las instituciones callan. No buscan metáforas: buscan cuerpos.

Y el Estado, en su indolencia, a veces pretende ayudarles; y les da palas, cubetas, guantes y picos, como si la búsqueda fuera un programa comunitario y no una herida nacional; les entrega herramientas, pero no verdad; promesas, pero no resultados. Ese gesto burocrático, tan pequeño y tan atroz, revela nuestra enfermedad moral: un gobierno que apoya sin acompañar, que documenta sin buscar.

Mural en Capula, Michoacán y Día de muertos en Michoacán. Fotografías de Berenice Orozco.

Yo lo sé desde lo íntimo: vivo lejos de mi hija y, como tantas madres, le pido que me comparta su ubicación, que me avise al llegar, que me mande un mensaje. No es exageración, es supervivencia. En un curso de defensa personal, el instructor dijo una frase que todavía me da vueltas: “Más vale que te encuentren muerta a que nunca te encuentren.” Fue brutal, pero cierta. Las mujeres en este país aprendimos a cuidarnos incluso de lo que debía protegernos; vivimos en alerta, con el cuerpo en tensión, con el alma en vilo.

A pesar del horror, seguimos encendiendo velas, marchando, escribiendo nombres, buscando; las familias rastrean con la firmeza de quien se aferra al último hilo de dignidad; los hijos aprenden de memoria los rostros de sus padres; los amigos sostienen carteles con nombres que ya no suenan en los noticiarios. Y los jueces, las juezas, seguimos recibiendo exhortos, revisando oficios, insistiendo donde el sistema se detiene; porque la justicia, aunque lenta, no puede permitirse el descanso.

La memoria no puede ser solo flor, ni canto, ni altar. El Día de Muertos es hermoso, sí, pero no alcanza para los que faltan. Con ellos, el ritual se queda mudo. La memoria exige verdad. La memoria exige justicia. La memoria exige presencia.

Hay ausencias para las que no tenemos palabras. Hay sillas que seguirán vacías. Y en esas ausencias estamos también nosotros: perdidos entre el silencio y la costumbre. Porque la verdad es simple y devastadora: no sabemos despedirnos de quienes no regresan, pero tampoco sabemos cómo seguir viviendo sin buscarlos.

Primera imagen: Capula, Michoacán. Fotografía de Berenice Orozco. Segunda imagen: “Corazón izquierdo”, grabado en linóleo, por David Gómez “Kaoz”.

Y entonces volvemos al principio. En Coco, Héctor decía: “Cuando no hay nadie que te recuerde en el mundo de los vivos, desapareces.” Tal vez, tal vez algún día podamos decir lo contrario: que mientras alguien te busque, sigues existiendo. Que no se apague la luz, ni en el altar ni en la memoria.

Y mientras la justicia llega tarde, la muerte, esa vieja comadre, se sienta a mirar con nosotros. Cansada, escribe también sus versos:

La muerte bajó del cerro,
cansadita y despeinada,
“vengo a buscar a los vivos
que el gobierno no encontraba.”

Se encontró con unas madres
que rezaban en la nada:
“pásale, flaca, y ayúdanos,
que aquí la tierra no habla.”

Entre flores y expedientesla Muerte se vio burlada: “unos cantan en mi honor,otros callan sus miradas.”

Y la muerte, con vergüenza,
se quitó su enaguada:
“en México no me temen,
pero me tienen cansada.”