EL BESO DE LA MUERTE
“Esta exposición incluye imágenes que pueden resultar perturbadoras o emocionalmente sensibles. Se recomienda discreción al público visitante”
Así advierte el aviso importante que el público hallará antes de ingresar a la exposición El beso de la muerte. Representaciones mortuorias en el arte y la cultura visual del siglo XIX, que muestra los ritos, costumbres y actitudes que la sociedad decimonónica de este país asumía para enfrentar la muerte y la pérdida.
La exposición combina la llamada alta cultura, con sus pinturas y esculturas de refinada calidad, con otros productos y artefactos de la cultura popular, como títeres, periódicos, revistas y ropa de luto. Es decir, se ubica entre los recursos estéticos e instrumentales relacionados con la negociación cultural de la muerte.
Cubre un periodo que va desde 1789 (Revolución Francesa) hasta 1914 (Primera Guerra Mundial), y pretende hallar nexos con las manifestaciones de otros periodos sobre el mismo tema. El escenario de la exposición es la CDMX en 1875, año en que recién se había inaugurado la estación de Buenavista (1873).

Hay una serie de obras sensibles para el público, como retratos de niños y adultos muertos, vestidos, guantes, sombrillas y tocados para ceremonias fúnebres. La pintura comparte su espacio con la prensa y por ende con los periódicos, por eso hay revistas y diarios de finales del siglo XIX y principios del XX.
Hay una serie de secciones que buscan una resonancia entre la creación artística y la formación cultural de la sociedad que negociaba con el fenómeno de la muerte. La muestra cubre una época donde las familias mexicanas, de cinco miembros por ejemplo, sufrían la pérdida de tres o cuatro, muchas veces, hijos pequeños.
Lo anterior, porque no existían los medicamentos, diagnósticos, programas de vacunación ni medicinas básicas o avanzadas como hoy, y la mortalidad, consecuentemente, era muy alta. Tampoco existían hospitales como los actuales, lo que complicaba el deseo de conservar la salud y, en su caso, recuperarla tras enfermar.
En esos años, la mayoría de los hospitales, tanto para la clase pudiente como para pobres, estaban asociados a los conventos y templos religiosos, por lo que llegar a uno de esos nosocomios tenía dos caras. Una, era sinónimo de muerte casi segura. La otra, que las religiosas ayudaban al enfermo a bien morir, cerca de Dios.

Luis Alberto Gómez Mata, curador de la exposición, señaló durante un recorrido para medios de comunicación previo a la inauguración, que “enfermarse en el siglo XIX era prácticamente una definición de muerte”. Nadie se salva de la muerte, sin distingos de clase social, color, edad, ocupación, o preferencia sexual.
Detalló al decir que la exposición contiene fotografías y esculturas de cadáveres que en el siglo XIX eran la única forma de quedarse con un recuerdo de fallecido. “Se hace un amplio y meticuloso recorrido por los ritos y accesorios de las personas que viven la muerte, no propia sino la de un ser querido”.
La exposición se integra por alrededor de 100 piezas, entre óleos, esculturas, grabados, libros, fotografías, títeres, lápidas e indumentaria utilizada durante el duelo. Instalada en la planta baja del recinto, la muestra invita a conocer ritos, costumbres y actitudes frente a la muerte en el México del siglo antepasado.
Esta muestra hace repensar el fenómeno ineludible y cotidiano de la muerte, poniendo objetos de la colección en diálogo con obras de la cultura material y visual provenientes de otros acervos. Consta de cuatro núcleos: “La antesala de la muerte”, “Cara a cara con la muerte”, “La muerte retratada” y “Los lugares de la memoria”.
Gómez Mata explicó que entre las 100 piezas se encuentran, además de lo señalado líneas arriba, utensilios médicos. Sobresale la sección dedicada a la indumentaria de duelo, vestidos y accesorios de la más rica calidad, pues los pudientes aprovechaban la ocasión para lucir y presumir telas, encajes y hechuras costosísimas.

“La antesala de la muerte” aborda la enfermedad, ya que en esos años la población se enfrentaba a padecimientos para los cuales no existía remedio. Recurrían al cloroformo, al éter o al mercurio, lo que resultaba en altos índices de mortalidad. Aquí se aprecian exvotos y un modelo craneal oftálmico, y la obra pictórica de Josefa San Román, “La convalecencia”.
En “Cara a cara con la muerte” se muestran diversas iconografías creadas alrededor de la muerte. “No se exhiben únicamente calaveras y cráneos de José Guadalupe Posada, sino que el espectador puede acercarse a la obra de Julio Ruelas, Tomás Mondragón, Severo Amador y a los títeres de Rosete Aranda”, explica el curador.
El tercer núcleo, “La muerte retratada”, es muy denso. Incluye retratos de cadáveres, fotografías de una madre cargando a su hijo fallecido, de monjas o novias sin vida, féretros en velorio, la escultura de un ave muerta y la camisa y el saco que vestía el emperador Maximiliano cuando fue fusilado.
El cuarto y último núcleo, “Los lugares de la memoria”, aborda el tema de los rituales y actitudes que se acostumbraban tras la pérdida de un ser querido. Se exhiben vestidos de luto que utilizaban las mujeres al morir sus maridos, vestidos negros que portaban no uno, dos o tres días, sino hasta diez años o incluso durante el resto de su vida.

Asimismo, se muestran sombreros, prendedores, libros de oraciones fúnebres y tarjetas in memoria, así como varias esculturas pertenecientes al Museo Nacional de San Carlos realizadas con fines funerarios. El curador concluyó al informar que el 80 por ciento de la exposición está centrado en México, aunque se exhiben piezas europeas.
El beso de la muerte. Representaciones mortuorias en el arte y la cultura visual del siglo XIX programó una visita guiada con el curador y palabras protocolarias de inauguración el domingo 26 de octubre a las 13:00 horas en el museo ubicado en la avenida México Tenochtitlán 50, colonia Tabacalera, Ciudad de México.

