LOS NIÑOS YA NO VEN LAS ESTRELLAS

La contaminación lumínica oculta el esplendor

del cielo nocturno incluso en lugares pequeños

Era algo tan común, que pasaba desapercibido. Bastaba voltear al cielo para verlo saturado de puntos titilantes con un oscuro manto de fondo. “Las estrellas son sincuenta…“, decía una adivinanza de aquellos tiempos, “…porque no se pueden contar”. El alumbrado público de entonces, si acaso lo había, constaba de pálidos focos o trémulos faroles que iluminaban solo pequeños círculos en la superficie, sin afectar la densidad profunda del espacio.

Sin embargo, a partir de la II Guerra Mundial y de la generación baby boom, las ciudades crecieron rápidamente, y más lenta, pero incesantemente, lo hicieron también los sistemas de iluminación. Se exigió hacer de la noche día en barrios, colonias y suburbios. Luces de neón y lámparas de halógeno, primero; sistemas led, posteriormente, alumbraron calles, edificios y autopistas, al grado de que las poblaciones urbanas modificaron sus rutinas hasta volver común el dormir de madrugada.

La Luna llena es uno de los pocos espectáculos sobrevivientes a la contaminación lumínica. En la siguiente imagen: telescopio con la Vía Láctea de fondo.

Al mismo tiempo, se gestaba una tragedia visual imperceptible. De repente, desaparecieron la mayoría de las estrellas en el firmamento, siendo visibles solo las más grandes o los planetas más cercanos, con sus luminosos reflejos de la luz solar. ¿Y la Vía Láctea? El antiguo “camino de leche” de los griegos, origen de muchos de sus imaginativos mitos y del zodiaco, pasó a la historia, al menos como paisaje nocturno, particularmente en las zonas habitadas.

Actualmente, cualquier persona puede salir, durante la noche, al patio o al exterior de la casa y mirar al cielo. Si hay Luna, podrá ver a Selene, y seguramente también dará cuenta de Venus, Marte, la Estrella Polar o alguna galaxia no tan lejana. Y ya. Incluso los tres rutilantes astros (Mintaka, Alnilam y Alnitak) que conforman el Cinturón de Orión, visible de noviembre a mayo, responsables de sembrar la ilusión de los Reyes Magos entre los niños de tradición católica, han perdido brillantez y suelen lucir opacos.

Venus y Júpiter brillan sobre el puente de la bahía de Sidney; mientras, en la siguiente imagen, el ocaso en la ciudad de Guanajuato.

Lo peor: esa súbita desaparición estelar pasa desapercibida porque millones de habitantes del globo nunca han podido observar el cielo plagado de estrellas, encerrados como están en los iluminados enclaves citadinos o entre las paredes de sus habitaciones, y entonces no pueden recordar siquiera cómo se ve la Vía Láctea. La situación es tan crítica, que algunos activistas consideran el acceso sin restricciones al firmamento oscuro y a los luceros como un derecho humano.

Todos recordamos en los días decembrinos el relato acerca de Melchor, Gaspar y Baltasar, quienes encontraron la ruta al sitio de nacimiento del Niño Dios gracias a una gran y brillante estrella. No nos detendremos a debatir si tal fenómeno existió o pudo ser posible, mas constituye un referente de lo que hemos perdido. Si en esos bíblicos tiempos hubiera existido la contaminación lumínica, quizá los Reyes Magos de nuestra infancia hubieran arribado no a Belén, sino a alguna montaña perdida en el desierto arábigo.

La Vía Láctea. Un cometa destaca sobre el cielo nocturno.

En mi generación, aún era posible, alejándose unos pocos metros de las fuentes luminosas, captar en la inmensidad sideral el blanco y refulgente camino indicador de nuestra galaxia. Ya no. La inmensa mayoría de nuestros hijos y nietos jamás han visto la Vía Láctea, y quienes sí lo han hecho es porque un día fueron de campamento o se vieron forzados a salir al campo por la noche, situación considerada hoy riesgosa debido a la inseguridad nuestra de cada día.

“Yo parriba volteo muy poco…”, dice un verso de una conocida melodía mexicana. Es necesario hacerlo más. Aunque importantes, las clases escolares de Geografía, que nos hablan de estrellas, cometas, aerolitos, la Vía Láctea y otros fenómenos celestes, nunca sustituirán a la experiencia directa y maravillosa de contemplar nuestro firmamento plagado de resplandecientes astros. Si hace décadas resultaba un espectáculo tan común que no le dábamos importancia, ahora, por excepcional, llega a constituir una visión verdaderamente inolvidable.

Así pues, miremos al cielo.

Las Perseidas vistas desde una construcción en Bulgaria. En contraste, cielo de intenso azul en el atardecer cuevanense.

NOTA: Imágenes del espacio tomadas de la página web de la NASA.